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Capítulo 4 Los favores mal repartidos

Los favores mal repartidos

El Café Aurora volvió a abrir a la mañana siguiente.

Clara levantó la persiana y dejó entrar aire fresco.

El acceso al patio seguía restringido, pero desde la barra se veían las mesas de siempre, el azúcar y la reproducción de Marea baja en Valleverde .

Había sacado vajilla que no se había utilizado en la cena.

El primer cliente pidió un café con leche y una tostada, y Clara agradeció la precisión del encargo.

Pilar llegó unos minutos después con una libreta nueva.

La dejó detrás de la barra. Clara miró la cubierta.

—¿Otra lista?

—Esta tiene páginas.

—Las listas anteriores también empezaron teniendo páginas.

Pilar abrió la libreta y escribió «Inés: llamar».

—Quiero hablar con ella antes de que pase otro día.

Clara terminó de colocar la tostada en el plato.

—Pregúntale cuándo puede.

Migas salió de debajo de una mesa y se sentó ante el armario de su comida. Clara le llenó el cuenco. El gato empezó a comer, satisfecho con que aquella parte de la mañana siguiera como siempre.

* * *

Inés apareció a media mañana. Pilar había hablado con ella por teléfono. Clara la vio detenerse ante la puerta con una bolsa de tela de la que asomaba un estuche de costura. Al entrar buscó a Pilar.

—Tengo un rato antes de ir a una casa —dijo—. Luego no podré quedarme.

Pilar salió de detrás de la barra.

—Nos sentamos aquí, si te parece.

Eligió una mesa apartada del mostrador. Clara terminó de cobrar dos cafés y se acercó con una jarra de agua. Inés tenía el teléfono sobre la mesa. La pantalla se encendió al recibir un mensaje, pero ella lo volvió boca abajo.

—Esta mañana me ha llamado una señora para preguntarme si había pasado algo con la cena.

Pilar se inclinó un poco.

—¿Una clienta?

—Sí. Le habían dicho que yo estaba allí. Quería saber si era cierto.

Clara dejó la jarra.

—Había diecisiete personas.

—Ya. Pero a ella le habían hablado de mí.

Inés midió las palabras. Había contestado a la clienta, pero la pregunta seguía preocupándola. Pilar apoyó la libreta cerrada sobre las rodillas.

—¿Te ha cancelado el trabajo?

—No. Me ha preguntado. Se lo he explicado.

Inés tomó el vaso y bebió.

—No quiero volver a empezar con lo mismo.

Clara se sentó y esperó. Recordaba lo que Inés había dicho el día anterior sobre ser la persona más fácil de señalar.

—Hace unos ocho meses perdí un trabajo por algo que Aurelio había contado. O que había dejado de contar. Según cómo se mire.

Pilar se quedó inmóvil.

—¿Qué trabajo?

—Una casa a la que iba dos mañanas por semana. Limpiaba, hacía algunas compras y acompañaba a la señora si tenía que salir. Era fijo. Sabía lo que iba a cobrar.

Pasó el pulgar por una pequeña costura del asa de la bolsa.

—Aurelio me había recomendado. Conocía a la señora. Al principio todo fue bien.

Pilar abrió la libreta y volvió a cerrarla. La antigua clienta le había dicho a Inés que prefería prescindir de su ayuda durante un tiempo. Cuando preguntó cuándo debía volver, la señora respondió que ya la llamaría. No la llamó.

—Pasaron dos semanas. Yo había dejado esos días libres, porque si me dicen que es temporal, espero. Después fui a preguntarle directamente.

—¿Y qué te dijo? —preguntó Clara.

—Que Aurelio ya no podía responder por mí.

Clara había oído a Aurelio hablar de las personas que recomendaba como si siguieran bajo su responsabilidad. Inés miró hacia la ventana.

—Le pregunté qué había hecho yo para que necesitara responder por mí. No quiso entrar en detalles. Habló de confianza. De que en una casa hay cosas delicadas.

Pilar se llevó una mano a la boca.

—¿Te acusó de algo?

—Aurelio sí. Cuando fui a buscarlo.

El ruido de la cafetera llegó desde la barra. Clara vio a Ramiro servir una taza; había entrado un rato antes y se había ofrecido a cubrirlas mientras hablaban. Inés esperó a que el sonido terminara.

—Me dijo que le habían hablado de un problema con dinero. Que había cosas que él no podía ignorar.

—¿Un robo? —preguntó Pilar.

Inés sostuvo su mirada.

—Eso era lo que estaban diciendo.

Clara se inclinó hacia ella.

—¿Te explicó quién lo había dicho?

—No. Le pedí que me lo dijera. También le pedí que me explicara qué dinero faltaba, dónde, cuándo. Me respondió que no iba a ponerse a discutir rumores.

Inés soltó el asa.

—Pero ya había hecho algo con ese rumor. Había quitado su recomendación.

Pilar bajó la mirada hacia la libreta. Clara esperó a que continuara.

Inés había intentado hablar de nuevo con la antigua clienta, pero la señora prefirió buscar otra ayuda.

No hubo denuncia ni una cantidad concreta que pudiera explicar o negar.

Bastó con aquella sospecha para que el trabajo terminara.

—Y esas dos mañanas no las llenas enseguida con otra cosa —añadió Inés—. Una persona necesita los jueves, otra puede los lunes a última hora. Te ofrecen tres horas una semana y ninguna la siguiente. Antes tenía una cantidad con la que podía contar.

Clara miró la bolsa de costura.

—¿Empezaste a hacer más arreglos?

—Los hacía ya. Pero cogí todo lo que salió. Bajos, cremalleras, botones. Hay cosas que te ocupan una tarde y la gente cree que se hacen en cinco minutos.

Pilar levantó la cabeza.

—Yo tengo…

Se detuvo. Inés la miró con paciencia.

—Si tienes algo que arreglar, me lo enseñas otro día y te digo cuánto cuesta.

Pilar asintió, con las mejillas ligeramente encendidas. Clara vio que Pilar cerraba la libreta. Había estado a punto de ofrecer otro encargo antes de resolver el de la cena.

—¿Se lo has contado a Aranda? —preguntó.

—Ayer le dije que Aurelio me había perjudicado con una recomendación. Me pidió los datos de la señora.

Inés bajó los ojos hacia sus manos.

—No dije todo lo que me enfadé con él.

Pilar guardó silencio.

—Cuando me llamó para lo de vuestra cena, pensé que quizá quería arreglar algo. Me ofrecía trabajo. Hablaba normal.

Clara recordó a Aurelio diciéndole que la llamaría al día siguiente. Inés había pedido condiciones antes de aceptar otra conversación.

—¿Se lo preguntaste?

—Si pensaba hablar con aquella señora, sí.

—¿Qué respondió?

—Que había que dejar pasar ciertas cosas. Que él también me había ayudado mucho.

Inés movió la cabeza una sola vez.

—Le dije que no podía echarme una mano y después usarla para taparme la boca.

Pilar la miró.

—¿Eso fue en la cena?

—Antes de irme. No delante de todos.

Inés apoyó las palmas sobre la mesa.

—Ayer pensé que, si lo contaba así, parecería otra cosa.

—Explícaselo a Aranda como me lo estás explicando —dijo Clara.

—Lo haré.

Inés miró el teléfono. Lo guardó en la bolsa y se puso en pie.

Pilar la acompañó hasta la puerta. Acordaron el importe de la tarde y la forma de pago.

Inés, que tenía que llegar a otra casa, pidió recogerlo en efectivo cuando pudiera volver al café.

Clara se quedó sentada. Había visto cuánto trabajaba Inés durante los preparativos y le había dado las gracias, pero no le había preguntado qué le habían ofrecido.

* * *

Darío llegó poco después de que Inés se marchara. Pidió un café solo y lo pagó antes de que Clara empezara a prepararlo. Dejó las monedas alineadas junto a la caja.

—Tengo la tienda llena de sillas —dijo.

Clara lo miró.

—Habla con Aranda antes de moverlas.

—Ya he llamado. Estoy esperando que me respondan.

Se sentó en un taburete. Clara le puso el café delante. Darío cogió la taza y la dejó sin beber.

—Ayer te dije que tenía unas cosas pendientes con Aurelio.

—Sí.

—Era dinero.

Clara recordó las palabras que había oído junto a la habitación de apoyo. Materiales, un trabajo terminado y la insistencia de Aurelio en aplazarlo hasta el día siguiente. Darío dejó la taza sobre el platillo.

—Le reparé un armario. Tuve que cambiar las guías y comprar piezas. Me dijo que lo adelantara, que luego lo arreglábamos.

—¿Cuánto tiempo llevaba terminado?

—Dos semanas.

Darío pasó un dedo por el asa de la taza.

—No son solo las piezas. También fui a comprarlas, desmonté el armario y comprobé que cerrara. Todo eso parece que no cuenta cuando alguien dice que eres muy apañado.

Clara recogió las monedas.

—¿Le habías pedido que te pagara antes de la cena?

—Dos veces. Anoche era la tercera.

Por fin bebió. El café seguía caliente y lo hizo despacio.

—Se lo he explicado al inspector por teléfono esta mañana. Ayer hablé de un encargo. Como si fuera una cosa que todavía estábamos haciendo.

—¿Por qué?

Darío se quedó mirando la taza.

—Porque había muerto. Me parecía horrible empezar por lo que me debía.

Clara apoyó los codos en la barra.

—Lo que te debía seguía siendo real.

—Lo sé. También me ayudó cuando empecé con la tienda. Me mandó gente. Hubo un mes en que casi todos los trabajos vinieron por él.

Clara lo escuchó. Era la primera vez que Darío hablaba de aquella ayuda.

—Por eso aguanté —continuó Darío—. Y porque siempre parecía que pagar era cuestión de un rato. Se le había olvidado la cartera, tenía que sacar dinero, mañana pasaría por la tienda.

Clara miró la caja. Aurelio había cobrado gratitud durante semanas mientras aplazaba una cuenta. Darío terminó el café.

—Anoche me recordó lo de los primeros clientes. Delante de ti no levantó la voz, ni nada. Casi parecía que el que estaba siendo desagradable era yo.

—Solo oí una parte.

—Yo tampoco quiero ponerte a decidir quién tenía razón.

Se levantó. Clara retiró la taza.

—¿Quieres que te prepare otro?

Darío negó con una pequeña sonrisa cansada.

—Si tomo otro, tendré que ponerme a trabajar hasta esta noche.

Se guardó el cambio y salió. Clara vio que, antes de cruzar la calle, comprobaba algo en el teléfono. Luego continuó hacia la tienda.

* * *

Teresa apareció cerca del mediodía y dejó sobre la barra una hoja doblada y un recipiente de comida.

—Esto es para vosotras.

Pilar, que estaba anotando un pedido, levantó la cabeza.

—No tenías que traer nada.

—He hecho para mí y he apartado un poco.

—¿Qué es? —preguntó Clara.

—Lentejas.

Teresa miró a Pilar.

—Y podéis calentarlas cuando tengáis hambre, sin organizar una comisión.