El último en salir del Portal 7 Capítulo 3 Una caja que pesaba demasiado #2
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Capítulo 3 Una caja que pesaba demasiado #2

Clara retiró su pregunta. Inés tenía razón: haber trabajado allí no la convertía en responsable de todo lo que había terminado en las cajas. Pilar soltó por fin la hoja.

—Aurelio no me explicó que hubierais hablado de trabajo.

Inés pasó un dedo por una pequeña marca del vaso.

—Aurelio explicaba lo que le convenía en cada sitio.

Ninguna de las dos respondió. Durante unos segundos solo se oyó el tráfico de la calle. Pilar dobló el menú.

—Esta tarde te llamaré y lo dejamos acordado —dijo Pilar.

Inés asintió sin añadir nada.

* * *

Aranda volvió a reunirlas junto a la barra para explicar qué objetos necesitaban conservar. Los paños usados durante la preparación y la recogida debían quedarse apartados. También los delantales que los colaboradores se hubieran llevado. Pilar miró hacia el armario bajo de la barra.

—Los paños del café están ahí. Los de ayer los dejé separados para lavar.

—Que no se laven —dijo Aranda—. Un agente recogerá los que correspondan. Explicad cuáles se usaron aquí y cuáles llevasteis al patio.

Clara abrió el armario sin sacar nada. La bolsa de la ropa pendiente estaba en su sitio. Clara recordaba dónde había usado algunos paños; otros podían haber pasado del café al patio sin que se fijara. Dejó que Pilar describiera los que reconocía. Pilar señaló uno.

—Ese lo llevé al patio.

Clara se fijó.

—El de la raya roja estuvo aquí. Lo usé al cortar la tarta.

Pilar retiró la mano.

—Es verdad.

El agente que las escuchaba anotó la explicación. Aranda se volvió hacia Inés.

—¿Te llevaste tu delantal?

—Sí. Está en casa.

—Conserva también la ropa que llevabas. Te explicarán cómo se recogerá lo que necesitemos.

Inés asintió.

—No he lavado nada.

Teresa, que estaba junto al extremo de la barra, dijo que el suyo también estaba en casa. Berta se acercó al oír la conversación.

—El mío lo dejé con la chaqueta. ¿Queréis que vaya a buscarlo?

Aranda le dio indicaciones para conservarlo y un agente la acompañó a recogerlo. Berta miró a Pilar.

—¿Te traigo algo mientras tanto?

Pilar negó despacio.

—Gracias.

Berta cogió el bolso. Clara la acompañó hasta la puerta del café. Desde allí vio a Berta hablar con el agente del vestíbulo y salir a la calle con otro policía. Esta vez Clara vio cerrarse la puerta detrás de ella antes de volver a la barra.

* * *

Darío había regresado de su llamada. Estaba de pie junto a la carpeta de Ramiro, leyendo la línea de las sillas.

—Las ocho están en la tienda —repitió—. Si necesitan verlas, no las moveré.

Ramiro levantó la cabeza.

—Ocho. No falta ninguna —dijo Ramiro.

—Sí.

Darío miró hacia la puerta interior.

—No he prestado ninguna esta mañana.

Aranda se acercó y le hizo una pregunta que Clara no llegó a oír.

Darío respondió en voz más baja. El inspector le indicó una silla y volvió a abrir la libreta.

Clara se apartó para dejarles espacio. Al hacerlo, rozó la bolsa vacía de Teresa con el pie.

Seguía junto a la pared, doblada sobre sí misma.

—Siempre me llevo más de lo que cabe —dijo Teresa, recogiendo la bolsa.

—Anoche trajiste bastante.

—Y pedí bastante. Luego hay que llevarlo de vuelta.

—Esa caja tiene que pesar lo suyo.

Clara pensó en la pila de platos que Migas había intentado convertir en cama. En el paño desplazado. En el fragmento del platillo.

—Sí.

Teresa miró hacia el patio.

—La mano del mortero la habría llevado aparte.

—Ya se lo has explicado a Aranda —dijo Clara.

—Ya.

Teresa se sentó cerca de Pilar. Durante un rato ninguna habló.

* * *

Berta volvió cuando la luz de la ventana había llegado hasta la segunda mesa.

La acompañaba el agente que había ido con ella.

Berta llevaba el bolso de siempre; él se encargó de entregar la prenda que habían recogido.

Clara vio la tela color arena, doblada de manera desigual, con una de las cintas asomando.

El agente la guardó mientras Berta respondía a las preguntas sobre su uso la noche anterior. Después se acercó a la barra.

—No pensé que acabaríamos entregando hasta los delantales.

Clara miró la bolsa de los paños.

—Yo tampoco.

Berta apoyó una mano junto a las listas.

—¿Habéis aclarado lo de la vajilla?

—Ramiro está corrigiendo los propietarios.

—Teresa trajo cosas de varias personas, ¿verdad?

—Sí.

Berta asintió. Se quedó mirando las hojas.

—Yo ayudé menos de lo que parece. No quiero que se apunte que lo hice todo.

Clara levantó la vista. Berta continuó:

—Sequé vasos y acerqué platos. Inés estuvo mucho más rato. La fuente del pisto sí la dejamos lavada y seca.

Berta lo añadió con el mismo tono con que había enumerado los vasos y los platos. Clara apartó un bolígrafo que estaba a punto de rodar de la barra.

—Aranda está preguntando por eso.

—Ya se lo he explicado.

Berta miró hacia la mesa donde hablaba el inspector con Darío.

—Es difícil recordar el orden. Una hace una cosa, la deja porque llaman de fuera, vuelve…

Clara sabía lo fácil que era perder el orden durante una cena. Recordaba a Pilar entrando a buscar recipientes, pero también la había visto volver con cucharas y bandejas. No quiso decidirlo sin pensarlo. Berta retiró la mano de la barra.

—Voy a sentarme.

Clara asintió. La vio elegir una mesa cerca de la puerta. Parecía cansada. Todos lo estaban.

* * *

A primera hora de la tarde, Aranda permitió que algunos se marcharan, con la advertencia de que volverían a ponerse en contacto con ellos. Inés fue a preguntarle si podía irse. Después se despidió de Clara y Pilar. Pilar se levantó.

—Te llamaré —dijo Pilar.

—Tengo tu número.

Inés la miró antes de despedirse. Teresa salió poco después. Dejó la bolsa vacía en el café.

—Si me la llevo, volveré mañana con ella sin acordarme de por qué.

Ramiro la dobló mejor y la guardó detrás de la barra.

Darío pidió que lo llamaran a la tienda si necesitaban localizarlo.

Berta comprobó con el agente que no faltaba nada y se despidió.

El café fue recuperando espacio. Clara descubrió vasos en tres mesas, migas junto al plato del pan y la carpeta de Ramiro abierta por la mitad.

Aquello era suyo y podía recogerlo. Empezó por los vasos.

Pilar la ayudó. Durante varios minutos trabajaron sin hablar.

Ramiro revisó las anotaciones que había hecho y luego cerró la carpeta.

Doña Amparo, que había permanecido cerca de la ventana, se levantó para volver a casa.

—Os dejo los termos.

Clara quiso darle las gracias otra vez, pero Amparo le tocó el brazo.

—Mañana.

Cuando se marchó, Pilar apoyó la frente un instante en el borde de un armario.

—Yo quería hacer una cena agradable.

Clara dejó el vaso que llevaba.

—Hubo partes agradables.

Pilar se volvió hacia ella.

—Me pasé días pensando dónde sentar a la gente. Y no pregunté cuánto iba a cobrar Inés.

Clara recordó las tres listas.

—Aurelio te dijo otra cosa.

—Y a mí me vino bien creerla.

Clara no respondió enseguida. Pilar se sentó.

—Teresa trajo más de lo que le pedí porque yo no dejaba de añadir personas. Darío tuvo que buscar dos sillas más. Inés trabajó mientras nosotros hablábamos.

Clara apoyó las manos sobre la barra.

—Tenemos que hablarlo con ellos.

—Sí.

Pilar miró hacia la puerta del patio.

—Pero ahora parece que todo lo que diga llega tarde.

Clara se sentó a su lado.

—Hay cosas que todavía podemos arreglar.

Pilar asintió sin preguntar cuáles.

* * *

Aranda regresó antes de salir del edificio. El trabajo en el patio continuaba. Les explicó qué zonas seguirían sin poder utilizar y a quién debían llamar si recordaban algo más. Ramiro preguntó por las devoluciones.

—Todavía no —respondió el inspector—. Os avisaremos cuando podamos liberar cada cosa.

Abrió la carpeta que Ramiro le ofrecía y repasó la lista.

—Esto nos ayuda a localizar a los propietarios.

Ramiro asintió.

—La columna de devolución está vacía.

—Que siga así por ahora.

Aranda devolvió la carpeta. Clara lo acompañó al vestíbulo. Las cajas seguían junto a la pared, rodeadas ahora de material de trabajo. Clara había pensado aquella mañana que su única dificultad sería cargarlas hasta la calle.

—¿Sabemos quién guardó la mano del mortero? —preguntó.

Aranda negó.

—Tenemos varias personas que recuerdan poner vajilla. Y otras que vieron hacerlo. Hay que comprobar cada parte.

—Teresa dice que no la habría colocado entre los platos.

—Lo hemos anotado.

—Estuvo abierta toda la noche —dijo Clara.

—Mientras recogíais, sí. Si recuerdas a alguien guardando una pieza concreta, dímelo.

Clara asintió. El inspector salió a la calle.

Clara permaneció un momento en el vestíbulo.

Recordaba manos ocupadas, paños sobre hombros y platos que pasaban de una persona a otra.

Al volver al café encontró la lista sobre la barra.

En la línea de Teresa figuraban fuentes, platos y utensilios.

En ninguna columna aparecía quién los había llevado hasta la caja.