El último en salir del Portal 7 Capítulo 3 Una caja que pesaba demasiado
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Capítulo 3 Una caja que pesaba demasiado

Una caja que pesaba demasiado

Antes del mediodía, Clara apagó la cafetera.

El silencio que siguió le hizo notar cuánto tiempo llevaba escuchándola sin preparar un solo café.

Había servido agua, cortado pan y retirado vasos.

Al mirar el reloj, le sorprendió que apenas hubiera pasado la mañana.

Pilar buscaba detrás de la barra la lista de las cosas prestadas.

Había encontrado tres: una con ocho sillas, otra con seis y dos interrogaciones, y una tercera que empezaba por «SERVILLETAS» y terminaba con una advertencia sobre el perejil.

—Ramiro tiene la buena —dijo al fin.

Clara miró las hojas.

—¿Cuál es la buena?

—La que no escribí yo.

Pilar dejó el montón sobre la barra y apoyó las dos manos a los lados. El cansancio le había borrado el entusiasmo de la noche anterior. Seguía moviéndose deprisa, pero llegaba a las cosas sin recordar para qué las necesitaba. Clara acercó una silla.

—Siéntate un momento.

Pilar obedeció. En el vestíbulo sonaban pasos.

Un agente entraba con una bolsa de material; otro hablaba en voz baja junto a la puerta del patio.

Clara evitó mirar cada vez que alguien atravesaba el pasillo.

Había descubierto que aquella espera podía ocuparle la cabeza entera si se lo permitía.

Migas dormía debajo de la ventana, con una pata sobre el borde del cojín.

Clara le envidió la facilidad con que había aceptado permanecer allí. Teresa se acercó a la barra.

—Voy a salir un momento para avisar a las personas que me dejaron los platos.

Llevaba el teléfono en la mano.

—Aranda me ha dicho que puedo, pero que me quede cerca.

Clara asintió.

—Si te preguntan cuándo los devolvemos…

—Les diré que todavía no lo sabemos.

Teresa miró las listas.

—La fuente del pisto es mía. Los platos hondos también. Los pequeños con flores me los prestaron.

Pilar levantó la cabeza.

—Pensaba que todo era tuyo.

—Tengo mucha vajilla, pero tampoco tanta.

Pilar hizo una anotación en la primera hoja que encontró. Teresa la observó.

—No hace falta que lo apuntes ahí. Luego no sabrás en cuál está.

Pilar dejó el bolígrafo.

—Eso es bastante probable.

Teresa salió al vestíbulo. Clara apiló las tres hojas. Aranda apareció en la puerta interior y pidió que llamaran a Teresa.

* * *

El inspector la esperó junto a una mesa del café. Cuando Teresa volvió, le ofreció una silla y se sentó enfrente. Desde la barra, Clara vio a Aranda sacar el teléfono.

—Necesito que identifiques un utensilio que trajiste ayer.

Teresa se inclinó hacia la pantalla y frunció el ceño.

—Es la mano del mortero.

Aranda sostuvo el teléfono sin acercárselo más.

—¿Tuya?

—Sí. De mármol. El cuenco tiene una veta gris cerca de la base.

—El cuenco también está aquí. Lo que te enseño es esta pieza.

Teresa miró de nuevo la fotografía.

—Sí, es mía. La usé para la salsa de los pimientos.

Clara recordó a Teresa machacando el ajo y las almendras. Pilar buscaba una cuchara y Ramiro discutía con una silla. El utensilio de la fotografía había estado allí, al alcance de cualquiera. Aranda hizo otra pregunta.

—¿Dónde la dejaste después de usarla?

Teresa se frotó la palma con el pulgar.

—En la encimera. Cerca de la cazuela, creo. Después fui sacando cosas al patio.

—¿La guardaste en una caja al terminar?

—No lo recuerdo. Moví el mortero para hacer sitio durante la preparación, pero no recuerdo haber guardado la mano.

Aranda la dejó terminar.

—La hemos encontrado entre la vajilla de devolución. En la caja con tu nombre.

Teresa se enderezó.

—¿En mi caja?

Clara dio un paso hacia la mesa. Se detuvo cuando Aranda levantó la mirada. Teresa seguía mirando la pantalla.

—Yo no empaqueté toda esa caja.

—Estamos comprobando quién lo hizo.

—Traje esa caja con parte de la vajilla. La vaciamos junto a la encimera y la dejé junto a la pared para ir guardando los platos secos.

La voz se le había vuelto más alta.

—Había un paño. Lo puse para que no rozaran unos con otros. Pero no guardé todo.

—Lo entiendo —dijo Aranda—. Que esté en esa caja no nos dice quién lo dejó allí.

Teresa tragó saliva. Clara se acercó despacio y ocupó la silla contigua. Aranda no se opuso.

—¿Es por lo de Aurelio? —preguntó Teresa.

El inspector guardó el teléfono.

—Es un objeto que tenemos que examinar. Las lesiones hacen necesario comprobar utensilios de este tipo. Aún faltan verificaciones.

Teresa miró hacia el patio. Clara recordó una almendra que se había escapado del mortero y Teresa había recogido de la encimera. Le costaba pensar en aquel mismo utensilio como posible arma.

—El platillo estaba en esa caja —dijo.

Aranda asintió.

—Lo hemos documentado. Al revisar el contenido apareció la pieza del mortero.

—¿Debajo del paño?

—Entre los platos, cubierta por él.

Teresa se llevó una mano al cuello.

—Yo no la guardo así. Pesa. Si la llevo con la vajilla, la envuelvo aparte.

Aranda abrió la libreta.

—Explícame cómo acostumbras a guardar esas cosas.

Teresa comenzó a hablar de los bordes, del cartón y de las piezas que podían dañarse entre sí.

Lo hizo con la precisión de quien había transportado fuentes durante años y conocía el sonido de una rotura antes de abrir el maletero.

Clara se quedó a su lado. Quiso asegurarle que cualquiera habría podido usar la caja, pero Aranda acababa de decirlo. No podía prometerle nada más.

* * *

Ramiro apareció con una hoja doblada dentro de una carpeta. Pilar extendió la mano en cuanto lo vio.

—La lista.

Ramiro se la dio y Pilar la extendió sobre la barra.

Había nombres, cantidades y una columna reservada a las devoluciones.

Las ocho sillas figuraban en una sola línea.

Al lado de los platos, Ramiro había escrito las descripciones con una letra que parecía resistirse a cualquier accidente. Pilar pasó un dedo por el margen.

—Esta sí se entiende.

—La hice para no acabar devolviendo a Darío una ensaladera.

Teresa, que acababa de levantarse de la mesa de Aranda, miró la hoja por encima de su hombro.

—Los platos con flores no son míos.

Ramiro cogió el bolígrafo.

—Los traje yo —continuó Teresa—. Pero me los prestaron.

Él hizo una pequeña señal junto a la línea. Aranda se acercó.

—¿Quién preparó esta lista?

—Yo.

—¿Y las etiquetas de las cajas?

—También. Antes de la cena.

El inspector señaló la columna vacía.

—¿Registraste quién iba guardando las cosas?

Ramiro miró la hoja.

—No. Eso era para marcar lo que se devolviera hoy.

—Entonces los nombres identifican a quien lo trajo.

—Sí.

Ramiro apartó el bolígrafo del papel.

—En realidad, ni siquiera siempre al propietario.

Teresa asintió. Clara vio que Pilar volvía a leer la lista desde el principio, como si las palabras hubieran cambiado de significado.

—Yo pedí que pusieran los platos en las cajas —dijo—. Cuando estuvieran secos.

Aranda se volvió hacia ella.

—¿A quién?

Pilar miró a Clara antes de responder.

—No lo sé. Lo dije en el patio. Había varias personas.

—¿Viste quién los fue colocando?

—Vi a Aurelio llevar unas tazas. Y yo dejé cosas. Pero estaba pendiente de la comida, de las bandejas…

Se detuvo, frustrada. Ramiro apoyó la carpeta en la barra.

—Las cajas estaban abiertas. Nadie tenía que pedir permiso para poner algo dentro.

Teresa señaló la hoja.

—Por eso mi nombre no significa que la llenara yo —dijo Teresa con más firmeza.

—Necesitamos distinguir esas cosas —respondió Aranda.

Clara volvió a mirar la hoja. Las etiquetas estaban puestas antes de la cena y las cajas habían quedado abiertas mientras varios recogían.

—¿Se rompió el platillo al guardar la mano del mortero?

Aranda la miró.

—Puede haber varias explicaciones para esa rotura. Vamos a comprobar lo que podamos.

Clara recordó el fragmento que había visto al coger a Migas. La rotura podía ser anterior; solo sabía dónde había aparecido.

* * *

Inés estaba sentada junto a la ventana cuando Pilar se acercó con la hoja del menú. Clara la acompañó. Aranda había terminado de hacerle las primeras preguntas, aunque le había advertido que quizá necesitara volver a hablar con ella. Inés levantó la vista.

—¿Me puedo ir?

—Tienes que preguntárselo a él —respondió Clara.

Pilar se sentó enfrente. Dejó la hoja sobre la mesa, pero no la soltó.

—Quería aclarar lo de ayer.

Inés miró el papel.

—Si es lo del dinero, ya te dije que no lo estaba reclamando ahora.

—Lo sé. Pero me gustaría entender qué te ofreció Aurelio cuando te llamó.

Inés apoyó la espalda en la silla.

—Que necesitabais ayuda para preparar una cena y recoger lo que se fuera usando. Le pregunté si era trabajo.

—¿Y qué dijo?

—Que sí.

Pilar bajó la mirada.

—A mí me dijo que venías a echar una mano.

—Eso hago cuando trabajo. Echo las dos, si hace falta.

Clara vio que Pilar apretaba el borde del papel. Inés continuó antes de que pudiera responder.

—Si me llaman para una tarde de trabajo, cuento con ese dinero. No puedo enterarme al llegar de que habían pensado que bastaba con invitarme a cenar.

—Tienes razón —dijo Pilar.

La respuesta hizo que Inés se callara un momento. Clara recordó lo que había visto durante la preparación: Inés apartando vasos, fregando recipientes, dejando libres superficies que volvían a llenarse en cuanto se daba la vuelta.

—¿Estuviste todo el tiempo en la habitación de apoyo?

—Entraba y salía. Al principio había cosas de la preparación. Luego los vasos. Los platos de la tarta, cuando empezó a levantarse la gente.

Pilar miró hacia el pasillo.

—Pensaba que habías tenido más ayuda.

Inés bebió un poco de agua.

—Hubo quien acercó cosas. Eso ayuda. Pero los vasos no se lavan por estar cerca del fregadero.

Clara casi sonrió.

—Te tocó bastante trabajo.

—Me tocó el que había ido a hacer —respondió Inés.

—¿Y guardaste también los platos? —preguntó Clara.

—Algunos que estaban secos. Otros los dejé para que siguieran escurriendo. Cuando me fui todavía quedaba gente.

—¿Llevaste la caja de Teresa a la pared?

—La caja ya estaba allí.

Inés miró a Clara.

—Si necesitas saber una cosa concreta, pregúntamela. Cuando me dicen «recogiste la cocina», parece que fui la última en tocar todo.