Capítulo 2 Los platos de la mañana #2
—Aurelio dijo que terminaría de recoger —añadió—. Estaba bien. Hablaba como siempre.
—¿Había bebido?
Clara repasó las botellas, las jarras de agua, las copas.
—Vino durante la cena. No sabría decirte cuánto. No parecía encontrarse mal.
—Bien. Si recuerdas algo más, me lo dices. Aunque te parezca pequeño.
Clara bajó la vista hacia sus manos.
—Oí platos después de entrar aquí.
—¿Voces?
—No recuerdo ninguna.
—¿Y saliste a mirar?
—No.
Clara bajó la vista. Aranda cerró la libreta un momento.
—Anoche estabas terminando una cena. No sabías lo que iba a pasar.
Pilar dejó un vaso de agua sobre la mesa. Había llenado otro para ella y lo sostenía con ambas manos, sin beber. Aranda se levantó para hablar con uno de los agentes. Antes de salir, señaló el patio.
—Las cajas se quedan donde están. Nadie recoge ni devuelve nada hasta que terminemos de revisarlo.
Clara asintió. Por primera vez desde que había llegado, las tareas de la mañana le parecieron ajenas.
* * *
Pilar encontró la hoja del menú en el bolsillo de la chaqueta que había dejado detrás de la barra.
La desplegó con cuidado. Había una marca de café, dos nombres tachados y el teléfono de Inés en una esquina.
Clara recordó a la mujer escribiéndolo mientras hablaban del trabajo. Pilar se quedó mirando el número.
—Le dije que lo arreglaríamos hoy.
Clara entendió que hablaba del pago.
—La llamaremos cuando podamos.
Aranda les pidió los nombres de quienes habían ayudado a preparar y recoger.
Pilar los fue señalando en la hoja. Ramiro aportó el apellido de Darío y comprobó el de Teresa, porque había prestado demasiadas cosas como para que su nombre quedara reducido a «Teresa, la del pisto».
Las llamadas las hicieron los agentes. Mientras tanto, doña Amparo entró en el café.
Se había cambiado. Llevaba la rebeca bien abrochada y el bolso colgado del brazo. Miró a Clara, después a Pilar.
—He traído pan.
Lo dejó sobre la barra. A Clara aquel pan que nadie había pedido le pareció, de pronto, una buena idea.
—Gracias.
Amparo se quitó una miga del puño.
—Si os preguntan algo, decid lo que sepáis. Cuando una intenta ayudar rellenando huecos, luego resulta que ha cambiado de sitio a medio mundo.
Ramiro, que estaba sirviendo agua, se volvió hacia ella.
—Eso podríamos escribirlo junto al tablón.
Amparo no recogió la invitación.
—Hoy no.
Ramiro bajó la mirada.
—Tienes razón.
Clara cortó un trozo de pan por hacer algo con las manos. Lo dejó en un plato. No tenía hambre. Pilar comenzó a retirar las cucharillas de la bandeja y se detuvo a mitad.
—Estas son de aquí —dijo.
—Déjalas.
—Son nuestras.
Clara puso una mano sobre la suya. Pilar soltó las cucharillas.
* * *
Berta llegó con el pelo húmedo y una chaqueta de punto clara que no terminó de quitarse. Se quedó en la puerta al ver el cartel. Uno de los agentes le preguntó el nombre y la dejó pasar al café.
—Me han dicho que venga. Pero no…
Miró a Pilar.
—¿Es verdad?
Pilar asintió. Berta se sentó sin elegir silla. El bolso le quedó sobre las rodillas, sujeto por las asas. Durante un rato no dijo nada. Clara le ofreció agua. Berta bebió un sorbo y dejó el vaso cerca del borde de la mesa.
—Anoche estaba perfectamente.
—Eso parecía —dijo Clara.
Berta miró hacia la puerta interior.
—¿Lo has encontrado tú?
Clara asintió. Berta cerró los ojos un momento.
—Lo siento.
Clara agradeció que no le preguntara qué había visto. Pilar se sentó enfrente.
—Dijo que terminaba él. Yo volví a ayudar a Teresa con la comida y luego…
Se llevó una mano a la frente.
—Hay cosas que ni siquiera recuerdo bien.
Berta enderezó el vaso.
—Entre todos estaba bastante recogido.
Pilar miró hacia el patio.
—Quedaban las fuentes.
—La del pisto la dejamos lista Inés y yo. Lavada y seca, antes de despedirnos.
—¿La blanca, la de Teresa?
—Sí. Inés fregaba y yo iba secando. Había muchos vasos.
Clara escuchó mientras miraba la mano de Berta alrededor del vaso. Temblaba ligeramente. La noche anterior la había visto junto a Inés, pasando platos y secando vasos; el recuerdo era tan cercano que no se detuvo a comparar el orden de las tareas.
—¿Necesitáis que llame a alguien? —dijo Berta.
—La policía se está encargando —respondió Clara.
Berta asintió. Cuando Aranda apareció en la puerta, se levantó enseguida.
Él le pidió que lo acompañara a una mesa situada al fondo del café, lejos de las otras.
Berta cogió el bolso. Clara oyó que Aranda empezaba por preguntarle a qué hora había llegado a la cena.
Después Ramiro encendió el grifo para llenar una jarra, y las palabras dejaron de llegar con claridad. Pilar dobló la hoja del menú.
—Me siento como si me hubieran cambiado la noche mientras dormía.
Clara no encontró una forma mejor de decirlo.
* * *
Darío entró poco después. Llevaba la misma cazadora de trabajo y tenía una marca oscura cerca del bolsillo. Se detuvo junto a la barra, miró al agente de la puerta interior y se pasó una mano por la nuca.
—¿Aurelio?
Clara asintió. Darío apoyó la palma sobre el borde de la barra.
—Me han llamado a la tienda. Pensaba que sería por las sillas.
La palabra le hizo mirar a Pilar.
—Están allí. Las ocho.
Pilar abrió la boca, pero no respondió. Darío se apartó un poco.
—Perdona. No sé por qué he dicho eso.
—Porque has venido pensando en ellas —dijo Clara.
Él soltó el aire por la nariz. Clara le sirvió agua. Darío la aceptó y permaneció de pie.
—Anoche hablé con él —dijo.
Ella recordó la conversación junto a la habitación de apoyo, la voz de Aurelio diciendo que lo hablarían mañana. Darío giró el vaso entre las manos.
—Por un trabajo. Unas cosas que teníamos pendientes.
—Lo oí.
Darío levantó la mirada. Clara esperó sin pedirle explicaciones; parecía estar preparando varias a la vez.
—Luego recogí las sillas y me fui a la tienda —dijo—. Tenía que dejarlas dentro. No podía tenerlas en la calle.
Hablaba con una precisión que Clara no le había oído al discutir sobre tornillos o bisagras. Clara miró sus manos. Una uña estaba partida.
—Aranda querrá hablar contigo.
Darío asintió de inmediato. Dejó el vaso sin terminar.
Cuando el inspector lo llamó, pasó junto a la mesa de Berta.
Ella había acabado de responder a las preguntas y seguía sentada, con el bolso otra vez sobre las rodillas.
Se miraron. Berta dijo algo que Clara no alcanzó a oír.
Darío inclinó la cabeza y continuó hacia el fondo.
Clara retiró el vaso. En la barra había quedado un círculo de agua y buscó un paño por costumbre.
Al cogerlo, le llegó un cansancio repentino: seguía haciendo lo mismo que la noche anterior.
Ramiro se acercó.
—Lo hago yo.
Clara le entregó el paño.
* * *
Teresa llegó con una bolsa vacía doblada bajo el brazo. La dejó junto a la puerta en cuanto vio a Pilar.
—La cogí al salir —explicó—. Pensaba traerme parte de la vajilla.
Pilar la abrazó. Teresa respondió al abrazo con fuerza. Después se separó lo suficiente para mirarla.
—¿Has dormido algo? —preguntó Teresa.
—Sí.
Pilar pareció avergonzarse. Teresa le apretó el brazo.
—Hiciste bien.
Clara se acercó. Teresa le tomó la mano y la mantuvo entre las suyas unos segundos.
—No sé qué decirte.
—Yo tampoco.
Teresa miró hacia el vestíbulo.
—¿Está todo ahí?
—Las cajas siguen en el patio —explicó Clara—. Aranda ha pedido que no se muevan.
—Claro.
Teresa buscó una silla. Al sentarse, la bolsa doblada se le cayó al suelo. La recogió despacio.
—Hay platos que me han dejado a mí. Quería saber qué les digo si preguntan.
—Que tardaremos en devolverlos.
—Eso les diré.
Clara dudó antes de mencionar el platillo.
—He visto uno roto. En tu caja.
Teresa la miró.
—¿Uno pequeño?
—Sí.
—Bueno. Ya averiguaremos de quién era.
No preguntó cómo se había roto. Se quedó mirando la bolsa entre sus manos. Aranda salió de hablar con Darío y se acercó a ella. Teresa se levantó.