Capítulo 2 Los platos de la mañana
Los platos de la mañana
A la mañana siguiente, Clara encontró una servilleta dentro de la panera y una aceituna debajo de la caja registradora.
La servilleta podía explicarse. La aceituna exigía una investigación que, a aquella hora, estaba dispuesta a aplazar.
Dejó el bolso detrás de la barra, encendió la cafetera y abrió un poco la ventana.
El Café Aurora conservaba el olor del café de la noche anterior, mezclado con el de la tarta de almendra.
Sobre una bandeja aguardaban cuatro cucharillas que nadie había reclamado.
Pilar había pegado una nota junto a ellas.
NO DEVOLVER HASTA SABER DE QUIÉN SON.
Debajo, con otra tinta, había añadido:
LAS CUCHARILLAS, CLARA.
Clara sonrió. La precisión resultaba especialmente útil porque Migas estaba sentado junto a la bandeja.
—A ti tampoco te reclaman, de momento.
El gato bajó al suelo en cuanto ella cogió la panera.
La siguió hasta la puerta interior, adelantó una pata cuando Clara la abrió y atravesó el vestíbulo como si aquel acceso se hubiera construido para él.
Clara tenía media hora para revisar las devoluciones del patio antes de abrir.
Después tendría que separar las cucharillas, llamar a Teresa y averiguar cómo se devolvían ocho sillas plegables sin que nadie acabara atribuyéndose una lesión de espalda.
Había prometido no despertar a Pilar. La promesa le pareció sencilla hasta que vio las mesas: seguían unidas, con un mantel retirado, dos botellas de agua y la tarta bajo una tapa demasiado grande. Las sillas negras de Darío ya no estaban junto a la pared. La recogida había avanzado bastante.
También se habían agrupado las cajas de vajilla. Una llevaba el nombre de Teresa en un trozo de cinta de papel; otra tenía escrito «PLATOS AZULES», como si aquello bastara para identificar a su propietario en un barrio donde todo el mundo poseía, al menos, un plato azul. Migas eligió la de Teresa.
—Esa tiene dueña.
El gato apoyó las patas delanteras en el borde. La caja era baja, estaba abierta y contenía una pila de platos cubierta con un paño. Migas olfateó, calculó una entrada que Clara no consideraba recomendable y se metió hasta los hombros. El paño resbaló. Sonó un pequeño roce de cerámica.
—Fuera. Vamos.
Clara lo cogió antes de que intentara acomodarse entre los platos. Migas protestó sin demasiada convicción. Al levantarlo, ella vio lo que había quedado al descubierto.
Un platillo roto.
La pieza mayor conservaba casi toda la circunferencia. El fragmento desprendido estaba a su lado, encima de un plato llano, con el borde de la fractura hacia arriba. Clara sostuvo al gato contra el pecho.
—Eso no lo has hecho tú.
Solo había oído un roce, y el fragmento estaba colocado encima de un plato.
La rotura debía de ser anterior. Dejó al gato en el suelo y se inclinó sobre la caja sin sacar nada.
Tendría que avisar a Teresa. Quizá el platillo ya estuviera roto antes de la cena, aunque Clara no lo recordaba.
Quizá se hubiera partido al apilarlo. La luz de la habitación de apoyo seguía encendida. Clara avanzó hasta la puerta.
—Aurelio, te has dejado…
Se interrumpió. La fuente del pisto estaba en el escurridor.
Reconoció la cerámica blanca, la forma ovalada y el borde verde.
La noche anterior había parecido enorme, incluso después de que diecisiete personas se sirvieran.
Ahora, limpia y colocada de canto entre las rejillas, tenía un aspecto casi discreto.
No quedaba salsa en el borde ni agua debajo.
Sobre la encimera habían alineado unos vasos.
Clara pensó que Aurelio había cumplido su promesa con más cuidado del que esperaba. Después vio un zapato.
Asomaba junto al armario bajo, en el ángulo que la encimera ocultaba desde la entrada. Tardó un instante en comprender que no era un zapato suelto.
—¿Aurelio?
Dio dos pasos.
Él estaba en el suelo.
Clara vio una pierna doblada, la camisa arrugada bajo un brazo, una mano abierta junto a la base del armario. La cabeza quedaba cerca de la encimera, en una postura que no tenía nada de descanso. Durante un segundo absurdo, pensó que debía de haberse mareado y que nadie lo había oído.
—Aurelio.
Su propia voz sonó demasiado baja. Volvió a llamarlo.
No hubo respuesta. Sacó el teléfono. Le costó acertar con los números porque el pulgar parecía haber dejado de pertenecerle.
Cuando contestaron, dio la dirección del Café Aurora y del Portal 7.
Dijo que había encontrado a un hombre en el suelo, que no respondía.
Escuchó las preguntas, miró donde le indicaban y describió lo que veía.
La operadora hablaba con calma y Clara procuró seguirla.
Repitió la dirección, explicó el acceso por el vestíbulo y el pasillo del patio, y siguió las indicaciones.
Cuando pudo apartarse, aquella voz aún le resonaba en la cabeza.
Salió de la habitación y se quedó junto a la puerta.
Migas olfateaba la pata de una mesa. Clara tuvo que llamarlo dos veces antes de que la siguiera al café.
* * *
Pilar bajó con una zapatilla mal puesta y el pelo recogido a medias.
—He oído el teléfono. ¿Qué pasa?
Clara acababa de dejar a Migas dentro del café. Tenía la mano en el picaporte. La retiró, la volvió a apoyar y se dio cuenta de que estaba intentando cerrar una puerta que ya había cerrado.
—He encontrado a Aurelio.
Pilar miró hacia el pasillo.
—¿Se ha quedado aquí?
—Está en la habitación de apoyo. He llamado a emergencias.
Pilar tardó un momento en entenderlo. Clara vio cómo le cambiaba la cara.
—¿Se ha caído?
—No lo sé.
Pilar dio un paso hacia el pasillo, pero Clara se puso delante.
—Nos han dicho que esperemos.
Pilar se detuvo. Las dos permanecieron en el vestíbulo. Desde allí se veía un extremo del patio, una esquina del mantel y el respaldo de una silla de madera. Pilar se bajó la zapatilla por el talón.
—Ayer estaba recogiendo tazas —dijo Pilar.
—Ya lo sé.
Clara no encontró otra respuesta. Cuando llamaron a la puerta de la calle, Pilar se sobresaltó como si el sonido hubiera venido del suelo.
Clara abrió. Después todo se llenó de movimientos concretos: una pregunta, un maletín, una indicación para dejar libre el paso.
Uno de los sanitarios le pidió que señalara la habitación.
Clara lo hizo desde la entrada del patio y regresó al vestíbulo.
Durante la espera, Clara recordó la lámpara encendida sobre la barra, el ruido de los platos mientras se sentaba con Migas y su decisión de no volver al patio. La puerta de la habitación seguía fuera de su vista. Un sanitario salió a hablar con ella.
Aurelio había muerto.
Clara escuchó la frase entera, pero necesitó oírla una segunda vez dentro de su cabeza. Pilar se sentó en el primer peldaño. Miró la punta de la zapatilla antes de que le llegaran las lágrimas.
—Dijo que terminaría él —murmuró.
Clara se sentó a su lado. Recordaba las tazas, la fuente y la facilidad con que Aurelio había quitado importancia al trabajo que quedaba.
* * *
Aranda llegó cuando Ramiro estaba colocando el cartel de cerrado en la puerta del café.
Había bajado al oír pasos y encontrado a doña Amparo en el rellano, con una rebeca sobre el camisón y la firme intención de averiguar por qué nadie le explicaba nada.
Pilar se lo había contado a Amparo. Desde entonces la mujer permanecía junto a la escalera, con las manos cruzadas sobre el bolso, aunque no parecía recordar cuándo lo había cogido.
Ramiro sujetaba el cartel por una esquina.
—¿Así?
El cartel estaba torcido. En otra mañana Clara se lo habría señalado.
—Está bien.
Ramiro lo enderezó de todos modos. Aranda saludó sin detenerse en la puerta. Miró a Clara, después a Pilar, y pidió que nadie más entrara en el patio. Uno de los agentes se quedó en el acceso.
—¿Quién lo ha encontrado?
—Yo.
—Vamos a sentarnos.
Clara iba a decir que podía explicarlo allí.
Aranda ya había apartado una silla del café.
Se sentaron en la mesa más próxima a la puerta interior.
Desde aquel punto Clara veía la reproducción de Marea baja en Valleverde y, debajo, a Migas, instalado en su silla como si la mañana aún pudiera ordenarse alrededor de una siesta. Aranda dejó una libreta sobre la mesa.
—Empieza por cuando has llegado.
Clara contó lo de la cafetera, la panera y las devoluciones. Al mencionar la caja, se detuvo.
—Había un platillo roto. En la de Teresa. El gato movió el paño que lo cubría.
Aranda levantó la vista.
—¿Has sacado algo?
—No. He cogido a Migas. Nada más.
—¿Has tocado el platillo?
—No.
—¿La caja estaba abierta cuando llegaste?
—Sí.
Él anotó algo. Clara continuó. Describió la luz encendida, la fuente limpia, el zapato junto al armario.
Explicó desde dónde había visto a Aurelio y lo que había hecho mientras hablaba por teléfono.
Aranda la dejó terminar. Después volvió a algunas preguntas, despacio.
Qué puerta había abierto. Si había visto a alguien en el vestíbulo.
Si había oído voces al llegar. Clara negó.
—¿Sabías que Aurelio seguía aquí?
—No. Pensaba que habría acabado y se habría marchado.
—¿Lo viste marcharse?
—No.
Aranda dejó un momento antes de seguir.
—¿Quién más estaba cuando tú entraste en el café?
Clara intentó recuperar la disposición de la noche anterior. Teresa cerca de la comida. Pilar con las bandejas. Darío llevando sillas. Berta con la chaqueta y el delantal doblado.
—Teresa seguía repartiendo el pisto. Darío estaba recogiendo las sillas. Pilar volvió al patio para ayudar con los recipientes.
—¿Y Berta?
—Nos dio las buenas noches en el vestíbulo.
—¿La viste cruzar la puerta de la calle?
Clara miró el cristal de la puerta interior.
—No. Yo entré aquí con la panera.
—Entonces viste que se despedía.
—Sí.
Aranda anotó otra línea. Aranda no la estaba corrigiendo. Le pedía una precisión que aquella noche le había parecido innecesaria.