El último en salir del Portal 7 Capítulo 1 La cena que nadie quería terminar #3
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Capítulo 1 La cena que nadie quería terminar #3

Darío comprobó el móvil y fue retirando las sillas que quedaban vacías. Las doblaba, las apoyaba junto al paso y sacaba algunas a la calle. Ramiro quiso ayudarle a contarlas. Darío aceptó hasta que el recuento interrumpió el transporte.

—Si las llevamos de dos en dos, también se puede saber cuántas son.

Ramiro guardó el papel.

—Siempre que no mezclemos propietarios.

Amparo pidió que le reservaran un trozo de tarta.

—Para mañana —aclaró.

Clara la vio comerlo antes de levantarse.

Poco antes de las once, el patio empezó a vaciarse.

Los vecinos que vivían arriba se despedían y se quedaban conversando junto al acceso.

Quienes iban a la calle buscaban bolsas, recipientes y chaquetas que habían dejado en lugares distintos.

Inés salió de la habitación de apoyo secándose las manos.

—Me tengo que ir. Tengo otro compromiso.

Pilar se acercó.

—Pensaba que te quedabas un poco más.

—Aurelio pensaba muchas cosas.

Pilar aceptó la respuesta.

—Te llamaré mañana y acordamos el pago, ¿vale? Lo gestiono yo.

Inés asintió.

—Te doy mi número.

Lo escribió en una esquina de la hoja del menú. Pilar lo guardó en el bolsillo, separado de las otras listas.

—Gracias por venir —dijo Clara.

Inés miró las mesas.

—La cena ha quedado bien.

Lo dijo con una cortesía que a Clara le hizo desear haber hablado del trabajo antes. Cogió una bolsa, se despidió de Teresa y cruzó el patio hacia el vestíbulo. Aurelio la llamó desde una mesa.

—Inés.

Ella se volvió.

—¿Qué?

—Te llamo mañana.

La mujer lo miró un instante.

—Si es por trabajo, dime primero las condiciones.

Siguió caminando. Clara oyó la puerta de la calle poco después, mientras recogía una cesta de pan. Aurelio bajó la mirada hacia su taza. Pilar empezó a reunir los platos vacíos.

—Queda menos de lo que parece.

Teresa observó la fuente del pisto.

—De esto queda para repartir.

—Darío ha traído recipientes —dijo Pilar—. Los dejó por ahí.

Clara miró hacia la entrada. Había dos sillas negras junto a la pared y una bolsa apoyada debajo de la mesa de devoluciones. Migas se había despertado del todo. Clara lo cogió antes de que saltara hacia la mesa.

—Tú ya has cenado.

El gato giró la cabeza hacia el pan.

—Y no vas a negociar otra vez.

Berta salió de la habitación de apoyo y se quitó el delantal. Lo dobló sin demasiado cuidado y lo sostuvo junto a una chaqueta de punto.

—Yo también me voy.

Pilar dejó los platos.

—Gracias por todo.

—He hecho poca cosa.

—Has estado ayudando.

Berta sonrió, buscó su bolso y se lo colgó del hombro. Amparo se detuvo junto a ella para preguntar por una mujer del barrio. La despedida se alargó lo suficiente para que Clara cambiara a Migas de brazo. Aurelio seguía junto a la mesa, recogiendo las últimas tazas.

—No os preocupéis por lo que queda —dijo—. Yo termino de recoger.

Clara miró la habitación de apoyo. Había platos por lavar, fuentes sobre la encimera y cajas abiertas junto a la pared. La de Teresa todavía tenía un paño doblado sobre una pila de vajilla.

—¿Seguro?

Aurelio levantó una taza.

—Después de todo lo que habéis hecho, esto es poco.

Pilar dudó.

—La fuente grande hay que vaciarla.

—Primero repartimos lo que queda —dijo Teresa.

Aurelio asintió.

—Claro. Luego termino yo.

Clara dejó a Migas en el suelo, lejos de las mesas, y recogió la panera. El gato la siguió. Al pasar, ella vio la fuente ovalada sobre la mesa: aún contenía bastante pisto y una gota de salsa manchaba la franja verde. Pilar caminó a su lado. Berta las alcanzó en el vestíbulo.

—Ha sido una cena muy agradable —dijo.

—Para ser sencilla, hemos utilizado casi todo lo que había en el café —respondió Clara.

Pilar sonrió. Desde el patio, Teresa la llamó.

—¿Dónde están los recipientes?

—Ahora voy.

Clara abrió la puerta interior del Aurora. Migas pasó entre sus piernas y se dirigió hacia la silla que quedaba bajo la reproducción de Marea baja en Valleverde . Pilar entró detrás de él para dejar la bandeja. Berta se ajustó el bolso.

—Buenas noches.

—Buenas noches —dijo Clara.

Apoyó la cesta en la barra y se volvió hacia Pilar.

—La próxima vez, las listas antes de pedir las cosas.

—Ha salido bien.

Clara recordó el patio iluminado, a Teresa repartiendo el pisto, la conversación sobre estanterías y las risas de vecinos que normalmente apenas se saludaban.

—Sí —admitió—. Ha salido bien.

Pilar se quedó quieta.

—¿Puedes repetirlo cuando esté Ramiro?

—No abuses.

La llamada de Teresa llegó otra vez desde el patio. Pilar cogió dos recipientes que alguien había dejado junto a la barra.

—Vuelvo a ayudarla con las sobras y ya está.

Clara asintió. Pilar salió. El Aurora quedó en silencio. Había una taza sin recoger sobre una mesa y migas en la barra. Clara pasó el paño, colocó la taza junto a la cafetera y comprobó la nota del horario. Migas acomodó la cabeza sobre las patas.

Desde el fondo del edificio llegaban el sonido de los platos y alguna frase suelta.

Clara estuvo a punto de salir otra vez para ofrecer ayuda, pero se detuvo con el paño en la mano.

Aurelio había dicho que terminaría y Pilar estaba repartiendo las sobras con Teresa.

Apagó la luz de la vitrina, dejó encendida la lámpara de la barra y se sentó junto al gato.