Capítulo 1 La cena que nadie quería terminar #2
Clara fue a buscarla. Cuando volvió, Aurelio estaba ayudando a un vecino a descorchar una botella y Teresa repartía el pisto.
Se sentó junto a Pilar. Amparo eligió el sitio desde el que podía observar mejor los platos que llegaban de la otra punta.
Los primeros minutos se fueron en ofrecer pan, mover fuentes y averiguar quién necesitaba una cuchara.
Después las conversaciones encontraron su volumen.
Darío contó que había pasado la mañana instalando una estantería en una pared que el propietario había descrito como completamente recta.
Ramiro hizo una pregunta técnica. Amparo quiso saber cuánto había cobrado.
Teresa pidió que probaran los pimientos antes de añadirles más sal.
Pilar descubrió que una vecina del segundo tenía una receta de bizcocho que llevaba intentando conseguir desde hacía meses.
Clara comió despacio. El café estaba cerrado y nadie iba a pedirle la cuenta.
Durante unos minutos, incluso dejó de estar pendiente de si alguien necesitaba algo. Aurelio levantó el vaso.
—Hay que repetir estas cosas. Cuando la gente se conoce, todo resulta más fácil.
Varios vecinos asintieron.
—Pilar lleva semanas preparando esto —dijo Clara.
—Y se nota —respondió Aurelio—. Yo le dije que no se complicara.
Pilar lo miró.
—No recuerdo esa parte.
—Te dije que cada uno aportara lo que pudiera.
—Eso sí.
—Pues ahí está.
Aurelio hizo un gesto hacia la mesa. Clara vio a Teresa apretar los labios, aunque siguió sirviendo. Un vecino probó el pisto y preguntó de dónde era.
—De mi cocina —dijo Teresa.
—Me refería a la receta.
—También.
Aurelio se inclinó para mirar la fuente.
—Pensaba que habías cogido algo preparado. Hoy ibas muy justa.
Teresa dejó el cucharón.
—Llevo desde las cuatro.
—Por eso lo digo. Has conseguido resolverlo.
La conversación continuó en el otro extremo, donde Amparo había identificado unas aceitunas demasiado grandes para su gusto.
Clara pasó el pan a Teresa. La mujer lo aceptó, partió un trozo y volvió a coger el cucharón.
Un rato después, Darío se levantó para buscar más agua.
Aurelio lo siguió hasta la entrada de la habitación de apoyo.
Clara iba al café a por dos botellas y los encontró allí.
La voz de Darío llegaba hasta las mesas.
—El material lo pagué yo.
—Lo sé.
—Pues necesito cobrarlo.
Aurelio bajó ligeramente la cabeza.
—Lo hablamos mañana.
—Llevamos dos semanas hablándolo mañana.
Clara se detuvo junto a la encimera. Aurelio la vio y sonrió.
—Estamos arreglando unas cuentas.
Darío no sonrió.
—Una cuenta.
—Darío, yo también te he echado una mano cuando lo necesitabas.
El joven cerró la botella que acababa de llenar.
—Aquello fue otra cosa.
Aurelio apoyó una mano sobre el marco de la puerta.
—No hace falta ponerse así.
Clara cogió las botellas vacías.
—Voy a traer agua fría.
Los dos se apartaron para dejarla pasar.
Cuando regresó, Darío ya estaba sentado y Aurelio hablaba con una vecina sobre un armario que necesitaba reparar.
Clara dejó una botella delante de cada uno.
El patio se había vuelto más fresco. Pilar trajo la tarta de almendra y varios platos pequeños.
Inés recogió los vasos que ya no se utilizaban y empezó a lavarlos en la habitación de apoyo.
Clara se levantó para ayudar. Pilar estaba junto al fregadero, intentando encontrar sitio para una bandeja.
—Aurelio dijo que tú nos hacías el favor —le explicó a Inés.
La mujer dejó el vaso que tenía en la mano.
—¿Qué favor?
—Ayudarnos esta tarde.
—Aurelio me dijo que necesitabais a alguien para trabajar.
Pilar se quedó callada. Desde el patio llegó una carcajada de Amparo. Inés cogió otro vaso.
—Yo he venido porque tenía libre y me hacía falta la jornada.
—Claro —dijo Pilar—. No sabía que lo habíais hablado así.
—No hemos hablado gran cosa.
Clara apoyó los platos junto al fregadero.
—Entonces lo dejamos claro nosotras.
Pilar asintió.
—Sí. Antes de que te vayas acordamos cuánto y hasta qué hora.
Inés miró a una y a otra.
—Mientras no sea otro favor.
—No lo será —dijo Clara.
Berta entró con tres platos de postre.
—¿Aquí?
Inés señaló la parte libre de la encimera. Berta los dejó, cogió un paño seco y empezó a secar los vasos que ya estaban escurridos.
—Yo termino estos.
Pilar salió a cortar otra porción de tarta. Clara la siguió.
—¿Aurelio te había dicho algo del pago? —preguntó Clara cuando salieron.
—Me dijo que hablaría con ella.
—Pues parece que lo hizo poco.
Pilar miró hacia la habitación.
—Lo arreglo antes de que se vaya.
Clara volvió a su silla. Migas seguía en la suya.
Había abierto los ojos, vigilaba una miga en el suelo y parecía estar calculando si valía la pena bajar a investigarla.
Aurelio se levantó y se acercó a Berta, que estaba junto a la puerta con el paño en la mano.
Habló bajo, pero Clara, agachada para recoger una servilleta caída junto a su silla, alcanzó a oírlo.
—Luego tenemos que hablar de Inés.
Berta dobló el paño.
—Ahora no.
—Por eso he dicho luego.
Aurelio volvió a sentarse. Berta permaneció junto a la puerta unos segundos, mirando el patio, antes de regresar al fregadero.
Clara cogió su taza. Le apetecía café; hasta entonces no había echado de menos la máquina del Aurora.
Pilar preparó una tanda y la llevó en una bandeja.
El olor cambió el ritmo de la mesa. Algunos vecinos se levantaron para estirar las piernas; otros acercaron sus sillas y empezaron conversaciones que ya no tenían relación con la comida.
Teresa hablaba con Inés en la entrada de la habitación de apoyo.