El último en salir del Portal 7 Capítulo 1 La cena que nadie quería terminar
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El último en salir del Portal 7

El último en salir del Portal 7

Por Mateo Cendral

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Capítulo 1 La cena que nadie quería terminar

La cena que nadie quería terminar

—Es una cena sencilla —dijo Pilar.

Clara miró las tres hojas que acababa de dejar sobre la barra del Café Aurora. Una tenía nombres. Otra, platos. La tercera empezaba con la palabra IMPRESCINDIBLE, escrita dos veces y subrayada.

—¿Cuál de ellas contiene la parte sencilla?

Pilar puso la mano sobre la tercera.

—Esta es para que no se nos olvide nada.

—Aquí pone iluminación.

—En el patio anochece.

—Lleva años haciéndolo.

—Y nunca hemos cenado diecisiete personas mientras ocurre.

Clara volvió a contar los nombres.

—Eran doce.

—He incluido a quienes nos han prestado cosas.

Aquello le pareció razonable hasta que vio la siguiente anotación.

—¿Y por qué hay una mesa para las devoluciones?

—Para dejarlo todo organizado.

—¿Organizado esta noche o durante los próximos seis meses?

Pilar recogió las hojas antes de que Clara llegara a la parte de las guirnaldas.

Durante toda la tarde, los preparativos habían alterado la rutina del café.

Habían retirado dos sillas del fondo, reservado pan y llevado al patio una bandeja que Clara utilizaba a diario.

Cada vez que preguntaba por algo que faltaba, Pilar respondía que estaba localizado, como si conocer su paradero compensara no tenerlo a mano.

A través del ventanal, la fachada del Portal 7 recibía la luz del final de la tarde.

Las pequeñas rosas blancas de la jardinera central se movían sobre la entrada.

Ramiro había comprobado el soporte aquella mañana, aunque nadie recordaba haberle pedido que lo hiciera.

Ahora estaba en el patio, agachado junto a una silla plegable.

Clara lo veía por la puerta abierta del vestíbulo.

Cerca de él, Migas dormía con las patas recogidas bajo el pecho en una de las sillas del Aurora, la única cuyo cojín todavía conservaba su forma.

—El gato ya tiene sitio —dijo Clara.

Pilar se asomó.

—Eso nos ahorra una decisión.

—No figura en tu lista.

—Porque no necesita que lo inviten.

Clara dejó el paño y salió al vestíbulo.

El patio quedaba al fondo, al otro extremo de un pasillo corto que los vecinos utilizaban para acceder a los tendederos y dejar todo aquello que prometían retirar pronto.

El pasillo desembocaba en el vestíbulo; allí estaban la escalera, la puerta interior del café y la salida a la calle.

Para la cena habían despejado el centro y unido tres mesas.

Las sillas tenían alturas diferentes. Dos eran de madera, varias plegables y una parecía proceder de un despacho donde nadie había conseguido sentarse cómodamente.

Ramiro levantó la vista.

—Esta tiene un tornillo flojo.

—¿Es nuestra?

—Por eso estoy preguntando cuáles son prestadas.

Pilar apareció detrás de Clara.

—Todas menos las del café.

Ramiro observó el conjunto.

—Conviene que cada una vuelva a su propietario.

—Será más fácil cuando los propietarios dejen de estar sentados encima —dijo Clara.

Una voz llegó desde el acceso al patio.

—Las seis negras son mías.

Darío Lezama entró llevando otras dos sillas plegadas. Tenía una mancha de pintura en un puño y el pelo aplastado en un lado, como si se hubiera pasado la mano demasiadas veces por él. Apoyó las sillas contra la pared.

—Y estas dos también.

Ramiro anotó algo.

—Ocho.

—Eso espero. Las he contado al salir de la tienda.

Darío se agachó junto a la silla que Ramiro estaba examinando, movió ligeramente el asiento y sacó una herramienta del bolsillo.

—La rosca está bien. Solo se ha aflojado.

—Ya lo había visto.

—Entonces voy a darte el gusto de confirmarlo.

Clara volvió al Aurora mientras ellos discutían la diferencia entre comprobar y confirmar.

El local ya estaba cerrado al público. Había bajado una persiana a medias, dejado la otra abierta y colocado en la puerta una nota que anunciaba el horario del día siguiente.

Aun así, dos personas habían intentado pedir café.

Una de ellas era doña Amparo. La otra había sido doña Amparo cinco minutos después.

—Si la cena tarda, alguien debería explicarlo —dijo la mujer al entrar de nuevo.

—Empieza a las nueve.

—Eso pone en el papel.

—También lo dijo Pilar.

Amparo miró hacia el patio.

—No he visto la tortilla.

Clara abrió la vitrina.

—La tortilla no está obligada a presentarse antes que tú.

—Depende de cuánto quieran que se enfríe.

Pilar pasó con una cesta de pan y siguió caminando sin detenerse.

—Está en la habitación de apoyo.

Amparo salió inmediatamente. Clara la siguió, más por curiosidad que por necesidad.

La habitación de apoyo estaba junto al patio.

Era un espacio cubierto, con un fregadero, una encimera y armarios donde convivían productos de limpieza, jarrones que nadie utilizaba y fuentes demasiado grandes para las comidas de una sola persona.

No tenía fogones, aunque aquella tarde varias vecinas parecían haber decidido que eso era un detalle secundario.

Teresa Montalvo trabajaba junto a la encimera.

Había colocado un mortero de mármol sobre un paño doblado y machacaba ajo con unas almendras. A su lado había pimientos asados, una cazuela tapada y una bolsa abierta de cubiertos.

—Eso no va en el pisto —anunció Amparo.

Teresa levantó la cabeza.

—Por suerte, estoy haciendo otra cosa.

—Lo decía por si acaso.

—Lo he entendido.

Retiró la mano del mortero, la dejó junto a la cazuela y probó una pequeña cantidad de la mezcla con una cucharilla. Clara aspiró el olor a ajo y pimiento.

—¿Necesitas algo del café?

—Una cuchara grande. La que he traído no sirve para repartir.

Inés Torija, que estaba en el fregadero, cerró el grifo.

—Hay una en el armario de abajo.

Abrió la puerta con el dorso de la mano y sacó un cucharón.

—¿Esta?

Teresa lo examinó.

—Perfecto.

Inés volvió al fregadero. Había una bandeja escurrida a su izquierda y varios vasos a la derecha.

Se movía con la economía de quien había aprendido a trabajar en cocinas ajenas sin perder tiempo buscando las cosas dos veces.

Clara apenas había hablado con ella. Aurelio la había presentado aquella tarde, cuando llegó para ayudar con los preparativos. Pilar se acercó con el pan.

—Inés, cuando tengas un momento, ¿puedes poner las servilletas?

—Cuando termine los vasos.

—Claro.

Pilar dejó la cesta y quiso coger una bandeja que seguía mojada. Inés la apartó.

—Esa todavía no.

—Pensaba llevarla ya.

—Y yo pensaba que llegara seca.

Pilar cogió un paño.

—Entonces hacemos coincidir las ideas.

Clara dejó de buscar la cuchara y regresó al café. En el vestíbulo encontró a Berta Olmeda tratando de abrir una bolsa sin soltar una pila de platos.

—¿Dónde dejo esto?

—En la encimera de la habitación de apoyo.

Clara le quitó la bolsa de las manos. Dentro había servilletas de papel y dos paquetes de velas.

—Pilar había dicho que faltaban.

—Pilar está utilizando una definición muy amplia de faltar.

Berta sonrió. Llevaba un delantal liso de color arena sobre una blusa clara. Se había recogido el pelo y tenía una pequeña marca de humedad junto a la cintura.

—He preguntado antes de venir. Así no traía algo que ya tuvierais.

Clara agradeció aquella prudencia: desde que habían empezado los preparativos, todo el mundo parecía tener una opinión sobre lo que faltaba. La acompañó hasta la habitación de apoyo. Teresa destapó la cazuela. El olor a verduras cocinadas llenó el espacio.

—¿Dónde está mi fuente?

Inés señaló un recipiente ovalado de cerámica blanca, con una franja verde alrededor del borde. Teresa lo acercó y empezó a pasar el pisto con el cucharón. Berta dejó los platos y sujetó la cazuela mientras ella apuraba el fondo.

—Así no se mueve.

—Gracias.

Clara sostuvo la puerta para que Amparo saliera con una bandeja de tortilla.

—Yo puedo llevar la fuente —dijo Berta.

Teresa apoyó una mano junto al borde.

—Espera a que termine.

Quedó bastante llena. Teresa limpió una pequeña gota de salsa que había caído por fuera y se apartó.

Berta la cogió con ambas manos. En el patio acababan de encender las luces.

Las mesas parecían otras: los vasos diferentes y las sillas prestadas habían perdido su aire provisional.

La cesta de pan estaba en el centro y una luz cálida ocultaba las hojas más estropeadas de las plantas.

Clara se sorprendió pensando que Pilar había tenido una buena idea. No se lo dijo todavía.

Aurelio Sarmiento se acercó a las mesas cuando estaban colocando los primeros platos. Saludó a Darío, preguntó a Ramiro por las sillas y se detuvo junto a Teresa con la satisfacción de quien encontraba todo como esperaba.

—Al final habéis podido organizarlo.

Pilar dejó una bandeja.

—Al final casi está.

Aurelio se acercó a Inés.

—Ya os dije que podíais contar con ella. Cuando hace falta, responde.

Inés alzó la vista.

—Me llamaste esta mañana.

—Y viniste.

—Porque tenía la tarde libre.

Aurelio le dio una palmadita breve en el hombro y siguió hacia las mesas.

Inés se quedó quieta un instante antes de continuar.

Clara no supo si la había molestado el gesto o la conversación.

Pilar llamó a los vecinos que aún estaban arriba.

Poco a poco, el patio se llenó de personas que traían platos cubiertos, una botella, una ensalada o las manos vacías con una explicación preparada.

Migas abrió los ojos cuando alguien intentó retirar su silla.

La mujer que la había cogido volvió a dejarla.

—Está ocupado —dijo.

Ramiro consultó el papel.

—Eso reduce las plazas disponibles.

—Puedes preguntarle si piensa cenar de pie —propuso Clara.

El gato estiró una pata. Pilar acercó una silla de madera a la mesa.

—Dejamos esa para él y traemos otra del café.