El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 23 EL DESPERTAR
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CAPÍTULO 23 EL DESPERTAR

El progenitor abrió los ojos.

Fue como si dos soles negros se encendieran en la oscuridad, absorbiendo la luz en lugar de emitirla.

Su cuerpo, una montaña de escamas y músculo, comenzó a moverse, y la montaña entera tembló con cada respiración.

Los túneles por los que habíamos entrado se derrumbaron, y el cielo, visible a través de las grietas del techo, se tiñó de un rojo enfermizo.

«¡Corre!», rugió Varkoth, y me aferré a su lomo mientras se lanzaba hacia la boca del progenitor.

El despertar fue un caos de ruido y fuego.

Las fauces colosales se abrieron, y un torrente de lava dorada brotó de la garganta, arrastrándonos hacia el exterior como hojas en un río furioso.

Varkoth batió sus alas con desesperación, esquivando los chorros de fuego y los dientes que se cerraban a nuestro alrededor.

—¡Más rápido! —grité.

«No puedo ir más rápido sin desgarrarme las alas.»

—¡Pues desgárralas! ¡Prefiero caer que ser devorado!

Varkoth rugió y aceleró. Las paredes de la boca pasaban a nuestro lado como acantilados de marfil, y el aliento del progenitor, un viento abrasador, nos empujaba hacia atrás. Pero no nos detuvimos.

Salimos.

El cielo estalló en una sinfonía de dragones.

Miles de criaturas alzaban el vuelo desde las laderas de la montaña, formando un torbellino de escamas y fuego. Seren, montada en Nyra, lideraba la formación, y los soldados, en el valle, alzaban sus armas en un grito de desafío.

—¡Kayden! —gritó Seren al vernos—. ¿Estás bien?

—Sí. Pero el progenitor ha despertado. No podremos detenerlo.

«Sí podremos», dijo Varkoth. «Si luchamos juntos.»

—¿Juntos? ¿Cómo?

«Mira.»

Los dragones, obedeciendo a un instinto ancestral, comenzaron a formar un círculo alrededor del progenitor.

Eran miles, de todos los colores y tamaños, y sus rugidos se unieron en un coro ensordecedor.

De sus bocas brotaba fuego, hielo, relámpagos y sombra, y toda esa energía convergía en un solo punto: el pecho del progenitor, donde el cristal del núcleo había estallado.

—Están atacando la herida —dije, comprendiendo.

«Sí. Y nosotros vamos a ayudar.»

Varkoth se unió al círculo, y su aliento carmesí se sumó al torrente de energía. El progenitor rugió, un sonido que hizo temblar el mundo, y su cuerpo comenzó a agrietarse. Las escamas se desprendían, y la lava dorada brotaba de las heridas.

—¡Está funcionando! —grité.

«No cantes victoria todavía. El progenitor no caerá sin luchar.»

Y el progenitor atacó.

Su cola, un látigo de escamas y fuego, barrió a docenas de dragones que volaban cerca. Sus garras, enormes como torres, desgarraron el aire y aplastaron todo lo que tocaban. Los dragones caían, envueltos en llamas, y los jinetes gritaban mientras se precipitaban al vacío.

—¡No! —grité, viendo caer a un dragón de Hierro con su jinete—. ¡Tenemos que hacer algo!

«Eso estamos haciendo. Pero no podemos salvarlos a todos.»

—¿Y si nos acercamos a la herida? ¿Si atacamos desde dentro?

«Es un suicidio.»

—Entonces, que sea un suicidio útil.

Nos lanzamos hacia el pecho del progenitor, esquivando zarpazos y llamas. La herida del cristal brillaba, pulsante, y de ella emanaba una energía que me revolvía el estómago.

—¿Qué hacemos? —pregunté.

«Tú, golpear. Yo, cubrirte.»

—¿Golpear con qué?

«Con esto.»

Varkoth escupió un fragmento de cristal que había quedado incrustado en su garganta. Era pequeño, del tamaño de un puño, pero brillaba con la luz del núcleo.

—¿Y esto?

«Es el corazón de la esencia. Si lo clavas en la herida, el progenitor se desestabilizará.»

—¿Y después?

«Después, reza.»

Cogí el fragmento y me deslicé por el cuello de Varkoth hacia el pecho del progenitor. El calor era insoportable, y la piel se me agrietaba con cada movimiento. Pero no me detuve.

Clavé el cristal en la herida.

El progenitor rugió.

Y el mundo se volvió blanco.