CAPÍTULO 22 EL NÚCLEO DEL PROGENITOR
Caímos.
La garganta del progenitor era un túnel de carne y fuego que se extendía hacia las profundidades de la tierra.
Las paredes palpitaban, y de las grietas brotaba un líquido dorado que ardía al contacto con el aire.
Varkoth me sujetaba con sus garras, con las alas plegadas para no golpear las paredes, y su voz resonaba en mi mente, guiándome.
«Mantén la calma. El núcleo está cerca.»
—¿Cómo lo sabes?
«Porque puedo sentirlo. Es el corazón de mi especie. La fuente de todos los vínculos. Y me está llamando.»
—¿Llamando?
«Sí. Quiere que me una a él. Que me disuelva en su esencia. Que deje de ser un individuo y me convierta en parte del todo.»
—¿Y tú quieres eso?
«No. Pero la tentación es fuerte.»
El túnel se ensanchó, y caímos en una cámara esférica iluminada por una luz dorada y pulsante. En el centro, suspendido en el aire, flotaba un cristal enorme, del tamaño de un dragón adulto, que irradiaba un calor insoportable.
El núcleo.
«Ahí está», dijo Varkoth, posándose sobre una plataforma de roca. «El corazón del progenitor.»
—Es hermoso. —Me deslicé de su lomo y caminé hacia el cristal—. Y aterrador.
«Ambas cosas. Como todo lo que es verdad.»
El cristal pulsaba al ritmo del corazón del progenitor, y cada pulso enviaba ondas de calor que me golpeaban como un martillo. La marca del ala en mi pecho ardía, y sentí que algo tiraba de mí, hacia el cristal, hacia la disolución.
«No lo toques», advirtió Varkoth. «Si lo tocas, te consumirá.»
—¿Entonces cómo lo rompemos?
«Con tu espada. Y con mi sangre. Y con el poder del vínculo.»
—Explícate.
«El cristal es un recipiente. Contiene la esencia del progenitor. Si lo golpeamos con suficiente fuerza, se agrietará. Y si vertemos sangre de dragón de Sangre en la grieta, reaccionará con la esencia y la liberará.»
—¿Liberarla? ¿No deberíamos destruirla?
«No podemos destruirla. Es demasiado antigua, demasiado poderosa. Pero podemos liberarla, devolverla al mundo. Y con ella, renovar los vínculos.»
—¿Y eso detendrá al progenitor?
«Lo hará despertar. Pero sin su esencia, será solo un cuerpo vacío. Un cascarón.»
—¿Y no nos matará al despertar?
«Probablemente. Pero si lo hacemos rápido, quizás podamos escapar antes.»
—¿Quizás?
«Es lo mejor que tengo.»
Suspiré.
—Me encanta tu optimismo.
Saqué la espada y el frasco de sangre que Seren me había dado. Varkoth se acercó al cristal, y su aliento carmesí lo envolvió como una manta.
«Cuando yo lo ordene, golpea.»
—Entendido.
Varkoth rugió, y su rugido resonó en la cámara como un trueno. El cristal tembló, y una grieta fina apareció en su superficie.
«¡Ahora!»
Golpeé.
Mi espada se clavó en la grieta, y el cristal emitió un sonido agudo, como el chirriar de un millón de vidrios. Vertí la sangre de dragón sobre la herida, y el líquido carmesí se deslizó por la grieta, brillando con una luz cada vez más intensa.
«¡Retrocede!», gritó Varkoth.
Salté hacia atrás, justo cuando el cristal estalló.
La explosión fue como un sol naciendo. Una onda de luz dorada y carmesí se expandió por la cámara, derribando paredes y llenando el espacio de una energía pura y abrasadora. Varkoth me cubrió con sus alas, y juntos fuimos arrastrados por la onda expansiva, golpeando las paredes del túnel.
Y entonces, el progenitor despertó.