CAPÍTULO 21 LA MONTAÑA DE CENIZA
La montaña de ceniza se alzaba ante nosotros como un dios dormido a punto de despertar.
Su silueta, deforme y colosal, se recortaba contra un cielo teñido de rojo por el fuego que ardía en su interior. El aire olía a azufre y a muerte, y el suelo, cubierto de ceniza reciente, crujía bajo los pies de los soldados como si pisaran huesos molidos.
—Según las leyendas —dijo Oros, cabalgando a mi lado—, el progenitor no es un dragón como los demás. Fue el primero. El que dio origen a todos los vínculos. Y cuando los antiguos reyes intentaron domesticarlo, se rebeló y arrasó la mitad del mundo.
—¿Y cómo lo sellaron? —pregunté.
—No lo sellaron. Lo durmieron. Usaron el poder combinado de cien dragones de Sangre y lo redujeron a un letargo profundo. Pero ahora, con los dragones de Sangre extintos y el vínculo roto, su despertar es inevitable.
—¿Y si no está del todo despierto? ¿Y si podemos volver a dormirlo?
—Necesitarías el poder de cien dragones de Sangre. Y solo tienes uno.
«No estoy solo», dijo Varkoth en mi mente. «Kayden es mi jinete. Y su voluntad es más fuerte que cien dragones.»
—Eso espero —murmuré.
La expedición se detuvo al pie de la montaña.
Los soldados formaron un campamento defensivo, y los dragones se posaron en las laderas, con las alas plegadas y los ojos fijos en la cima humeante.
Seren convocó un consejo de guerra en su tienda, al que asistieron Oros, Tess, los comandantes de las provincias y yo.
—El plan es simple —dijo Seren, con un mapa extendido sobre la mesa—. Kayden y Varkoth entrarán por la boca del volcán. Volverán a dormir al progenitor. El resto de nosotros mantendremos la posición y evacuaremos a los civiles si es necesario.
—¿Y si falláis? —preguntó un comandante, un hombre corpulento con una cicatriz en la barbilla.
—Entonces, lucharemos. Todos. Hasta el último aliento.
—Eso es una sentencia de muerte.
—Es una declaración de guerra. —Seren lo miró con frialdad—. La única que nos queda.
El comandante asintió, resignado. Los demás guardaron silencio.
—¿Cuándo partimos? —pregunté.
—Al amanecer. Necesitas descansar.
—No podré dormir.
—Lo sé. —Seren me miró con una ternura que no mostraba ante los demás—. Pero inténtalo. Por mí.
Asentí. Salí de la tienda y me senté en una roca, con la mirada fija en la montaña. Tess se unió a mí, con una manta sobre los hombros.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—Sí.
—Yo también. —Se sentó a mi lado—. Pero confío en ti. Siempre lo he hecho.
—¿Desde cuándo?
—Desde que nos conocimos en los Páramos. Vi algo en ti. Una chispa. Algo que los demás no tenían.
—¿Y qué era?
—Esperanza. —Tess me sonrió—. Aunque no lo supieras, la llevabas contigo. Y la compartiste conmigo.
—¿Y si la esperanza no es suficiente?
—Entonces, moriremos intentándolo. Y eso ya será más de lo que el mundo esperaba de nosotros.
La abracé, y nos quedamos así, en silencio, con la montaña rugiendo en la distancia.
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Al amanecer, me preparé.
Vestí la armadura de escamas que Seren me había regalado, forjada con el acero de las Minas de Hierro Eterno y bendecida por los magos de la corte.
Me até la espada al cinturón y me colgué la daga de mi padre, la misma que había llevado en los Páramos.
Tess me ajustó las correas, y Seren me entregó un frasco pequeño con un líquido carmesí.
—Es sangre de dragón de Sangre —dijo—. La destiló Oros. Dice que te dará fuerza cuando la necesites.
—¿Y cuándo la necesitaré?
—Lo sabrás. —Seren me besó en los labios—. Vuelve a mí, Kayden Voss.
—Siempre. —Le devolví el beso—. Te lo prometo.
Monté a Varkoth, y despegamos.
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La boca del volcán era un abismo de fuego y humo.
Descendimos a través de la columna de ceniza, con las alas de Varkoth batiendo el aire caliente. El calor era insoportable, y el rugido del progenitor resonaba en las paredes de roca como el latido de un corazón colosal.
«Agárrate fuerte», dijo Varkoth.
—Lo estoy.
«Esto se va a poner peor.»
El túnel se estrechó, y las paredes se cubrieron de cristales carmesíes que brillaban con una luz pulsante. El aire se llenó de un olor dulzón y metálico que me recordó a la sangre.
Y entonces, lo vimos.
El progenitor.
Era un dragón tan grande que su cuerpo ocupaba toda la cámara, una montaña de escamas negras y oro fundido.
Sus ojos, cerrados, eran dos lunas oscuras.
Su aliento, lento y profundo, hacía temblar la roca.
Estaba dormido, pero su presencia llenaba el espacio como una presión insoportable en el pecho.
«El núcleo está en su interior», dijo Varkoth. «Debemos entrar por su boca.»
—¿Por su boca? ¿Estás loco?
«Probablemente. Pero es la única forma.»
Tragué saliva.
—Entonces, hagámoslo.
Varkoth se posó suavemente sobre la mandíbula inferior del progenitor, y me deslicé hacia el interior de su boca. Las encías, del tamaño de colinas, brillaban con runas antiguas. Los dientes, como torres de marfil, se alzaban a mi alrededor.
—Es como una catedral —murmuré.
«Una catedral que puede cerrarse en cualquier momento.»
Avanzamos por la lengua del progenitor, una superficie rugosa y húmeda que se extendía como un campo de batalla. Al final, la garganta se abría como un pozo sin fondo, y de ella emanaba un calor insoportable.
—Ahí abajo —dije.
«Sí. El núcleo.»
Saltamos.