CAPÍTULO 20 LA CENIZA QUE ANUNCIA EL FIN
La ceniza cayó durante siete días.
Cubrió los tejados de Korvahl, los campos de las provincias, las aguas del Mar de Lágrimas. Los dragones salvajes se refugiaron en las cuevas de las montañas, negándose a volar. Los jinetes de la Ciudadela, los más valientes, intentaron acercarse a los Páramos para investigar, pero ninguno regresó.
—El volcán está activo —informó Oros, desplegando un mapa sobre la mesa del consejo—. Los eruditos dicen que la erupción es inminente. Y con ella, el despertar del progenitor.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Seren.
—Semanas. Quizás menos.
—¿Y las tropas? ¿Los aliados?
—Han venido de todas las provincias. Cinco mil soldados, mil jinetes, tres mil dragones salvajes. Es el mayor ejército que se ha reunido en siglos. —Oros hizo una pausa—. Pero no sé si será suficiente.
—Tiene que serlo —dijo Tess, con la mano en la empuñadura de su espada—. No podemos rendirnos ahora.
—No hablo de rendirnos. Hablo de ser realistas. —Oros me miró—. Kayden, tú eres el único que ha tenido contacto con Varkoth sobre esto. ¿Qué dice?
«Dice que el progenitor no puede ser derrotado por la fuerza bruta», respondió Varkoth en mi mente, y yo repetí sus palabras en voz alta.
—Entonces, ¿cómo lo vencemos? —preguntó Seren.
«Con sacrificio.»
El silencio se hizo en la sala.
—¿Qué clase de sacrificio? —pregunté.
«El progenitor se alimenta de la esencia de los dragones. Cuantos más dragones se le enfrenten, más fuerte se volverá. La única forma de vencerlo es debilitarlo desde dentro.»
—¿Desde dentro?
«Alguien debe entrar en su interior. Llegar a su núcleo. Y romperlo desde dentro.»
—Eso es un suicidio.
«Sí. Por eso debe ser un jinete de Sangre. Alguien cuya esencia sea compatible con la del progenitor. Alguien como tú.»
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Yo? ¿Entrar en el interior de un dragón gigante y romper su núcleo?
«No estarás solo. Yo iré contigo. Nuestro vínculo nos permitirá sobrevivir el tiempo suficiente.»
—¿Y después?
«Después... —Varkoth dudó—. Después, puede que no haya un después.»
Seren se levantó de su asiento.
—No. No voy a permitirlo. Buscaremos otra forma.
—No hay otra forma. —La miré a los ojos—. Varkoth lo sabe. Y yo también.
—¡Siempre hay otra forma!
—Seren... —Me acerqué a ella—. Escúchame. He vivido toda mi vida huyendo de mi destino. De la marca. De mi padre. De la verdad. Y ahora, por primera vez, sé lo que debo hacer.
—No quiero perderte.
—No me perderás. —Le cogí el rostro entre las manos—. Pase lo que pase, mi alma siempre estará contigo. El vínculo no se rompe.
—¿Y si se rompe?
—Entonces, al menos habré muerto haciendo lo correcto.
Seren me abrazó con una fuerza desesperada. Tess y Oros apartaron la mirada, respetando el momento.
—Te quiero —susurró Seren.
—Y yo a ti. —La besé—. Por eso voy a volver. Te lo prometo.
—Más te vale.
Nos separamos, y Seren se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Luego, con la compostura de la reina que era, se giró hacia el consejo.
—Preparad la expedición —ordenó—. Si Kayden va a enfrentarse al progenitor, no lo hará solo. Todos los jinetes y dragones disponibles lo acompañarán hasta los Páramos.
—¿Y si el progenitor los consume a todos? —preguntó Oros.
—Entonces, que consuma un ejército digno de ser recordado.
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La marcha hacia los Páramos comenzó al amanecer.
Miles de dragones alzaron el vuelo, formando un mar de escamas que cubría el cielo.
Los soldados marchaban en columnas, con estandartes de todas las provincias ondeando al viento.
Seren iba al frente, montada en Nyra, con la corona de hierro brillando en su frente.
A su lado, yo montaba a Varkoth, con Tess en la grupa.
«No tengas miedo», dijo Varkoth.
—No es miedo. Es determinación.
«Lo mismo es.»
—No. El miedo te paraliza. La determinación te mueve. —Acaricié las escamas de su cuello—. Y yo ya me he movido demasiado para detenerme ahora.
«Bien. Porque el progenitor ya está despertando.»
En el horizonte, la montaña de ceniza se alzaba como una herida abierta en la tierra. Su cima brillaba con un fuego carmesí, y los rugidos que emanaban de sus profundidades hacían temblar el suelo.
—¿Listos? —pregunté.
—Siempre —respondió Tess.
—Siempre —repitió Seren, desde Nyra.
Y avanzamos hacia la boca del infierno.