El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 19 LA SOMBRA DEL PASADO
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CAPÍTULO 19 LA SOMBRA DEL PASADO

La paz, como siempre, fue breve.

Tres años después de la caída del emperador, cuando el imperio empezaba a sanar sus heridas y la ciudad de Korvahl florecía como nunca antes, llegó la noticia.

Yo estaba en la Ciudadela, entrenando a una nueva generación de jinetes, cuando un mensajero aterrizó en la plataforma principal montado en un dragón agotado. El hombre, un jinete veterano de las provincias orientales, traía el rostro cubierto de ceniza y los ojos llenos de terror.

—Los Páramos... —jadeó, cayendo de rodillas—. Algo está despertando.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, agarrándolo del brazo.

—El volcán de la Ciudadela. Y los Páramos de Ceniza. —El hombre tosió, escupiendo sangre—. Los dragones de Sangre no eran los únicos. Había algo más. Algo más antiguo. Y ha despertado.

—¿Qué ha despertado?

—El primer dragón. El que existía antes de los Vínculos. El que el emperador selló cuando creyó que había exterminado a la especie.

Sentí un escalofrío.

«Es cierto», dijo Varkoth en mi mente, y su voz sonaba más grave de lo habitual. «Lo he sentido. Algo se mueve bajo la ceniza. Algo que no debería existir.»

—¿Qué es? —pregunté en voz alta.

«El Dragón de las Cenizas. El progenitor de mi especie. El que dio origen a todos los vínculos. Y si despierta... devorará el mundo.»

—¿Y cómo lo detenemos?

«No lo sé. Solo conozco las leyendas. Y las leyendas hablan de un jinete que unirá a todas las razas bajo un solo estandarte. Un jinete de Sangre y Ceniza.»

—¿Yo?

«Tú. Y nadie más.»

La noticia se extendió por el imperio como un reguero de pólvora.

En cuestión de semanas, los dragones salvajes empezaron a comportarse de forma errática, y los volcanes de los Páramos entraron en erupción.

La ceniza cubrió los campos, y las cosechas se perdieron. El miedo se apoderó de la población.

Seren me recibió en el palacio con el rostro pálido y los ojos cansados.

—¿Es cierto? —preguntó—. ¿El Dragón de las Cenizas existe?

—Varkoth lo confirma. Y yo... yo lo he soñado.

—¿Soñado?

—Un dragón tan grande como una montaña, con escamas de ceniza y ojos de fuego. Está dormido bajo los Páramos, pero su despertar es inminente. Y cuando abra los ojos, nada podrá detenerlo.

—¿Y la leyenda? ¿El jinete de Sangre y Ceniza?

—Eso dicen. Que un jinete debe unir a todas las razas y enfrentarse al progenitor. Si lo vence, los vínculos se renovarán y comenzará una nueva era. Si fracasa... —No terminé la frase.

—Si fracasa —completó Seren—, el mundo arderá.

—Sí.

Seren se sentó en el trono, con la corona torcida y la mirada perdida.

—¿Y crees que tú eres ese jinete?

—No lo sé. —Me arrodillé frente a ella—. Pero si lo soy, no puedo negarme.

—¿Y yo? ¿Qué papel juego en todo esto?

—El más importante. —Le cogí las manos—. Seren, tú eres la reina. Has unido a los humanos y a los dragones. Has traído la paz al imperio. Si yo soy la espada, tú eres el escudo. Y sin ti, no hay victoria posible.

—Eso suena muy poético.

—Lo es. Pero también es verdad.

Seren me miró durante un largo momento. Luego, con un suspiro, asintió.

—Está bien. Encontraremos la forma de detener a ese dragón. Juntos.

—Juntos —repetí.

Y en el horizonte, la ceniza comenzó a caer del cielo como nieve oscura.