El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 18 EL PESO DE LA CORONA
75%

CAPÍTULO 18 EL PESO DE LA CORONA

La luna de miel duró exactamente tres días.

Al cuarto, los problemas del imperio llamaron a la puerta del palacio con la insistencia de un acreedor furioso.

Las provincias del norte se negaban a reconocer a Seren como soberana.

Los mercaderes del Mar de Lágrimas exigían compensaciones por los daños de la guerra.

Los dragones salvajes, acostumbrados a su libertad, no querían someterse a las leyes de la Ciudadela.

Y los jinetes veteranos, que habían servido al emperador durante años, miraban a la nueva reina con una mezcla de desconfianza y resentimiento.

—Ser reina es peor que ser traidora —me confesó Seren una noche, desplomada sobre el trono con la corona torcida y los ojos inyectados en sangre—. Al menos como traidora sabía quién era mi enemigo.

—Ahora todos son potencialmente tu enemigo —respondí, sentándome en los escalones del estrado—. Bienvenida al poder.

—Es horrible.

—Lo sé. Por eso yo no quería ser rey.

—Y sin embargo, aquí estás. —Seren me miró con una sonrisa cansada—. Mi consorte no oficial. El héroe del imperio. El jinete del dragón de Sangre.

—Suena muy grandilocuente.

—Lo es. Y por eso la gente te escucha.

—¿Y qué quieres que les diga?

—Que confíen en mí. Que me den tiempo. Que no se rebelen antes de que pueda arreglar este desastre.

—Eso es mucho pedir.

—Lo sé. —Seren se quitó la corona y la dejó a un lado—. Por eso te necesito, Kayden. No como soldado. Como aliado. Como... amigo.

—Soy ambas cosas. —Le cogí la mano—. Y también soy el hombre que te besó bajo las estrellas. No lo olvides.

—No lo olvido. —Seren apretó mis dedos—. Pero a veces, la corona pesa más que el corazón.

—Entonces, quítatela de vez en cuando.

—¿Y si no puedo?

—Podrás. Porque no estás sola.

Seren me miró durante un largo momento. Luego, lentamente, apoyó la cabeza en mi hombro.

—Gracias —murmuró.

—No me las des. —Le besé el cabello—. Solo prométeme que no te convertirás en tu padre.

—Eso es lo único que no haré jamás.

---

Los meses siguientes fueron un torbellino.

Viajamos por todo el imperio: a las provincias del norte, donde los señores de la guerra se arrodillaron ante Seren al ver a Varkoth sobrevolar sus fortalezas; al Mar de Lágrimas, donde los mercaderes aceptaron los nuevos impuestos a cambio de protección contra los piratas; a la Ciudadela, donde Oros y los jinetes establecieron un nuevo código de honor para los vínculos.

Tess se convirtió en la capitana de la guardia personal de Seren, un cargo que aceptó con su habitual mezcla de modestia y determinación.

Varkoth y Nyra, la dragona de Oros, formaron un vínculo de respeto mutuo que sorprendió a todos.

Y yo, poco a poco, fui encontrando mi lugar en aquel nuevo mundo.

No era un rey. No era un general. Era el jinete del dragón de Sangre, el puente entre los humanos y los dragones, el símbolo de que el cambio era posible.

Y aunque el camino era duro, no me arrepentía de nada.

---

Un año después, en el aniversario de la caída del emperador, Seren y yo nos casamos en la Plaza de los Mil Mártires.

Fue una ceremonia sencilla, sin los fastos de la antigua corte. Tess fue la dama de honor. Oros, el maestro de ceremonias. Varkoth y Nyra, los testigos alados. Los dragones salvajes sobrevolaron la plaza, y sus rugidos se mezclaron con los vítores de la multitud.

—Kayden Voss —dijo Seren, con la voz firme—. Te tomo como mi esposo, mi aliado y mi igual. No por obligación, ni por conveniencia, sino porque te quiero.

—Y yo a ti —respondí—. No como reina, sino como Seren. La mujer que me enseñó que el poder no se roba, se comparte.

—Y se comparte contigo.

Nos besamos, y el mundo entero pareció contener la respiración.

Luego, Varkoth rugió, y los dragones respondieron, y la fiesta comenzó.