El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 17 LAS MINAS DE HIERRO ETERNO
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CAPÍTULO 17 LAS MINAS DE HIERRO ETERNO

Al amanecer, volamos hacia las Minas.

El camino hacia el sur era árido y desolado, un páramo de piedra negra y ríos de lava seca.

Las Minas de Hierro Eterno se alzaban al final del valle, un complejo de torres de hierro y pozos excavados en la montaña que se extendía por kilómetros.

Miles de prisioneros trabajaban en sus profundidades, y cientos de guardias patrullaban sus murallas.

Pero cuando los dragones aparecieron en el cielo, la resistencia fue mínima.

Los guardias, al ver la armadura imperial caída y el estandarte de la Ciudadela ondeando junto al emblema de la Casa Vorath, arrojaron sus armas y se rindieron.

Los prisioneros, liberados por los jinetes, salieron de las minas como sonámbulos, con la piel cubierta de polvo y los ojos llenos de esperanza.

—¿Dónde está mi madre? —preguntó Seren, desmontando de Nyra con el rostro pálido.

—En la galería más profunda —respondió un guardia, arrodillado—. El emperador... el difunto emperador... ordenó que la mantuvieran aislada. Solo los magos de la corte podían entrar.

—Llévanos.

El guardia nos condujo por un laberinto de túneles y escaleras, descendiendo hacia las entrañas de la montaña. El aire se volvía más denso y caliente a cada paso, y el sonido de los grilletes resonaba en las paredes de hierro.

Finalmente, llegamos a una puerta de acero cubierta de runas de contención. Seren apoyó la mano sobre ella, y las runas brillaron débilmente antes de apagarse.

—Se ha roto el sello —dijo—. Con la muerte de mi padre, la magia se desvanece.

Empujamos la puerta y entramos.

La celda era pequeña y oscura, iluminada solo por una lámpara de aceite que colgaba del techo.

En el centro, encadenada a la pared, una mujer esquelética yacía sobre un montón de paja.

Su cabello, antes oscuro, ahora era blanco como la nieve.

Su piel, antes bronceada, estaba pálida y cubierta de cicatrices.

—Madre —susurró Seren, arrodillándose junto a ella.

La mujer abrió los ojos lentamente. Eran verdes, como los de Seren, pero sin brillo.

—¿Seren? —Su voz era apenas un hilo—. ¿Eres tú?

—Sí, madre. Soy yo. —Seren le cogió la mano—. He venido a sacarte de aquí.

—¿Y tu padre?

—Está muerto. —La voz de Seren se quebró—. Lo maté yo misma.

La mujer cerró los ojos. Una lágrima rodó por su mejilla.

—Gracias —murmuró—. Gracias por liberarme.

—No me des las gracias todavía. —Seren la abrazó con cuidado, como si temiera que se rompiera—. Tenemos mucho de qué hablar.

—¿Y este joven? —La madre de Seren me miró con curiosidad—. ¿Quién es?

—Es Kayden Voss, madre. El hijo de Kael.

—¿El hijo de Kael? —Los ojos de la mujer se abrieron con sorpresa—. Entonces, el vínculo...

—Es real. Varkoth lo eligió.

—Varkoth... —La mujer sonrió débilmente—. Tu padre habría estado orgulloso, muchacho. Kael era el mejor jinete que he conocido.

—Gracias —dije, con un nudo en la garganta—. Eso significa mucho.

—Sácame de aquí —dijo la madre de Seren—. Quiero ver el sol.

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La liberación de la madre de Seren fue solo el comienzo.

Durante los días siguientes, los jinetes de la Ciudadela y los dragones salvajes se desplegaron por todo el imperio, liberando prisioneros, desmantelando las estructuras de poder de la Casa Vorath y estableciendo un nuevo orden.

Seren, como heredera legítima, asumió el trono con la promesa de gobernar con justicia y no con miedo.

La ceremonia de coronación se celebró en la Plaza de los Mil Mártires, el mismo lugar donde mi padre había sido ejecutado. Miles de personas se congregaron para presenciar el momento, y los dragones, posados en los tejados, observaban en silencio.

—Pueblo de Vorath —proclamó Seren, con la corona de hierro y flores sobre la cabeza—. Hoy comienza una nueva era. Una era de libertad. Una era de vínculos elegidos, no impuestos. Una era en la que los dragones y los humanos caminarán juntos, como hermanos.

El pueblo vitoreó.

Y yo, de pie entre la multitud, con Tess y Varkoth a mi lado, sonreí.

—Lo hemos conseguido —dijo Tess, con lágrimas en los ojos.

—Sí. —La abracé—. Lo hemos conseguido.

«No has terminado, muchacho», dijo Varkoth en mi mente.

—¿Qué quieres decir?

«Esto es solo el primer capítulo. La verdadera batalla será reconstruir lo que el emperador destruyó.»

—Lo sé. —Miré a Seren, que hablaba con los representantes de las provincias—. Pero por ahora, es suficiente.

«Por ahora.»

Esa noche, me senté en el tejado del palacio, con las piernas colgando sobre el vacío. La ciudad brillaba a mis pies, llena de luces y de vida. Seren me encontró allí, con una jarra de vino en la mano.

—¿Compartes? —preguntó, sentándose a mi lado.

—Claro. —Acepté la jarra y bebí un sorbo—. ¿Qué haces aquí? Pensé que estarías celebrando.

—Ya he celebrado bastante. Ahora solo quiero... silencio.

—Bienvenida al club.

Bebimos en silencio, con el viento acariciando nuestros rostros. La luna brillaba en el cielo, y los dragones, posados en las torres, dormían con las alas plegadas.

—¿Qué pasará ahora? —pregunté.

—No lo sé. —Seren me miró—. ¿Qué quieres que pase?

—Quiero encontrar mi lugar. Mi propósito. Algo más que luchar y sobrevivir.

—Quizás ya lo has encontrado. —Seren se inclinó y me besó suavemente en los labios—. Tu lugar está aquí. Conmigo. Si quieres.

La besé de nuevo, esta vez con más intensidad.

—Quiero —dije—. Siempre he querido.

Y bajo las estrellas de Korvahl, el jinete del dragón de Sangre y la reina del nuevo imperio se fundieron en un abrazo.

El futuro era incierto.

Pero juntos, podían enfrentarlo.