CAPÍTULO 16 EL EMPERADOR DEL SOL CARMESÍ
El emperador nos esperaba.
Su espada, una hoja larga y negra cubierta de runas carmesíes, cortaba el aire con la precisión de una guadaña.
Su armadura, forjada con escamas de dragón y bendecida por los magos de la corte, repelía cada golpe que Seren y yo lanzábamos contra él.
Y su sonrisa, fría y satisfecha, no se desvanecía ni un instante.
—¿Creíais que sería fácil? —preguntó, esquivando mi espada con un giro elegante—. He matado a más jinetes de los que podríais imaginar. Vosotros no sois más que una molestia.
—Pues prepárate para ser molestado —respondí, lanzando un tajo a su cuello.
El emperador lo bloqueó con su espada y me empujó hacia atrás con una fuerza sobrehumana. Seren aprovechó el momento para atacar por el flanco, pero su padre se giró y la golpeó con el codo en el rostro, haciéndola retroceder tambaleándose.
—Siempre fuiste lenta, hija —dijo—. Tu madre, en cambio... ella sí sabía luchar.
—No pronuncies su nombre —gruñó Seren, lanzándose de nuevo al ataque.
La batalla se prolongó durante lo que pareció una eternidad. El emperador era un maestro de la espada, y su magia de Sangre le daba una resistencia sobrehumana. Cada herida que le infligíamos sanaba en cuestión de segundos, y cada golpe que daba nos obligaba a retroceder.
«No podéis vencerlo así», dijo Varkoth en mi mente. «Su magia lo alimenta de vuestro propio sufrimiento.»
—¿Entonces qué hacemos? —jadeé, esquivando otro tajo.
«Usa el vínculo. Canaliza mi poder. Y ataca su punto débil.»
—¿Cuál es su punto débil?
«Su orgullo.»
No entendí al principio. Luego, lentamente, una idea comenzó a formarse en mi mente.
—¡Seren! —grité—. ¡Distráelo!
—¿Cómo?
—¡Con la verdad!
Seren me miró un instante, confundida. Luego, comprendió.
—Padre —dijo, retrocediendo y bajando su espada—. ¿Sabes lo que vi en las Minas de Hierro Eterno? ¿Lo que le hiciste a mi madre?
El emperador se detuvo. Su sonrisa se desvaneció.
—No te atrevas...
—La encadenaste a una pared de hierro, le arrancaste la magia y la usaste para alimentar tu trono. —Seren avanzó hacia él, con lágrimas en los ojos—. Mi madre, la mujer que amabas, convertida en una batería para tu poder.
—¡Cállate!
—Y luego, cuando su magia se agotó, la dejaste allí. En la oscuridad. Para que sufriera. Para que tú pudieras vivir.
El emperador tembló. Las runas de su armadura parpadearon, inestables. Su espada, antes firme, ahora vibraba en su mano.
—¡Te he dicho que te calles! —rugió, y se lanzó contra Seren con la espada en alto.
Pero su golpe fue descuidado. Emocional. Y eso era exactamente lo que Varkoth había previsto.
«¡Ahora, muchacho!»
Me lancé hacia el emperador desde el flanco, con la espada canalizando el poder de Varkoth. La hoja brilló con una luz carmesí, y se hundió en la junta de la armadura, justo debajo del brazo izquierdo.
El emperador gritó.
No era un grito de dolor, sino de furia. Se giró hacia mí, con los ojos inyectados en sangre, y me golpeó con una fuerza que me lanzó contra una columna. Caí al suelo, con la espada escapándose de mis manos.
—Maldito seas, hijo del traidor —siseó, arrancándose la hoja de la herida—. Tu padre era igual. Valiente. Idiota. Y murió de la misma forma.
—Mi padre murió con honor. —Me levanté, tambaleándome—. Y tú morirás sabiendo que tu hija eligió luchar contra ti.
—¿Mi hija? —El emperador se giró hacia Seren, que se acercaba con la espada en alto—. Ella no es más que una niña que nunca aprendió cuál era su lugar.
—Mi lugar —dijo Seren— es exactamente donde estoy ahora.
Y le clavó la espada en el pecho.
El emperador se quedó inmóvil. Sus ojos, antes llenos de furia, se abrieron con incredulidad. Miró la hoja plateada que sobresalía de su pecho, y luego a su hija, que lo sostenía con las manos temblorosas.
—Seren... —murmuró, con la sangre brotando de sus labios.
—Lo siento, padre. —Las lágrimas rodaban por las mejillas de Seren—. Pero esto es por mi madre. Y por todos los que has matado.
—Yo... solo quería... proteger el imperio.
—No. Solo querías protegerte a ti mismo.
Seren retiró la espada, y el emperador cayó de rodillas. Las runas de su armadura se apagaron, y el fuego carmesí que lo envolvía se desvaneció. Por un instante, no fue el emperador del Sol Carmesí, sino un hombre viejo y derrotado, arrodillado frente a su hija.
—Te... te amé —dijo, con la voz apenas audible.
—Lo sé. —Seren alzó la espada—. Y por eso me duele.
Y la dejó caer.
El emperador murió en silencio, sin un último grito, sin una última maldición. Su cuerpo se desplomó sobre el mármol, y la sangre, negra y espesa, se extendió por el suelo.
La batalla había terminado.
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Fuera, la ciudad ardía.
Los dragones salvajes y los jinetes de la Ciudadela habían tomado las murallas, y la guardia imperial, sin su emperador, se rendía en masa. Los ciudadanos de Korvahl salían a las calles, asombrados, aliviados, temerosos. No sabían si eran libres o si acababan de cambiar un tirano por otro.
Yo estaba de pie en el balcón del Salón del Trono, mirando la ciudad en llamas. A mi lado, Seren sostenía la espada ensangrentada de su padre, con la mirada perdida en el horizonte.
—Se acabó —dijo, con la voz rota—. Por fin se acabó.
—No del todo. —Le puse una mano en el hombro—. Ahora hay que reconstruir.
—¿Y quién va a hacerlo? ¿Yo?
—Tú. Y yo. Y Tess. Y Varkoth. Y todos los que creyeron en algo mejor.
Seren se giró hacia mí. Sus ojos, antes llenos de furia y dolor, ahora brillaban con una chispa de esperanza.
—Gracias, Kayden.
—No me las des. Esto no habría sido posible sin ti.
—Sin ti, mi madre seguiría prisionera. —Seren me sonrió—. Mañana iremos a las Minas. La liberaremos. Y luego... luego veremos.
—Eso suena a un plan.
—Es un comienzo.
Nos quedamos en el balcón, con la ciudad ardiendo a nuestros pies y el cielo lleno de dragones libres.
La era del emperador había terminado.
Y la nuestra, apenas comenzaba.