CAPÍTULO 15 LA CAPILLA DE LOS TRAIDORES
La capilla se convirtió en un matadero.
Los guardias imperiales cargaron contra nosotros con la ferocidad de quienes han jurado proteger a su señor por encima de todo.
Eran doce, bien armados y bien entrenados, y nosotros éramos catorce, pero cuatro de nuestros jinetes cayeron en los primeros segundos, atravesados por espadas que no vieron venir.
—¡Formad un círculo! —grité, interponiéndome entre Tess y un guardia que intentaba alcanzarla.
Seren luchaba a mi lado, con su espada plateada centelleando en la penumbra. Su rostro, iluminado por las velas, era una máscara de furia contenida. Cada golpe que daba era preciso, letal, como si hubiera estado esperando aquel momento toda su vida.
—¡No os dejéis rodear! —gritó, abriéndose paso hacia el altar.
Tess disparaba flecha tras flecha, pero los guardias se cubrían con escudos de hierro rúnico, y solo una de cada tres encontraba carne. El Lord Comandante, desde el fondo de la capilla, observaba la batalla con una sonrisa de satisfacción, como si estuviera viendo una obra de teatro.
—Rendíos —dijo, con una calma que helaba la sangre—. Y quizás el emperador sea misericordioso.
—La misericordia de tu emperador es una farsa —respondí, cortando el brazo de un guardia que se había acercado demasiado—. Prefiero morir de pie.
—Como desees.
El Lord Comandante alzó su mano, y de sus dedos brotó una luz rojiza que se materializó en una lanza de energía. La arrojó contra nosotros, y la explosión nos lanzó por los aires, derribando bancos y haciendo añicos los vitrales de la capilla.
Caí al suelo, aturdido. Tess yacía a mi lado, con el rostro cubierto de sangre. Seren, unos metros más allá, intentaba ponerse en pie, pero sus piernas temblaban.
—¿Veis? —El Lord Comandante se acercó lentamente—. No sois héroes. Solo niños jugando a la guerra.
«Levántate, muchacho», resonó la voz de Varkoth en mi mente. «No es momento de rendirse.»
—No puedo... —jadeé.
«Puedes. Porque no estás solo.»
Y entonces, la capilla tembló.
Una explosión sacudió el palacio, seguida de otra, y otra. Los vidrios de las ventanas estallaron, y el fuego de los dragones iluminó la noche. Los dragones salvajes habían comenzado el ataque.
—¡Es el ejército! —gritó un guardia, asomándose a una ventana rota—. ¡Están atacando la ciudad!
—¡Imposible! —El Lord Comandante palideció—. La guardia debía contenerlos.
—¡Han roto las murallas! ¡Los dragones de Sangre han abierto las puertas!
La confusión se apoderó de los guardias. Aproveché el momento para arrastrarme hasta Tess y comprobar que seguía viva. Su pecho subía y bajaba débilmente, y su mano, manchada de sangre, apretó la mía.
—Estoy... bien —murmuró—. Ve.
—No te dejo.
—Ve. —Tess abrió los ojos, y en ellos vi una determinación feroz—. Ve a por el emperador. Yo me encargo de estos.
—Tess...
—¡Vete!
Me levanté, con la espada en la mano y la furia ardiendo en el pecho. Seren ya estaba en pie, tambaleándose pero dispuesta a luchar.
—Vamos —dijo—. El Salón del Trono está al final del pasillo.
—¿Y él? —Señalé al Lord Comandante, que se batía en retirada.
—Ya nos ocuparemos de él después.
Corrimos por los pasillos del palacio, esquivando escombros y guardias que huían en desbandada. El fuego de los dragones iluminaba las ventanas, y los gritos de la batalla resonaban en las paredes de mármol.
Llegamos al Salón del Trono.
Era una sala inmensa, con columnas de cristal negro y un techo abovedado cubierto de frescos que representaban la gloria de la Casa Vorath. En el centro, sobre un estrado de mármol, se alzaba el trono del Sol Carmesí, una construcción de oro y rubíes que brillaba con luz propia.
Y sentado en él, con la espada desenvainada y una sonrisa fría, estaba el emperador.
—Hija —dijo Draven Vorath, y su voz resonó como un trueno—. Y el hijo del traidor. Veo que habéis llegado lejos.
—Solo hemos venido a por ti, padre —respondió Seren, alzando su espada.
—¿Y crees que podrás matarme? —El emperador se puso en pie, y su armadura negra, cubierta de runas rojas, brilló con una luz siniestra—.
He gobernado este imperio durante veinte años.
He aplastado rebeliones, ejecutado traidores, purgado a los dragones de Sangre. Y ahora, dos niños vienen a desafiarme.
—No somos niños —dije, avanzando—. Somos jinetes.
—Sois cadáveres que aún no lo saben.
El emperador alzó su espada, y las runas de su armadura se encendieron con un fuego carmesí. El calor llenó la sala, y las columnas de cristal comenzaron a agrietarse.
«Cuidado, muchacho», advirtió Varkoth. «Su poder es inmenso. No lo subestimes.»
—No lo hago. —Apreté la empuñadura de mi espada—. Seren, ¿lista?
—Siempre.
Y nos lanzamos al ataque.