El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 14 EL CAMINO A KORVAHL
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CAPÍTULO 14 EL CAMINO A KORVAHL

La marcha comenzó al atardecer.

Cientos de dragones alzaron el vuelo desde la Ciudadela, formando una columna que se extendía por el cielo como un río de escamas y alas.

Los jinetes supervivientes, unos doscientos, se unieron a la formación, y los dragones salvajes, que durante años se habían ocultado en las montañas, volaban a nuestro lado sin cadenas ni monturas.

Varkoth lideraba la marcha, con Tess y yo aferrados a su lomo. Seren volaba a nuestra derecha, montada en Nyra, y Oros a la izquierda, en una dragona de Tormenta joven. El viento soplaba a favor, y el sol, al ponerse, teñía el cielo de tonos carmesíes y dorados.

«Mirad hacia delante», dijo Varkoth.

Y la vimos.

Korvahl, la Ciudad de los Mil Mártires, se alzaba en el horizonte.

Era una fortaleza colosal, construida sobre una montaña de piedra negra que se elevaba por encima de las nubes.

Sus murallas, de un gris azulado, se extendían a lo largo de kilómetros, y sus torres de vigilancia, docenas, brillaban con la luz de mil antorchas.

En el centro, el Palacio del Sol, una cúpula de cristal y oro, reflejaba la luz del atardecer como un faro.

—Es impresionante —murmuró Tess.

—Es una prisión —respondió Seren, con la mirada fija en el palacio—. La prisión más grande del imperio.

«No será fácil tomarla», advirtió Varkoth. «Las defensas de Korvahl son legendarias.»

—Lo sé. Por eso usaremos los túneles. —Seren señaló hacia el mapa—. Entraremos por la puerta de los reyes, en el ala norte. Es la menos vigilada.

—¿Y si nos descubren?

—Entonces lucharemos. Como siempre.

Volamos durante horas, manteniéndonos ocultos entre las nubes para no ser detectados. Al llegar a las estribaciones de la montaña, Varkoth descendió hacia un valle oculto, donde los dragones salvajes y los jinetes acamparon para pasar la noche.

Seren, Tess y yo nos reunimos alrededor de una hoguera, junto con Oros y algunos de los jinetes más veteranos.

—El plan es simple —dijo Seren, extendiendo el mapa sobre una roca—.

Un grupo pequeño entrará por los túneles: Kayden, Tess, yo y diez jinetes de confianza.

Mientras tanto, Varkoth y los dragones salvajes atacarán las torres de vigilancia desde el cielo.

Si todo sale bien, abriremos las puertas desde dentro y el resto del ejército entrará.

—¿Y tu padre? —pregunté.

—Estará en el Palacio del Sol, protegido por su guardia personal. Los Verdugos del Emperador. —Seren me miró—. Son doce. Los mejores del imperio.

—¿Y si los encontramos?

—Entonces, rezad.

—No sé rezar.

—Aprende rápido.

La noche avanzó. Los dragones dormían en las laderas, con sus cuerpos enormes formando colinas de escamas. Tess se quedó dormida junto al fuego, con el arco en la mano. Oros se retiró a vigilar el perímetro.

Seren y yo nos quedamos solos.

—¿Tienes miedo? —preguntó ella, mirando las llamas.

—Sí. —No tenía sentido mentir—. ¿Y tú?

—También. Pero no de morir. —Seren se giró hacia mí—. Tengo miedo de fallar. De que mi madre muera por mi culpa. De que todo esto no sirva de nada.

—Servirá. Hemos llegado demasiado lejos para rendirnos.

—¿Y si no es suficiente? ¿Y si mi padre es más fuerte que todos nosotros juntos?

—Entonces moriremos luchando. Y eso ya será más de lo que él espera.

Seren sonrió. Una sonrisa triste, pero real.

—Eres un buen aliado, Kayden Voss.

—Solo intento estar a la altura.

—Lo estás. Más de lo que crees.

Se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla. Fue un gesto suave, casi tímido, que me tomó por sorpresa.

—Gracias —dijo—. Por no abandonarme.

—Nunca lo haré.

Se quedó un momento más, con la cabeza apoyada en mi hombro, y luego se retiró a descansar.

Me quedé solo junto al fuego, con el corazón latiendo más deprisa de lo que debería.

«La princesa te aprecia», dijo Varkoth.

—Lo sé.

«Y tú a ella.»

—También lo sé.

«Entonces, cuídala. Porque en la guerra, los sentimientos son tan peligrosos como las espadas.»

—Lo tendré en cuenta.

«No lo dudes.»

El fuego crepitó, y las estrellas brillaron sobre el campamento.

La batalla final se acercaba.

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Al amanecer, el grupo de asalto se puso en marcha.

Éramos catorce, vestidos con capas oscuras y armados con espadas, dagas y arcos. Seren lideraba la marcha, con el mapa de los túneles en la mano. Tess y yo íbamos justo detrás, y los diez jinetes de confianza cerraban la formación.

La entrada del túnel estaba oculta tras una cascada, en la base de la montaña. Seren la encontró después de una hora de búsqueda, y nos deslizamos en la oscuridad uno a uno.

El túnel era estrecho y húmedo, con paredes de piedra cubiertas de musgo. El aire olía a tierra y a óxido, y el sonido del agua se desvanecía a nuestras espaldas.

—Silencio —susurró Seren—. Las paredes amplifican el sonido.

Avanzamos durante lo que parecieron horas, siguiendo el mapa y las marcas que los antiguos reyes habían dejado en las paredes. De vez en cuando, un crujido resonaba en la oscuridad, y todos nos deteníamos, conteniendo la respiración.

Finalmente, llegamos a una puerta de hierro, marcada con el sello de la Casa Vorath.

—Es la entrada al palacio —dijo Seren—. Al otro lado, hay una bodega. Y más allá, los calabozos.

—¿Los calabozos? —preguntó Tess—. ¿No es ahí donde está tu madre?

—No. Mi madre está en las Minas de Hierro Eterno, al otro lado de la ciudad. —Seren apretó los puños—. Pero si abrimos las puertas, podremos sacarla después.

—¿Y el emperador?

—Estará en el Salón del Trono. Ese es nuestro objetivo.

Forzamos la puerta y entramos en la bodega, un espacio oscuro y polvoriento lleno de barriles de vino y estanterías de madera podrida. Subimos por una escalera de caracol hasta el nivel principal del palacio, y desde allí, nos deslizamos por los pasillos como sombras.

El palacio estaba en silencio, pero no vacío. Los guardias patrullaban los corredores, y los sirvientes, ajenos a la batalla que se avecinaba, seguían con sus tareas.

—El Salón del Trono está al final del ala este —susurró Seren—. Hay una entrada lateral, junto a la capilla. Iremos por allí.

—¿Y los Verdugos? —pregunté.

—Estarán con el emperador. Siempre lo están.

Tess cargó su arco.

—Pues vayamos a saludarlos.

Avanzamos por el palacio, esquivando patrullas y ocultándonos en las sombras. Al llegar a la capilla, Seren se detuvo frente a una puerta de madera tallada.

—Está cerrada —dijo.

—Déjame. —Me adelanté y forcé la cerradura con mi daga. La puerta cedió con un clic suave—. Listo.

—Bien. Ahora, silencio.

Entramos en la capilla, un espacio pequeño y oscuro, iluminado por velas de cera negra. Las paredes estaban cubiertas de frescos que representaban a los antiguos reyes de la Casa Vorath, y en el altar, una estatua del Sol Carmesí brillaba débilmente.

—Por aquí —dijo Seren, señalando una puerta lateral.

Y entonces, la trampa se cerró.

Las puertas de la capilla se abrieron de golpe, y una docena de guardias imperiales irrumpió en la sala, con las espadas desenvainadas. Al frente, un hombre alto y delgado, vestido con una túnica negra, sonreía con desprecio.

—Vaya, vaya —dijo—. La princesa traidora y su ladrón de ceniza.

—¿Quién eres? —pregunté, desenvainando mi espada.

—Soy el Lord Comandante de la Guardia Imperial. Y vosotros... —Su sonrisa se ensanchó—. Sois mis prisioneros.

Seren soltó una maldición.

Y la batalla comenzó.