CAPÍTULO 13 LAS CENIZAS DE LA VICTORIA
La Ciudadela amaneció envuelta en humo y silencio.
Los cadáveres de los dragones caídos se amontonaban en los patios inferiores, y los jinetes supervivientes trabajaban sin descanso para apagar los incendios que aún ardían en las torres.
El aire olía a carne quemada, a sangre seca y a magia residual, un cóctel que se me había pegado a la garganta y que no lograba tragar.
Caminé por la plataforma principal, esquivando escombros y cuerpos envueltos en mantas grises. Tess iba a mi lado, con el arco roto en la espalda y los ojos enrojecidos por el humo. Seren se había quedado en el ala oeste, coordinando a los sanadores y a los enterradores.
—¿Cuántos hemos perdido? —pregunté, sin mirarla.
—Demasiados. —Tess apretó los labios—. Oros dice que al menos ochenta jinetes de la Ciudadela han muerto. Y el triple de dragones salvajes.
—¿Y los imperiales?
—El doble.
Asentí. El precio de la victoria era alto. Siempre lo era.
«No llores por los muertos», dijo Varkoth en mi mente. «Ellos eligieron luchar. Y murieron con honor.»
—No lloro. Solo... cuento.
«Contar es llorar con números, muchacho.»
No respondí. Varkoth, desde su posición en el borde de la plataforma, me observaba con sus ojos dorados. Su cuerpo colosal estaba cubierto de heridas: cortes superficiales, quemaduras de fuego enemigo, una grieta en su ala izquierda que le impediría volar durante días.
—Deberías descansar —le dije.
«No puedo. Los salvajes me buscan. Quieren respuestas.»
—¿Respuestas?
«Han luchado por mí, pero no saben por qué. Solo saben que un dragón de Sangre ha regresado, y que el imperio les ha declarado la guerra. Necesitan un líder.»
—¿Y ese líder eres tú?
«No. Ese líder eres tú, Kayden.»
Me detuve en seco.
—No soy un líder. Soy un ladrón de los Páramos que ha tenido suerte.
«Eres el hijo de Kael Voss. El jinete del último dragón de Sangre. El que desafió al imperio y sobrevivió. —Varkoth inclinó su cabeza colosal hacia mí—. Los dragones salvajes te miran como a un símbolo. Y los humanos, como a un héroe. No puedes rechazarlo.»
—¿Y si no quiero ser un símbolo?
«Los símbolos no se eligen. Se llevan.»
Seren apareció a mi lado, con una capa negra sobre los hombros y el rostro pálido de fatiga.
—Tenemos que hablar —dijo.
—¿De qué?
—Del siguiente movimiento. —Seren me miró a los ojos—. La batalla ha terminado, pero mi padre ya ha enviado mensajeros a todas las legiones del imperio. En menos de un mes, tendremos un ejército diez veces mayor en la puerta.
—¿Y qué propones?
—Movilizarnos. Reunir aliados. Atacar antes de que él lo haga.
—¿Atacar Korvahl?
—Sí. La capital. El corazón del imperio. —Seren hablaba con una convicción que bordeaba la locura—. Si tomamos Korvahl, mi padre caerá. Y la guerra terminará.
—¿Y cómo tomamos una ciudad defendida por miles de jinetes y dragones de élite?
—Con esto. —Seren sacó un pergamino enrollado y me lo tendió—. Es un mapa de los túneles que discurren bajo Korvahl. Los usaban los antiguos reyes para escapar de los asedios. Si logramos entrar por ellos, podremos abrir las puertas desde dentro.
—¿Y los dragones?
—Entrarán por el cielo. Mientras la guardia esté distraída con el ataque terrestre, los dragones salvajes y los jinetes de la Ciudadela tomarán las torres.
—Es una locura.
—Es una oportunidad. La única que tenemos.
Tess, que había estado escuchando en silencio, dio un paso al frente.
—¿Y si fallamos?
—Si fallamos —dijo Seren—, no habrá un después. Mi padre nos aplastará.
—Qué alentador —murmuré.
—No estoy aquí para alentarte. Estoy aquí para ganar.
Nos quedamos en silencio, con el humo de la Ciudadela elevándose a nuestro alrededor. Los dragones salvajes, posados en las torres y en las montañas cercanas, nos observaban con sus ojos brillantes.
—Necesitaré tiempo —dije al fin—. Y aliados.
—Los tendrás. Oros ya ha enviado mensajes a los jinetes descontentos de las provincias. Y los dragones salvajes... —Seren miró a Varkoth—. Ellos ya están contigo.
«Los dragones salvajes lucharán», confirmó Varkoth. «No por el imperio. Ni siquiera por la Ciudadela. Lucharán porque es su única esperanza de libertad.»
—Entonces, está decidido. —Apreté el mapa en mi mano—. Marcharemos sobre Korvahl.
—No tan rápido. —Una voz resonó a nuestras espaldas.
Nos giramos. Oros se acercaba, con el rostro grave y una carta en la mano. Su dragona Nyra lo seguía, con las alas plegadas y los ojos alerta.
—¿Qué ocurre? —preguntó Seren.
—Acaba de llegar un mensajero. Del emperador. —Oros nos tendió la carta—. Quiere negociar.
—¿Negociar? —Seren rompió el sello y leyó en silencio. Su rostro palideció—. No es una negociación. Es un ultimátum.
—¿Qué dice? —pregunté.
—Dice que si no entregamos a Kayden y al dragón de Sangre en siete días, arrasará la Ciudadela con todas sus legiones.
—Eso ya lo sabíamos.
—Hay más. —Seren me miró con los ojos llenos de algo que no supe identificar—. Dice que mi madre está en las Minas de Hierro Eterno, como siempre supe. Y que si no obedeces, la ejecutará en la Plaza de los Mil Mártires. Frente a todo el imperio.
El silencio que siguió fue absoluto.
—Seren... —empecé.
—No. —Ella alzó una mano—. No digas nada. No intentes consolarme.
—No voy a consolarte. Voy a decirte la verdad. —La miré a los ojos—. Iremos a por tu madre. Y de paso, arrancaremos la cabeza de tu padre.
Seren me sostuvo la mirada. Luego, lentamente, una sonrisa fría curvó sus labios.
—Me gustas, Kayden Voss. Eres un maldito loco.
—Lo sé. Y tú también.
—Entonces, ¿qué esperamos? —Tess cargó su arco—. Korvahl nos espera.
Y el ejército de los dragones salvajes, con Varkoth al frente, se preparó para la marcha.