El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 12 LA BATALLA DEL CIELO
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CAPÍTULO 12 LA BATALLA DEL CIELO

La batalla se extendió por todo el cielo.

Lo que había comenzado como un asalto imperial a la Ciudadela se transformó en una guerra aérea de proporciones épicas.

Los dragones salvajes, que durante años se habían escondido en los Páramos y en las montañas de cristal, se lanzaron contra los jinetes del emperador con una furia contenida durante décadas.

Eran cientos, quizás miles, y no luchaban por la Casa Vorath ni por la Ciudadela: luchaban por su libertad.

—¡Flanco derecho! —gritó Tess, disparando una flecha que se clavó en el ala de un dragón enemigo.

Varkoth giró en el aire, esquivando una bola de fuego que pasó a centímetros de su cabeza. Su cola golpeó a un Hierro que se acercaba por detrás, y el dragón enemigo cayó al vacío con un rugido de dolor.

«Demasiados», dijo Varkoth, con una tensión que no le había oído antes. «Aunque los salvajes luchen con nosotros, el emperador seguirá enviando refuerzos.»

—Entonces tenemos que acabar esto rápido. —Busqué con la mirada al comandante imperial, el jinete de la lanza rúnica—. Allí. Está coordinando el ataque.

«¿Y qué propones?»

—Que lo derribemos.

«Me gusta cómo piensas.»

Varkoth se lanzó en picado hacia el comandante, que volaba protegido por una escolta de cuatro Hierros. Los dragones enemigos nos vieron venir y formaron una barrera, con las fauces abiertas y las garras listas.

—¡Tess, las flechas! —grité.

—¡Solo me quedan tres!

—¡Hazlas valer!

Tess tensó el arco y disparó. La primera flecha se clavó en el ojo de un Hierro, que se desvió de su trayectoria. La segunda atravesó el ala de otro, desequilibrándolo. La tercera, la más precisa, se incrustó en el pecho del jinete que volaba más cerca del comandante.

«Buen tiro», dijo Varkoth.

—No ha sido mío —respondí, con una sonrisa.

«Lo sé. Pero el mérito se comparte.»

Nos abrimos paso entre los Hierros con zarpazos y llamas. El comandante, al vernos acercarnos, alzó su lanza rúnica y la apuntó directamente hacia mí.

—¡Kayden Voss! —rugió—. ¡Muere!

La lanza disparó un rayo de energía roja que atravesó el aire como un cometa. Varkoth se giró en el último instante, y el rayo pasó rozando mi hombro, quemándome la piel y arrancándome un grito.

«¿Estás bien?», preguntó Varkoth.

—Sí. —Apreté los dientes—. Pero ese tipo me debe un hombro.

«Entonces, cóbraselo.»

Varkoth se abalanzó sobre el comandante, con las fauces abiertas. El dragón del jinete, un Hierro colosal, intentó interponerse, pero Varkoth era más rápido. Sus garras se cerraron sobre el cuello del Hierro, y con un movimiento brutal, lo arrojó a un lado.

El comandante saltó de su montura justo antes del impacto, aterrizando sobre la plataforma de la Ciudadela con una agilidad sorprendente. Me deslicé del lomo de Varkoth y caí frente a él, con la espada desenvainada.

—No tienes escapatoria —dijo el comandante, alzando su lanza.

—No la busco. —Apreté la empuñadura—. Busco justicia.

—La justicia es un lujo de los vivos.

—Entonces sobreviviré.

Nos lanzamos el uno contra el otro.

El comandante era rápido, más rápido que cualquier oponente que hubiera enfrentado. Su lanza rúnica zumbaba con energía roja, y cada golpe que daba podía partir una roca en dos. Yo esquivaba, retrocedía, buscaba una apertura.

«No pienses. Siente», me guio Varkoth. «El vínculo te da velocidad. Úsala.»

Cerré los ojos un instante. Sentí la marca del ala latir, la energía de Varkoth fluyendo por mis venas. Y cuando abrí los ojos, el mundo se movía más lento.

Esquivé el siguiente golpe del comandante por centímetros. Giré sobre mi talón y le golpeé la muñeca con el canto de la espada, arrancándole la lanza de la mano. El comandante rugió y sacó un cuchillo, pero ya era tarde: mi espada le atravesó el hombro, y cayó de rodillas.

—Ríndete —dije, jadeando.

—Nunca —escupió.

—Entonces, muere con honor.

Y le atravesé el pecho.

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La muerte del comandante marcó el fin de la batalla.

Sin su líder, los jinetes imperiales se dispersaron.

Algunos huyeron hacia el este, perseguidos por los dragones salvajes.

Otros se rindieron, arrojando sus armas al suelo y arrodillándose ante los jinetes de la Ciudadela.

Seren, montada en Nyra, sobrevolaba el campo de batalla gritando órdenes, y Oros organizaba la rendición.

Cuando el último dragón enemigo desapareció en el horizonte, el silencio cayó sobre la Ciudadela.

Y luego, el grito.

—¡Victoria! —gritó alguien.

—¡Victoria! —repitieron otros.

El grito se extendió por la plataforma, por las torres, por los pasillos. Los jinetes se abrazaban, lloraban, reían. Los dragones rugían al unísono, y el sonido era como un trueno de alegría.

Yo me quedé quieto, con la espada ensangrentada en la mano y la mirada perdida en el horizonte. Había matado a un hombre. A varios. Y aunque sabía que era necesario, una parte de mí se sentía vacía.

«Así es la guerra, muchacho», dijo Varkoth. «No hay gloria. Solo supervivencia.»

—Lo sé. —Envainé la espada—. Pero no me acostumbraré a ello.

«Eso es bueno. Significa que aún eres humano.»

Tess corrió hacia mí y me abrazó con fuerza.

—Estás vivo —dijo, con la voz ahogada.

—Sí. Estoy vivo.

—Y hemos ganado.

—Hemos ganado esta batalla. —La aparté suavemente—. Pero la guerra no ha terminado.

Seren aterrizó cerca, desmontando de Nyra con un salto. Su armadura estaba cubierta de sangre —no suya— y su rostro reflejaba una mezcla de agotamiento y determinación.

—Mi padre no se rendirá —dijo—. Esto es solo el principio.

—Lo sé. —La miré—. Pero ahora tenemos un ejército. Y una causa.

—Y una deuda. —Seren se acercó y me puso una mano en el pecho, sobre la marca del ala—. Te debo la vida, Kayden Voss. Y pienso pagarlo.

—No me debes nada.

—Sí te debo. Y lo sabes.

Nos quedamos así, con la Ciudadela en ruinas humeando a nuestro alrededor y el eco de la victoria resonando en el aire.

La guerra contra el emperador acababa de comenzar.