CAPÍTULO 11 LA MAREA DE ACERO
El cielo se oscureció.
No por nubes ni por la caída del sol, sino por la sombra de cientos de dragones que avanzaban hacia la Ciudadela como una tempestad de escamas y acero.
Eran jinetes imperiales, soldados de élite entrenados para matar sin dudar, montados en dragones de Hierro y Fuego que escupían llamas y rugían con una furia contenida.
Al frente, tres dragones de Tormenta, azules y eléctricos, guiaban la formación.
—Son al menos trescientos —dijo Oros, con la voz tensa—. La Ciudadela no puede resistir un asalto así.
—No pienso resistir —respondió Seren—. Pienso negociar.
—¿Negociar? ¿Con ese ejército?
—Con su comandante. —Seren se giró hacia mí—. Kayden, ven conmigo. Tú y Varkoth seréis la moneda de cambio.
—¿Moneda de cambio? —pregunté, incrédulo.
—No literal. —Seren me miró a los ojos—. Mi padre quiere tu rendición. Si ve que estás dispuesto a luchar, no habrá negociación. Pero si ve que estás dispuesto a escuchar... quizás podamos ganar tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Para que nuestros aliados se reúnan. Para que los jinetes descontentos se decidan. Para que la Ciudadela se prepare.
—¿Y si no quieren escuchar?
—Entonces lucharemos. —Seren desenvainó su espada—. Y moriremos con honor.
La seguí hasta el borde de la plataforma, con Varkoth a mi espalda y Tess y Oros flanqueándonos. La marea de dragones se detuvo a unos cientos de metros, suspendida en el aire como una tormenta a punto de estallar.
Un dragón de Hierro, más grande que los demás, descendió lentamente hacia la plataforma. Sobre su lomo, un jinete de armadura negra alzaba una lanza rúnica.
—¡Kayden Voss! —gritó el jinete—. En nombre del Emperador Draven Vorath, te ordeno que te rindas de inmediato. Entrega el dragón de Sangre y se te perdonará la vida.
—¿Y si no me rindo? —respondí, alzando la voz por encima del viento.
—Entonces morirás aquí, junto con todos los que te apoyan.
—¿Incluyendo a la princesa Seren?
El jinete vaciló. Incluso desde la distancia, pude ver la duda en su postura.
—La princesa Seren es asunto del emperador.
—Pues dile a tu emperador que su hija está aquí, luchando por lo que cree. Y que yo no soy el enemigo. Él lo es.
—Cuidado con tus palabras, traidor.
—No soy un traidor. Soy el hijo de Kael Voss, el jinete que tu emperador mandó ejecutar por defender a su dragón. Y no pienso rendirme.
El jinete alzó su lanza.
—Entonces, muere.
Y la batalla comenzó.
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Los dragones imperiales se lanzaron contra la Ciudadela como una avalancha de fuego y acero.
Varkoth rugió y se elevó, con Tess y yo aferrados a su lomo. Seren montó a Nyra y se lanzó al combate, con su espada plateada brillando entre las llamas. Oros organizó a los jinetes de la Ciudadela, formando un anillo defensivo alrededor de la plataforma principal.
El cielo se llenó de llamas, relámpagos y gritos. Los dragones chocaban en el aire, se mordían, se arañaban, caían al vacío envueltos en llamas. Los jinetes luchaban con espadas y lanzas, y la sangre —humana y de dragón— teñía la piedra de rojo.
«¡Agárrate fuerte!», rugió Varkoth, y se lanzó en picado contra un grupo de dragones enemigos.
Su aliento de fuego carmesí envolvió a dos Hierros, que cayeron al vacío con sus jinetes gritando. Otro dragón, un Fuego rojo, intentó mordernos, pero Varkoth lo apartó de un zarpazo que le abrió el cuello de lado a lado.
—¡Tess, a tu izquierda! —grité.
Tess se giró justo a tiempo para esquivar una flecha incendiaria. Con su arco, devolvió el disparo, y la flecha se clavó en el ojo de un jinete enemigo, que cayó de su montura con un alarido.
—¡Bien hecho! —grité.
—¡Solo hago lo que puedo! —respondió ella, tensando de nuevo el arco.
La batalla duró una eternidad.
Los jinetes de la Ciudadela, aunque superados en número, luchaban con la ferocidad de quien defiende su hogar. Seren se movía entre los enemigos como un espectro, cortando y esquivando con una gracia letal. Oros, montado en Nyra, lanzaba relámpagos que desgarraban el cielo.
Pero los imperiales no retrocedían.
—¡Son demasiados! —gritó Tess—. ¡No podremos aguantar!
«Aguantaremos», dijo Varkoth. «Solo necesitamos una oportunidad.»
—¿Qué oportunidad?
«Mira.»
Señaló con su cabeza hacia el horizonte, donde una nueva formación de dragones se acercaba desde las montañas. No eran imperiales. Eran salvajes, de todos los colores y tamaños, con las alas extendidas y los rugidos llenos de furia.
—¿Qué es eso? —pregunté.
«Los dragones que la Casa Vorath creyó exterminar. Los que se escondieron en los Páramos. Han venido a luchar.»
—¿Por qué?
«Porque les diste esperanza, muchacho. Porque vieron a un dragón de Sangre volando libre. Y porque odian al emperador tanto como yo.»
Los dragones salvajes se unieron a la batalla, y el equilibrio cambió.
Ya no éramos un puñado de jinetes desesperados. Éramos un ejército.
Y por primera vez, la victoria parecía posible.