El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 10 EL VUELO DE LA TORMENTA
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CAPÍTULO 10 EL VUELO DE LA TORMENTA

El día del primer vuelo amaneció cubierto de nubes negras.

Oros nos llevó al borde de la plataforma principal, donde los dragones se alineaban como estatuas vivientes.

Eran criaturas de todos los colores y tamaños: Fuegos rojos, Hielos blancos, Hierros grises, Sombras negras, Tormentas azules.

Sus jinetes permanecían a su lado, con las manos apoyadas en las escamas, susurrando palabras que solo ellos podían oír.

—Hoy aprenderéis a montar —anunció Oros—. Pero antes, debéis entender una cosa: el dragón no es un caballo. No es un animal de carga. Es un igual. Un hermano de alma. Si no lo respetáis, os rechazará. Y si os rechaza en pleno vuelo, caeréis.

—¿Y si nos caemos? —preguntó Tess, con la voz temblorosa.

—Entonces, esperad que vuestro dragón os atrape. —Oros sonrió con ironía—. O que el suelo sea blando.

Varkoth nos esperaba en el extremo de la plataforma, con sus escamas carmesíes brillando bajo las nubes. A su lado, una dragona de Tormenta azul observaba a Seren con curiosidad. Era Nyra, la compañera de Oros, una criatura majestuosa que parecía hecha de relámpagos y viento.

—Seren montará a Nyra hoy —dijo Oros—. Tess, tú irás con Varkoth, detrás de Kayden.

—¿Y yo? —pregunté.

—Tú delante. El jinete siempre delante. El pasajero, detrás, agarrado al jinete o a las escamas.

—¿Y si me caigo?

—No te caigas.

Varkoth inclinó su cabeza colosal hacia mí, y sus ojos dorados brillaron con una mezcla de diversión y seriedad.

«No te caerás, muchacho. Yo no lo permitiré.»

—Eso espero. Porque no me apetece estrellarme contra el volcán.

«Entonces confía en mí. Y agárrate fuerte.»

Subí al lomo de Varkoth con la ayuda de Tess, que se colocó detrás, abrazada a mi cintura con una fuerza que me cortaba la respiración. El lomo del dragón era cálido y rugoso, y sentía cada latido de su corazón a través de las escamas.

—¿Lista? —pregunté a Tess.

—No. Pero hazlo de todos modos.

—Así me gusta.

«Sujetaos», advirtió Varkoth.

Y despegamos.

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El mundo se precipitó hacia abajo.

Fue un ascenso vertiginoso, un salto al vacío que me arrancó el aire de los pulmones. El viento golpeaba mi rostro, las nubes se abrían a nuestro paso, y la Ciudadela se reducía a un juguete de cristal bajo nuestros pies. Tess gritó detrás de mí, y su grito se perdió en el rugido del viento.

«Relájate», dijo Varkoth. «Si tensas los músculos, el viento te hará daño.»

—¡Fácil decirlo! —grité, con los ojos llorosos por el aire.

«Suéltate de las escamas. Confía en el vínculo.»

—¿Confiar? ¡Estoy a mil metros de altura!

«Y subiendo.»

Ascendimos más, atravesando las nubes y emergiendo a un cielo de un azul puro y brillante. El sol bañaba las alas de Varkoth con una luz dorada, y por primera vez desde que comenzó la Prueba, sentí algo parecido a la paz.

—Es hermoso —murmuró Tess, con la voz entrecortada.

—Sí. Lo es.

«Ahora, el descenso.»

—¿Descenso?

Varkoth plegó las alas y nos precipitamos en picado.

Fue como caer desde el borde del mundo. El viento aullaba, el suelo se acercaba a una velocidad aterradora, y mi estómago se quedó atrás, flotando en el vacío. Tess gritó de nuevo, y esta vez yo la acompañé.

«¡Extiende los brazos!», rugió Varkoth.

—¿Qué?

«¡Extiende los brazos, muchacho! ¡Siente el viento! ¡Siente el vínculo!»

Obedecí. Solté las escamas y extendí los brazos a los lados. El viento me golpeó con una fuerza brutal, pero no me arrancó. Algo me sostenía, una fuerza invisible que fluía desde Varkoth hasta mí, desde la marca del ala hasta el centro de mi pecho.

«Eso es. Ahora, gira.»

—¿Girar?

«Inclínate hacia la izquierda. Confía en mí.»

Me incliné. Y Varkoth giró, describiendo una espiral perfecta que nos llevó de vuelta hacia las nubes. Tess y yo gritamos de nuevo, pero esta vez no era miedo. Era euforia.

—¡Lo estoy haciendo! —grité.

«No. Lo estamos haciendo. Juntos.»

El resto del vuelo fue un torbellino de emociones: ascensos vertiginosos, descensos en picado, giros imposibles. Aprendí a moverme con Varkoth, a anticipar sus movimientos, a confiar en él como si fuera una extensión de mi propio cuerpo. Tess, detrás de mí, dejó de gritar y empezó a reír.

—¡Es increíble! —exclamó—. ¡Nunca había sentido nada igual!

—¡Bienvenida al club!

Cuando por fin aterrizamos en la plataforma de la Ciudadela, tenía las piernas temblorosas y una sonrisa que no podía borrar. Seren nos esperaba en el borde, montada en Nyra, con el cabello alborotado y una expresión de satisfacción.

—No está mal para un principiante —dijo.

—¿Tú crees?

—Sí. Aunque tu postura en el tercer giro fue terrible.

—¿Quieres darme clases, princesa?

—Quizás. Si te lo ganas.

Tess bajó del lomo de Varkoth, tambaleándose.

—Creo que voy a vomitar —anunció.

—Aguanta —dijo Seren—. El primer vómito es de valientes.

—¿Y el segundo?

—De tontos.

Nos echamos a reír, los tres, con el viento aún zumbando en nuestros oídos y el sol brillando sobre la Ciudadela. Por un instante, olvidé la guerra que se avecinaba. Olvidé al emperador y a sus emisarios. Solo existía aquel momento: tres aspirantes unidos por el viento y la ceniza.

Pero la paz duró poco.

Un grito resonó desde las torres de vigilancia. Luego otro. Y otro.

—¡Dragones en el horizonte! —gritó un vigía—. ¡Son los jinetes del emperador!

Seren palideció.

—Ya están aquí.

—¿Tan pronto? —pregunté.

—Mi padre no pierde el tiempo. —Seren desenvainó su espada—. Preparaos. Esto es la guerra.

Y en el horizonte, una mancha negra se extendía como una marea de alas y acero.

El ejército imperial había llegado.