El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 9 LOS EMISARIOS DEL EMPERADOR
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CAPÍTULO 9 LOS EMISARIOS DEL EMPERADOR

Los emisarios llegaron al amanecer.

Los vi desde la ventana de mi celda: tres dragones de Hierro, enormes y grises, que descendían sobre la plataforma principal con la precisión de aves de presa.

Sus jinetes vestían armaduras negras con el emblema del sol carmesí de la Casa Vorath, y portaban lanzas rúnicas que brillaban con una luz rojiza.

Eran seis en total, tres jinetes y tres guardias de élite, pero su presencia llenaba la Ciudadela como un ejército entero.

—Son los Verdugos del Emperador —dijo Seren, apareciendo en mi puerta—. Su guardia personal. Los más letales del imperio.

—¿Y los dragones? —pregunté.

—Hierros criados en cautividad. No sienten dolor. No conocen la piedad. Y sus jinetes, menos.

—Genial. —Me ajusté el cinturón de la espada—. ¿Qué quieren exactamente?

—Probablemente, tu cabeza en una bandeja. O tu renuncia al vínculo. O ambas.

—Pues van a llevarse una decepción.

—Quizás. O quizás nos maten a todos. —Seren me miró con seriedad—. Kayden, no hagas ninguna estupidez. Estos hombres no negocian.

—No pienso negociar. Pienso escuchar. Y luego, decidir.

—Eso es negociar.

—Es sobrevivir.

Bajamos a la plataforma principal, donde Oros y otros jinetes se habían reunido para recibir a los emisarios. Tess caminaba a mi lado, con la mano en la empuñadura de su espada. Varkoth se había quedado en las estribaciones del volcán, oculto entre las rocas, listo para intervenir si era necesario.

El emisario principal era un hombre de mediana edad, con el cabello rapado y una barba corta entrecana. Sus ojos, de un color ámbar pálido, se posaron en mí con la frialdad de un cuchillo.

—Kayden Voss —dijo, sin preámbulos—. En nombre del Emperador Draven Vorath, soberano de los Tres Continentes y protector del Vínculo, te ordeno que renuncies a tu dragón y entregues el vínculo a la Casa Imperial.

—¿Y si me niego?

—Entonces serás declarado enemigo del imperio. Y tu cabeza adornará las murallas de Korvahl.

—Qué poético. —Sonreí, aunque el corazón me latía desbocado—. ¿Y qué dice el emperador de su hija? ¿No le preocupa que esté aquí, conmigo?

El emisario desvió la mirada hacia Seren.

—La princesa Seren es asunto del emperador. No mío. Pero si interfiere en mi misión, seré autorizado a neutralizarla.

—Prueba. —Seren desenvainó su espada plateada—. Llevo toda la vida esperando una excusa para cortar cabezas de la guardia imperial.

—Seren —advertí—. No.

—¿No? ¿Vas a dejar que te humillen?

—No. Voy a dejar que se marchen. —Me giré hacia el emisario—. Dile a tu emperador que no renunciaré al vínculo. Y que si quiere mi cabeza, tendrá que venir a buscarla él mismo.

El silencio que siguió fue espeso como la ceniza. El emisario me sostuvo la mirada durante un largo momento. Luego, con una sonrisa torcida, asintió.

—Como desees, muchacho. El emperador te enviará su respuesta. Y créeme... no te gustará.

Los emisarios montaron sus dragones y despegaron, desapareciendo en el cielo del este. Solo cuando se perdieron de vista, me permití respirar.

—Has firmado tu sentencia de muerte —dijo Oros a mi lado.

—Lo sé.

—¿Y aun así lo has hecho?

—Sí. Porque mi padre no se rindió. Y yo tampoco lo haré.

Oros me miró durante un instante. Luego, con un suspiro, asintió.

—Entonces será mejor que aprendas a luchar. Porque cuando el ejército imperial llegue, no habrá tiempo para discursos.

—Enséñame.

—Eso haré. Pero no te va a gustar.

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El entrenamiento comenzó al mediodía, en el patio de armas de la Ciudadela.

Oros era un maestro implacable. Me puso a correr, a saltar, a esquivar, a golpear sacos de arena hasta que mis brazos ardieron. Luego me enseñó las bases de la esgrima, primero con espadas de madera, después con acero real.

—El vínculo te da poder —decía—. Pero el poder sin disciplina es caos. Y el caos, en la batalla, es muerte.

—¿Cómo consigo disciplina?

—Repitiendo los mismos movimientos mil veces. Hasta que tu cuerpo los ejecute sin pensar. Hasta que la espada sea una extensión de tu brazo.

—Eso llevará meses.

—Pues esperemos que el emperador sea lento.

Tess y Seren entrenaban a mi lado. Tess, con su espada corta, era rápida y feroz, pero carecía de técnica. Seren, en cambio, luchaba como una bailarina: elegante, precisa, letal. Era fascinante verla moverse, y más de una vez me descubrí observándola en lugar de prestar atención a Oros.

—Concéntrate, Voss —me regañó el magister—. Si la princesa te distrae, es que estás muerto.

—No me distrae —mentí.

—Claro. Por eso tienes la guardia abierta. —Oros me golpeó el hombro con su espada de madera—. Otra vez.

Entrenamos hasta el anochecer. Cuando por fin me dejaron descansar, me dejé caer sobre un banco de piedra, agotado y cubierto de sudor.

Tess se sentó a mi lado, con una jarra de agua.

—Bebe —dijo.

—Gracias. —Bebí con avidez—. ¿Cómo lo llevas?

—Mejor de lo que esperaba. Oros dice que tengo talento.

—Claro que lo tienes. Eres la hija de un herrero. Naciste con el acero en las venas.

—Y tú con la ceniza. —Tess sonrió—. Será por eso que nos llevamos bien.

—Probablemente.

Seren apareció poco después, con el rostro cubierto de polvo y el cabello suelto sobre los hombros. Se sentó frente a nosotros, con la espada descansando en su regazo.

—Mañana, Oros nos enseñará a montar dragones —dijo—. Bueno, a vosotros. Yo ya sé.

—¿Qué se siente? —preguntó Tess.

—¿Montar un dragón? Es como cabalgar una tormenta. Aterrador y hermoso al mismo tiempo.

—¿Y el vínculo? —pregunté.

—El vínculo... —Seren dudó—. Es como tener un segundo corazón. Una segunda alma. Alguien que siempre está contigo, aunque no quieras. —Me miró—. Tú lo sabes, ¿verdad?

—Sí. Lo sé.

—Entonces entiendes por qué mi padre odia a los dragones de Sangre. Porque no puede controlarlos. Porque el vínculo con ellos es más profundo, más peligroso.

—¿Peligroso para quién?

—Para el jinete. Y para todo lo que ama.

Un silencio se instaló entre nosotros. El volcán rugió en la distancia, y las estrellas brillaron sobre la Ciudadela.

—¿Qué es lo que tu padre quiere exactamente? —pregunté—. ¿Por qué exterminó a los dragones de Sangre?

—Porque temía que uno de ellos pudiera desafiarlo. Los dragones de Sangre son inmunes a la magia de los otros dragones. Mi padre no podía controlarlos, y lo que no puede controlar, lo destruye.

—¿Y a ti? ¿Te controla?

—A mí me ha encerrado en una jaula dorada toda mi vida. —Seren apretó la empuñadura de su espada—. Pero ya no. Nunca más.

—Entonces, juntos —dije—. Derrocaremos a tu padre.

Seren me miró. Por primera vez, sus ojos de hielo se suavizaron.

—Juntos —repitió—. Hasta el final.

Y en mi pecho, la marca del ala latió con una esperanza renovada.