El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 8 EL FUEGO DEL VÍNCULO
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CAPÍTULO 8 EL FUEGO DEL VÍNCULO

El fuego azul no quemaba.

Me envolvía, me penetraba, me transformaba.

Era como sumergirse en un río de luz líquida, densa y cálida, que recorría cada vena, cada músculo, cada hueso.

La marca del ala en mi pecho latía al ritmo de un corazón colosal que no era el mío, y en algún lugar, al otro lado del fuego, Varkoth rugía con una furia que era también una celebración.

«Acepta el poder, muchacho», resonó su voz en mi mente. «No lo rechaces. No lo temas. Es tuyo por derecho.»

Cerré los ojos y me dejé llevar.

Vi la historia de Varkoth desplegarse ante mí como un tapiz de fuego: su nacimiento en los hornos volcánicos de los Páramos, su primera caza, su primer vínculo.

Vi a mi padre, joven y orgulloso, de pie frente al dragón carmesí con la espada en alto y la sonrisa de quien ha encontrado su destino.

Vi la guerra, la purga, la traición. Vi la ejecución de mi padre en la Plaza de los Mil Mártires, y su último pensamiento fue para mí.

«Te llamé Kayden», susurró una voz que reconocí sin haberla oído nunca. «Porque significa "el que renace de la ceniza". Y tú, hijo mío, renacerás.»

Las lágrimas rodaron por mis mejillas, evaporándose al contacto con el fuego.

—Padre —murmuré.

«Estoy orgulloso de ti, Kayden. Y lo estaré siempre.»

El fuego se intensificó. Las runas de las paredes brillaron con una luz cegadora, y el rugido de Varkoth sacudió la cámara como un terremoto. Sentí que mi cuerpo se elevaba, flotando sobre el pozo de fuego, y que la marca del ala se expandía por mi piel como una enredadera de luz carmesí.

Y entonces, el dolor.

Fue un dolor atroz, como si mil agujas de hierro se clavaran en mi espalda. Grité, y el grito se convirtió en un rugido que no era humano. Mis huesos crujieron, mis músculos se tensaron, y por un instante, creí que iba a morir.

«No mueras», dijo Varkoth. «Aún no.»

Y el dolor cesó.

Abrí los ojos.

Estaba de pie en el centro de la cámara, con el fuego azul desvaneciéndose a mi alrededor. La marca del ala brillaba en mi pecho, más definida que nunca, y en mi espalda... en mi espalda sentía un peso nuevo. Un calor extraño.

—¿Qué me has hecho? —pregunté, con la voz ronca.

«Mírate», respondió Varkoth.

Levanté la vista hacia la pared de la cámara, donde un espejo de obsidiana reflejaba mi imagen.

Y lo que vi me dejó sin aliento.

Mi cabello, antes negro y rebelde, ahora tenía reflejos carmesíes. Mis ojos, antes grises, brillaban con un tono dorado que no me pertenecía. Y en mi espalda, extendidas como dos estandartes de fuego y ceniza, había alas.

Alas de dragón.

—Esto... —Me toqué el pecho, sintiendo la piel caliente—. Esto es increíble.

«No es increíble. Es el vínculo. La manifestación física de nuestra conexión.»

—¿Puedo volar?

«Todavía no. Las alas necesitan entrenamiento. Pero con el tiempo, podrás surcar los cielos a mi lado.»

La puerta de la cámara se abrió, y Oros entró seguido de Tess y Seren. Al verme, se detuvieron en seco.

—Por todos los dioses —murmuró Tess—. Tienes alas.

—Ya lo he notado.

Seren se acercó lentamente, con los ojos muy abiertos. Su mano se extendió hacia mi rostro, como si quisiera tocar el reflejo dorado de mis ojos.

—Eres... —empezó, sin encontrar las palabras.

—Sigo siendo yo. Solo que ahora, soy más.

—Eso es aterrador.

—Lo sé. —Sonreí—. Y fascinante.

Oros carraspeó, interrumpiendo el momento.

—El vínculo se ha sellado. La Cámara lo ha aceptado. —Me examinó con sus ojos grises—. Eres oficialmente un jinete de dragón, Kayden Voss. El primero de la Casa Voss en dos décadas.

—Y el último —añadió Seren—. Porque si mi padre se entera de esto, te matará.

—Ya lo sé. Pero no creo que pueda evitarlo.

«No podrás», confirmó Varkoth. «El emperador ya lo sabe. Sus espías en la Ciudadela le han informado.»

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Tess.

—Ahora —dijo Seren, con una determinación renovada—, entrenamos. Tú, Kayden, necesitas dominar tus nuevas habilidades. Y nosotras, necesitamos aliados.

—¿Aliados en la Ciudadela?

—Sí. Jinetes descontentos. Aspirantes que no quieren morir en la Prueba. Magisters que odian al emperador en secreto. —Seren esbozó una sonrisa fría—. Mi padre cree que la Ciudadela es leal. Pero las cadenas se rompen fácil cuando se les aplica la presión adecuada.

—¿Y cuál es la presión?

—Tú. Tu vínculo. Tu existencia. —Seren me miró fijamente—. Eres la prueba viviente de que la Casa Vorath miente. De que los dragones de Sangre no son una abominación. De que mi padre mató a un héroe para robar su poder.

—¿Y crees que la gente cambiará de bando solo por eso?

—No. Pero es un comienzo.

Pasamos el resto del día en la Ciudadela, explorando los pasillos y conociendo a los jinetes que Seren consideraba "posibles aliados".

La mayoría nos miraba con desconfianza, pero algunos mostraban curiosidad.

Oros, el magister, nos asignó una celda doble en el ala de los jinetes, con ventanas que daban al volcán.

—Espero que estés a gusto —dijo Oros—. No tenemos celdas de lujo para los traidores.

—Sobreviviré.

—Eso espero. Porque mañana, el emperador enviará a sus emisarios. Y querrán respuestas.

—Se las daré.

—¿Y cuáles son?

—La verdad. Solo la verdad.

Oros me miró durante un largo momento. Luego, con un asentimiento, se retiró.

Esa noche, me senté junto a la ventana, observando el volcán que rugía en la distancia. Tess dormía en el catre de al lado, agotada por el largo día. Seren estaba en su celda, probablemente planeando el siguiente movimiento.

«No puedes dormir», dijo Varkoth.

—¿Cómo lo sabes?

«Soy tu dragón. Siento tu mente como si fuera mía.»

—Eso es... inquietante.

«Es el vínculo. Acostúmbrate.»

Me recosté contra la pared de piedra, sintiendo el calor del volcán a través de la ventana.

—¿Qué pasará mañana? —pregunté.

«Los emisarios del emperador vendrán. Te exigirán que renuncies al vínculo. Si te niegas, te declararán enemigo del imperio.»

—Y tú, ¿qué harás?

«Lo que hago siempre: sobrevivir. Y proteger a mi jinete.»

—¿Me protegerás con tu vida?

«No. Con la tuya.»

Sonreí a pesar de la oscuridad.

—Eres muy tranquilizador, Varkoth.

«No estoy aquí para tranquilizarte. Estoy aquí para prepararte.»

—¿Prepararme para qué?

«Para la guerra.»

El volcán rugió en la distancia, y las estrellas brillaron sobre la Ciudadela como testigos silenciosos.

La guerra se acercaba.

Y yo, Kayden Voss, el hijo del traidor, estaba en el centro de la tormenta.