El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 7 LA CIUDADELA DE LOS JINETES
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CAPÍTULO 7 LA CIUDADELA DE LOS JINETES

La Ciudadela de los Jinetes no era una fortaleza. Era una montaña que habían arrancado del suelo y suspendido en el aire.

Varkoth voló hacia ella con la majestuosidad de un rey regresando a su trono.

Los jinetes que patrullaban los cielos se apartaron a nuestro paso, con los dragones encogidos y las lanzas temblorosas.

Ninguno se atrevió a interceptarnos. La mera presencia del dragón de Sangre era un escudo más poderoso que cualquier armadura.

Aterrizamos en la plataforma principal, una explanada de piedra negra que se extendía ante las puertas de la Ciudadela.

Cientos de jinetes y aspirantes se congregaron para vernos, formando un pasillo silencioso.

Algunos rezaban. Otros empuñaban sus armas con expresiones hostiles.

Todos, sin excepción, nos miraban como si fuéramos la encarnación de sus peores pesadillas.

—Bienvenidos a la Ciudadela —dijo Seren, saltando del lomo de Varkoth con la elegancia de quien ha pasado toda su vida montando dragones—. El lugar más peligroso del imperio.

—Qué acogedor —murmuró Tess, bajando con menos gracia.

Yo fui el último en descender. La marca del ala, ahora visible para todos, brillaba con una luz carmesí que se sincronizaba con los latidos de Varkoth. Caminé entre los jinetes con la cabeza alta, aunque por dentro estaba aterrorizado.

«No muestres miedo», me recordó Varkoth. «El miedo es una invitación al ataque.»

—Fácil decirlo —susurré—. Tú no eres un humano rodeado de enemigos.

«He sobrevivido cincuenta años en un pozo de ceniza. Sé lo que es estar rodeado de enemigos.»

Las puertas de la Ciudadela se abrieron, y un grupo de jinetes veteranos salió a recibirnos.

Al frente, un hombre alto y enjuto, con el cabello blanco recogido en una cola y una cicatriz que le cruzaba el rostro desde la frente hasta la mandíbula.

Vestía una armadura de escamas negras, y su dragón —una hembra de Tormenta, azul como el relámpago— lo seguía como una sombra.

—Magister Oros —dijo Seren, inclinando la cabeza.

—Princesa Seren. —El magister la examinó con una mirada fría—. Deberías estar en el palacio, no en los Páramos. Tu padre ha enviado órdenes de arresto contra ti.

—Me lo imagino. —Seren no se inmutó—. ¿Y piensas cumplirlas?

—Depende. —Oros giró sus ojos grises hacia mí—. ¿Es él? ¿El hijo de Kael Voss?

—Soy Kayden Voss —respondí, adelantándome—. Y este es Varkoth.

—El dragón de Sangre. —Oros no parecía sorprendido—. Los sellos de la Ciudadela llevan meses debilitándose. Sabía que solo era cuestión de tiempo.

—¿Y no has hecho nada?

—No tenía órdenes de hacer nada. El emperador creía que los sellos resistirían. Se equivocó.

—El emperador se equivoca en muchas cosas.

—Cuidado, muchacho. —La mirada de Oros se endureció—. Aquí, las palabras pueden ser más peligrosas que las espadas.

—Lo tendré en cuenta.

Oros nos condujo al interior de la Ciudadela, un laberinto de pasillos de cristal negro iluminados por antorchas de fuego azul.

Las paredes estaban cubiertas de tapices que representaban a los jinetes legendarios: héroes del pasado, maestros del vínculo, traidores ejecutados.

En uno de ellos, un jinete con armadura carmesí montaba un dragón de Sangre.

El rostro del jinete, gastado por el tiempo, me resultó extrañamente familiar.

—Es tu padre —dijo Oros, notando mi mirada—. Kael Voss, el último jinete del dragón de Sangre.

—¿Por qué su rostro está en la pared de los traidores?

—Porque así lo ordenó el emperador. Kael Voss se negó a entregar a su dragón para la purga. Lo declararon traidor. Y lo ejecutaron en la Plaza de los Mil Mártires, ante una multitud de diez mil personas.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Y nadie lo defendió?

—Algunos lo intentaron. —Oros me miró con una expresión indescifrable—. Yo fui uno de ellos.

—¿Tú?

—Era joven. Inexperto. Creía en la justicia. —Oros apartó la mirada—. Me rompieron los dedos de la mano derecha por alzar la voz. Desde entonces, aprendí a callar.

—Y ahora, ¿qué? ¿Seguirás callando?

—Ahora —dijo Oros, deteniéndose frente a una puerta de hierro—, depende de ti.

La puerta se abrió, revelando una cámara circular con un pozo de fuego en el centro. Las llamas, de un azul intenso, iluminaban las paredes cubiertas de runas antiguas.

—Es la Cámara del Vínculo —explicó Oros—. Aquí se forjan los jinetes. Y aquí es donde descubriremos si el vínculo entre tú y Varkoth es verdadero... o una sentencia de muerte.

—¿Y si no es verdadero?

—Entonces, el fuego azul te consumirá. Y el imperio se librará de un problema.

Tess me agarró del brazo.

—No tienes que hacerlo —dijo—. Podemos huir. Encontrar otra forma.

—No hay otra forma. —La miré a los ojos—. Si no hago esto, me perseguirán para siempre. Y a ti también. Y a Seren. Y a Varkoth. El vínculo debe sellarse.

—Kayden...

—Confía en mí.

Tess asintió, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Entré en la Cámara del Vínculo.

El fuego azul danzaba en el centro, y las runas de las paredes brillaban con una luz cada vez más intensa. Sentí el calor en la piel, un calor que no quemaba pero que lo envolvía todo. La voz de Varkoth resonó en mi mente:

«No tengas miedo, muchacho. El fuego no daña a los que llevan la marca del ala.»

—¿Y si te equivocas?

«Nunca me equivoco.»

Avancé hacia el centro de la cámara. El fuego azul me rodeó, lamiéndome los brazos, las piernas, el pecho. La marca del ala brilló con una intensidad cegadora, y por un instante, vi el rostro de mi padre.

No como un traidor.

Sino como un jinete.

Un héroe.

«Bienvenido, hijo de Kael Voss», dijo Varkoth. «Bienvenido a tu destino.»

Y el fuego me consumió.