CAPÍTULO 6 EL VALLE DE LOS HUESOS ARDIENTES
La grieta se abrió como una herida en el vientre del mundo.
El fuego carmesí que brotó de ella no era fuego corriente: era una llama líquida, espesa como la sangre, que se elevó hacia el cielo en una columna retorcida.
Los aspirantes gritaron y retrocedieron.
Los dragones salvajes rugieron, aterrados, y varios de ellos alzaron el vuelo, huyendo hacia las montañas.
—¡Imposible! —gritó el evaluador, con el rostro desencajado—. ¡El dragón de Sangre está sellado!
«Ya no», resonó la voz de Varkoth en la mente de todos los presentes.
Y de la grieta, emergió.
Su cuerpo colosal, cubierto de escamas carmesíes que ardían con luz propia, se alzó sobre el valle como un dios antiguo despertando de su letargo.
Sus alas, desplegadas, oscurecieron el sol.
Sus ojos dorados, llenos de una furia milenaria, recorrieron la multitud de aspirantes y se detuvieron en mí.
«Kayden Voss, hijo de mi jinete muerto. He venido a reclamarte.»
El silencio era absoluto. Incluso el viento parecía contener la respiración.
—El dragón de Sangre... —murmuró Tess, a mi lado—. Ha venido por ti.
—Lo sé. —Apreté los puños, sintiendo la marca del ala arder bajo la tinta de Sombra—. Lo sé.
Baelen, en la plataforma, me miraba con los ojos muy abiertos. Su sonrisa de desprecio se había desvanecido, reemplazada por una mueca de incredulidad. El evaluador, por su parte, había sacado una espada rúnica y apuntaba hacia Varkoth con manos temblorosas.
—¡Guardia! —gritó—. ¡Capturad a la bestia!
Pero no había guardia. Solo aspirantes aterrorizados y jinetes veteranos que sabían perfectamente lo que un dragón de Sangre podía hacer.
«No he venido a luchar», dijo Varkoth, y su voz retumbó en el valle. «He venido a reclamar lo que es mío. El chico de la marca. El hijo del traidor. El heredero de mi vínculo.»
—¿Heredero? —El evaluador escupió al suelo—. Ese muchacho es un don nadie. Un paria. Un cadáver andante.
«Ese muchacho es mi jinete. Y quien lo insulte, me insulta a mí.»
Varkoth inclinó su cabeza colosal hacia el evaluador. El jinete veterano palideció, y su espada tembló en su mano.
—El emperador lo sabrá —dijo—. No podrás esconderlo para siempre.
«No pretendo esconderlo. Pretendo que el imperio entero sepa que he regresado.»
Varkoth extendió su zarpa hacia la plataforma, y todos los aspirantes retrocedieron, excepto yo.
—Kayden —susurró Tess—. Ten cuidado.
—No te preocupes. —Sonreí, aunque el miedo me atenazaba el pecho—. Es mi dragón. No me hará daño.
Subí a la zarpa de Varkoth. Sus garras se cerraron suavemente a mi alrededor, y me elevó por encima del valle. El viento golpeaba mi rostro, y la tinta de Sombra se deshacía, revelando la marca del ala en todo su esplendor.
«Bienvenido a tu destino, Kayden Voss», dijo Varkoth.
Y el valle entero estalló en caos.
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Los aspirantes que quedaban huyeron en desbandada.
Algunos corrían hacia las montañas. Otros se escondían entre los huesos.
Baelen se quedó quieto, con la mirada fija en mí, y supe que aquel momento se grabaría en su memoria para siempre.
No como una derrota, sino como una humillación. Una que querría vengar.
El evaluador intentó atacar a Varkoth con su espada rúnica. Fue un gesto valiente y absolutamente inútil. Varkoth lo apartó de un manotazo, y el hombre salió despedido contra una pila de huesos, donde quedó inmóvil.
«Recoge a tu amiga», me ordenó Varkoth. «Y a la princesa. Nos vamos.»
—¿Adónde?
«A la Ciudadela. Es hora de que los jinetes me recuerden.»
Descendí de la zarpa y corrí hacia Tess, que seguía junto a la plataforma, con la espada desenvainada y la mirada perdida. Seren apareció a mi lado, con la capucha echada y el rostro pálido.
—Eres un idiota —dijo Seren.
—Probablemente.
—Has revelado tu vínculo delante de todo el imperio. Mi padre lo sabrá antes del anochecer.
—Lo sé.
—¿Y aun así lo has hecho?
—No podía seguir escondiéndome. —La miré—. Tarde o temprano, tenía que ocurrir. Al menos ahora ha sido en mis propios términos.
—Tus términos son un suicidio.
—Bienvenida a la alianza.
Seren soltó una maldición entre dientes, pero no protestó más. Los tres subimos a la zarpa de Varkoth, que nos elevó suavemente hacia su lomo. Las escamas carmesíes eran cálidas al tacto, y el viento, al elevarse, nos envolvía como una manta helada.
«Sujetaos», advirtió Varkoth.
Y despegamos.
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El vuelo fue como nada que hubiera experimentado jamás.
El mundo se reducía a manchas de color: los Páramos de Ceniza, grises y negros; las montañas de cristal, brillantes bajo el sol; el Mar de Lágrimas, un océano de agua oscura que se extendía hasta el horizonte.
Los dragones salvajes nos observaban desde sus picos, pero ninguno se atrevió a seguirnos.
—Es hermoso —murmuró Tess, agarrada a una escama cercana—. Nunca había visto el mundo desde arriba.
—Es aterrador —respondí—. Y hermoso. Ambas cosas.
—Como todo lo que merece la pena —añadió Seren, con la mirada fija en el horizonte.
Volamos durante horas. El sol se alzó sobre el imperio, y la Ciudadela apareció en la distancia: una fortaleza colosal suspendida sobre un volcán inactivo, con torres de cristal negro y murallas que desafiaban la gravedad.
Los estandartes del imperio ondeaban en sus almenas, y jinetes montados en dragones patrullaban sus alrededores.
«La Ciudadela», dijo Varkoth. «Donde se forjan los jinetes. Donde se guardan los secretos. Y donde empieza la guerra.»
—¿Guerra? —pregunté.
«No creas que el emperador se quedará de brazos cruzados. En cuanto sepa que estoy libre, enviará a sus legiones. Debes estar preparado.»
—¿Preparado para qué?
«Para luchar. Para matar. Para morir.»
La Ciudadela se acercaba, y con ella, la prueba definitiva.
Nuestra llegada estaba a punto de cambiarlo todo.