El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 5 LA ALIANZA INESPERADA
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CAPÍTULO 5 LA ALIANZA INESPERADA

La princesa Seren Vorath se sentó junto al fuego que Tess había encendido, con la espalda recta y las manos apoyadas en las rodillas.

Su capa gris, ahora extendida sobre una roca para secarse, revelaba una túnica de cuero negro con bordados plateados que ningún plebeyo podría permitirse.

A la luz de las llamas, su rostro parecía tallado en mármol: hermoso, frío y absolutamente inexpresivo.

—Explícate —dije, sentándome frente a ella—. Y empieza por lo más importante: ¿cómo sabes lo del vínculo?

—Mi padre tiene espías en todas partes. Incluso en los Páramos. —Seren me miró fijamente—. Cuando Varkoth despertó, el imperio entero lo sintió. Los sellos de la Ciudadela temblaron. Los dragones salvajes enloquecieron. Y los eruditos de la corte vieron tu marca en sus espejos de sangre.

—¿Espejos de sangre?

—Artefactos de rastreo. Mi padre lleva años buscando al heredero del último jinete de Varkoth. Sabía que existías, Kayden. Solo estaba esperando a que te manifestaras.

—Entonces, ¿por qué no me capturó antes?

—Porque necesitaba que el vínculo se completara. Un jinete de Sangre solo es útil cuando el dragón lo ha aceptado. Antes de eso, no eres más que un muchacho con una mancha en el pecho.

Sus palabras dolieron, aunque no lo demostré.

—¿Y ahora? ¿Qué soy ahora?

—Ahora eres la pieza más valiosa del tablero. —Seren inclinó la cabeza—. Y por eso estoy aquí. Para protegerte de mi padre.

—¿Protegerme? —Solté una risa amarga—. Eres su hija. La heredera al trono. ¿Por qué habrías de ayudarme a mí, el hijo de un traidor?

—Porque mi madre no está muerta. —La voz de Seren se quebró por primera vez—. Está encerrada en las Minas de Hierro Eterno, junto con otros enemigos del imperio. Y mi padre la mantiene viva solo porque su sufrimiento le da poder.

—¿Poder?

—Magia de Sangre. ¿Sabes cómo funciona? —Seren me miró con intensidad—. El emperador no solo roba la magia de los dragones. También roba la vitalidad de las personas que odia. Cuanto más sufren, más fuerte se vuelve.

Sentí una arcada. Aquello era peor que todo lo que había imaginado.

—Tu padre es un monstruo —dijo Tess, con la voz tensa.

—Sí. Lo es. —Seren bajó la mirada—. Y yo he vivido toda mi vida a su sombra, fingiendo lealtad, esperando el momento de actuar. Este es ese momento.

—¿Y qué propones exactamente?

—Una alianza. Temporal. —Seren me miró a los ojos—. Tú me ayudas a liberar a mi madre. Yo te ayudo a limpiar el nombre de tu padre. Y juntos, destruimos al emperador.

—¿Y Varkoth? ¿Qué papel juega en esto?

«Un papel estelar, princesa», resonó la voz del dragón en nuestras mentes. Seren se tensó, pero no se asustó. «Soy yo quien mató a tu abuelo. Y seré yo quien mate a tu padre.»

—Mi abuelo era un tirano —respondió Seren—. Y mi padre es peor. No lloraré por ninguno de los dos.

«Veo que la sangre Vorath no ha corrompido tu espíritu. Eso es bueno.»

—No es bondad. Es desesperación. —Seren se puso en pie—. Mañana al amanecer, los dragones salvajes se congregarán en el Valle de los Huesos. Es el tercer día de la Prueba, el día de la primera elección. Los aspirantes que hayan sobrevivido se presentarán allí para ser evaluados.

—¿Y nosotros?

—Nosotros también. —Seren me miró—. Pero tú no puedes presentarte como el jinete de Varkoth. Si los evaluadores te descubren, te ejecutarán en el acto.

—Entonces, ¿cómo pasaré desapercibido?

—Oculta tu marca. Usa esto. —Seren sacó de su bolsa un frasco de cristal lleno de un líquido plateado—. Es tinta de Sombra. Cubrirá la marca del ala durante unas horas.

—¿Y mi conexión con Varkoth?

—La tinta también la atenúa. Los evaluadores no podrán sentir el vínculo mientras la lleves puesta.

—¿Cuánto dura el efecto?

—Seis horas. Suficiente para la evaluación. —Seren me tendió el frasco—. Pero ten cuidado. Si la tinta se seca antes de que salgas del valle, todos sabrán lo que eres.

Acepté el frasco, sintiendo el frío del cristal contra la palma.

—¿Y tú? —preguntó Tess—. La hija del emperador, ¿no tiene que ocultarse también?

—Yo ya he sido evaluada. —Seren esbozó una sonrisa triste—. Mi padre se aseguró de que los dragones me rechazaran antes de la Prueba. Dijo que una hija del imperio no necesita bestias para gobernar.

—¿Y tú qué quieres?

—Quiero lo que nunca me han dejado tener: un vínculo. Una conexión real. —Seren miró hacia el cielo, donde la luna comenzaba a asomarse—. Y quizás, si los dragones me aceptan, una razón para creer que no soy como mi padre.

Nos quedamos en silencio. La noche avanzaba, y la niebla se espesaba a nuestro alrededor. El fuego crepitaba, lanzando chispas al aire.

—Está bien —dije al fin—. Acepto la alianza. Pero con condiciones.

—¿Cuáles?

—Primero: Tess viene con nosotros. No la dejo atrás.

—Trato hecho.

—Segundo: si en algún momento intentas traicionarnos, yo mismo me encargaré de que lo lamentes.

—No te culparía. —Seren esbozó una sonrisa sin humor—. ¿Y tercero?

—Tercero... —Dudé—. Quiero saber la verdad sobre mi padre. Toda la verdad. No solo la versión del imperio.

—Trato hecho. —Seren me tendió la mano—. Alianza sellada.

Estreché su mano. Su piel era fría, pero su agarre, firme.

—Alianza sellada —repetí.

Y en mi pecho, la marca del ala latió con fuerza.

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El Valle de los Huesos era un lugar de pesadilla.

Cientos de esqueletos de dragones yacían esparcidos por el valle, formando colinas y barrancos de hueso blanco. En el centro, una plataforma de piedra negra se alzaba sobre el suelo, y a su alrededor, los aspirantes supervivientes se congregaban en silencio.

Eran menos de cuarenta.

De los cien que habían entrado, solo quedaban esos. Y la Prueba apenas iba por la mitad.

—Sangre de mi sangre —murmuró Tess a mi lado—. Esto es una masacre.

—Bienvenida a la Prueba —respondí, con la boca seca.

Seren se había separado de nosotros, mezclándose entre los aspirantes con la capucha calada. No quería que la reconocieran. Todavía no.

La ceremonia de evaluación comenzó al amanecer. Los dragones salvajes descendieron de las montañas, uno a uno, y se posaron en los picos de hueso que rodeaban el valle. Sus ojos brillaban en la penumbra, y sus alientos de fuego y hielo teñían el aire de colores imposibles.

Un evaluador —un jinete veterano, vestido con el uniforme gris de la Ciudadela— se colocó en el centro de la plataforma.

—Aspirantes de Vorath —anunció—. Ha llegado el momento de la primera elección. Los dragones han observado vuestros pasos. Ahora decidirán quién merece un vínculo.

Uno a uno, los aspirantes fueron llamados a la plataforma. Algunos temblaban. Otros caminaban con arrogancia. Los dragones los examinaban desde las alturas, y de vez en cuando, uno de ellos descendía para tocar al aspirante con el hocico.

Cuando eso ocurría, el vínculo se sellaba.

Vi cómo Baelen era elegido por un dragón de Hierro, una bestia colosal de escamas grises que se arrodilló ante él como un perro domesticado. Baelen sonrió con desprecio, y sus ojos me buscaron entre la multitud.

«Tu turno se acerca», dijo Varkoth en mi mente. «Recuerda: no reacciones. No hables. No pienses.»

—¿Y si me descubren?

«No lo harán. La tinta de Sombra es poderosa. Confía en ella.»

—Kayden Voss —llamó el evaluador.

El silencio se hizo en el valle. Decenas de ojos se volvieron hacia mí: aspirantes, dragones, jinetes. Baelen sonrió de oreja a oreja.

—El hijo del traidor —murmuró alguien.

—El de la marca —dijo otro.

—No durará ni un minuto.

Apreté los puños y caminé hacia la plataforma. La tinta de Sombra cubría mi marca, pero podía sentirla latir debajo, furiosa, como un animal enjaulado.

Los dragones me observaron.

Y ninguno descendió.

El silencio se prolongó. Los segundos se convirtieron en minutos. El evaluador me miró con una mezcla de lástima y desprecio.

—Ningún dragón te quiere, muchacho —dijo—. Deberías haberte quedado en tu páramo.

Bajé la cabeza.

«Vámonos», susurró Varkoth. «Ya está hecho.»

—No —respondí en mi mente—. Aún no.

Y entonces, lo sentí.

Un rugido. No de los dragones salvajes, sino de algo más profundo. Algo que venía del interior de la tierra.

«Kayden...»

—Lo sé.

El suelo tembló. Los dragones salvajes alzaron la cabeza. Y en el centro del valle, una grieta se abrió en la tierra, liberando una columna de fuego carmesí.

Varkoth había llegado.