CAPÍTULO 4 LA PRINCESA OCULTA
Al tercer día, los Páramos de Ceniza comenzaron a cambiar.
La niebla rojiza se disipó lentamente, dejando al descubierto un paisaje aún más desolado: montañas de cristal negro, ríos de ceniza solidificada y huesos.
Muchos huesos. Algunos eran de dragones, enormes y retorcidos, como catedrales derrumbadas.
Otros eran de aspirantes, más pequeños, más frágiles, esparcidos por la tierra como ofrendas olvidadas.
—¿Cuántos habrán muerto ya? —preguntó Tess, con la voz apenas audible.
—No lo sé. —Ajusté la correa de la espada que Varkoth me había dado, una hoja larga y curva forjada con el metal de una garra de dragón—. Demasiados.
«Los débiles mueren primero», dijo Varkoth desde el interior de mi mente. Su cuerpo permanecía oculto en la cueva, pero su presencia me acompañaba dondequiera que fuera. «Es la ley de la Prueba.»
—No es una ley. Es una masacre.
«Llámala como quieras. El resultado es el mismo.»
Llevábamos dos días explorando los Páramos, evitando a los aspirantes hostiles y buscando señales de los dragones salvajes.
Según Varkoth, la Prueba no solo consistía en sobrevivir, sino en llamar la atención de los dragones.
Los salvajes observaban a los aspirantes desde las alturas, evaluando su fuerza, su valentía, su desesperación.
Y cuando encontraban a alguien digno, lo elegían.
El problema era que los dignos eran pocos. Y los muertos, muchos.
—Allí —dijo Tess de pronto, señalando hacia una columna de humo que se elevaba en la distancia—. Alguien ha encendido una hoguera.
—¿Amiga o enemiga?
—No lo sé. Pero si hay fuego, hay vida. Y si hay vida, hay información.
—O una trampa.
—También.
Nos acercamos con cautela, agachados entre las rocas.
El humo provenía de un campamento improvisado, montado junto a un arroyo de agua negra.
Tres aspirantes estaban sentados alrededor del fuego: dos hombres y una mujer.
Los reconocí por las túnicas: eran plebeyos, como Tess y como yo, pero iban armados con espadas oxidadas y escudos abollados.
—¿Son peligrosos? —susurré.
—Todos son peligrosos —respondió Tess—. Aquí dentro, la desesperación convierte a la gente en monstruos.
—¿Entonces los evitamos?
—No. Necesitamos saber qué ha pasado con los otros grupos. —Tess se incorporó—. Y si nos atacan, los matamos.
—Eso es muy frío.
—Es supervivencia.
Tess se adelantó, caminando hacia el campamento con la espada desenvainada. La seguí, con la mano en la empuñadura de la mía. Los tres aspirantes se pusieron en pie al vernos, con las armas listas.
—¡Alto! —gritó uno de ellos, un muchacho corpulento con una cicatriz en la mejilla—. No os acerquéis más.
—Somos aspirantes, como vosotros —dijo Tess, alzando las manos en gesto de paz—. Solo queremos información.
—¿Y por qué habríamos de dárosla?
—Porque si no, mi amigo y yo tendremos que tomarla por la fuerza. —Tess sonrió—. Y creedme, no queréis eso.
El corpulento dudó un instante, evaluando la amenaza. Luego, con un gruñido, bajó su espada.
—Hablad rápido. No nos gustan los extraños.
—Nosotros tampoco. —Tess se acercó al fuego, con una naturalidad que yo envidiaba—. ¿Habéis visto a otros aspirantes? ¿A los nobles?
—A los nobles, sí. Esa tal Baelen y su séquito. Se han instalado en las ruinas del templo, al norte. Tienen comida, agua y armas de sobra. Dicen que van a montar una "zona segura" para los que se unan a ellos.
—¿Una zona segura en los Páramos? —Me reí—. Eso no existe.
—Eso mismo pensamos nosotros. Pero algunos desesperados se lo creyeron. —El corpulento escupió al suelo—. Ya encontrarán sus cadáveres.
—¿Y la chica? —pregunté—. Una muchacha con espada plateada y capa gris. ¿La habéis visto?
Los tres aspirantes intercambiaron miradas. Fue la mujer quien habló:
—¿Te refieres a la chica que lucha como un demonio? La vimos ayer, cerca del río. Iba sola. Derrotó a un grupo de cuatro que intentaron atacarla. Luego desapareció en la niebla.
Sentí un escalofrío. La chica de la espada plateada. La había visto brevemente el primer día, entre la multitud de aspirantes. No sabía su nombre, pero había algo en ella que me inquietaba. Algo que no encajaba.
—Gracias —dijo Tess—. Nos iremos antes de que anochezca.
—Hacedlo. La niebla de esta noche será espesa. Y los dragones cazan en manada.
Nos alejamos del campamento con la misma cautela con la que habíamos llegado. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras.
—Esa chica —dijo Tess—. ¿La conoces?
—No. Pero me da mala espina.
—¿Por qué?
—Porque en la Prueba, nadie va solo. Y menos una mujer joven con una espada de plata. —Fruncí el ceño—. Esa espada no es de plebeya. Es de noble. De la corte.
—Quizás sea una noble venida a menos.
—Quizás. O quizás sea alguien que no quiere que sepan quién es.
«Tienes buen instinto, muchacho», dijo Varkoth en mi mente. «Esa chica no es lo que aparenta.»
—¿La conoces? —pregunté en voz alta.
«No. Pero su olor es familiar. Lleva la sangre de la Casa Vorath.»
Me detuve en seco.
—¿La Casa Vorath? ¿Estás diciendo que es...?
«Una hija del emperador. Sí.»
Sentí que la sangre se me helaba. La hija del emperador. La princesa. La única persona en todo el imperio que podía ordenar mi ejecución sin dar explicaciones.
—Tess —dije, con la voz tensa—. Tenemos que encontrarla antes de que nos encuentre ella.
—¿Por qué? ¿Quién es?
—La hija del emperador. La princesa.
Tess palideció.
—¿Estás seguro?
—Varkoth lo está. Y su olfato no falla.
—Mierda. —Tess apretó la empuñadura de su espada—. ¿Y qué hacemos?
—No lo sé. Pero si está aquí, es por algo. Y si descubre lo de mi vínculo con Varkoth...
—Te matará.
—O lo intentará.
Seguimos avanzando hacia el río, con los sentidos alerta. La niebla comenzaba a descender de nuevo, y el aire se llenaba de susurros. De vez en cuando, una sombra se deslizaba entre las rocas, y las garras de un dragón brillaban en la penumbra.
Al llegar al río, la vimos.
Estaba de pie sobre una roca, con la espada plateada desenvainada y la capa gris ondeando al viento. El cabello oscuro le caía sobre los hombros, y sus ojos, de un azul tan claro que parecían de hielo, nos observaban con una mezcla de cautela y curiosidad.
—Sabía que vendríais —dijo, con una voz suave pero firme—. El chico de la marca y la hija del herrero.
—¿Y tú quién eres? —pregunté, con la mano en la empuñadura.
—Alguien que busca lo mismo que vosotros: un dragón. —Saltó de la roca y aterrizó sobre la arena negra con una gracia felina—. Pero quizás con métodos distintos.
—¿Eres la hija del emperador?
La chica sonrió. Fue una sonrisa fría, calculada, que no llegó a sus ojos.
—Veo que el dragón de Sangre te ha hablado de mí.
—¿Cómo sabes lo del dragón?
—Lo sé todo, Kayden Voss. Sé que has bebido la sangre de Varkoth. Sé que llevas su marca en el pecho. Y sé que mi padre ha enviado a sus jinetes a cazarte.
—Entonces, ¿por qué no me has matado ya?
—Porque no quiero matarte. Quiero ayudarte.
—¿Ayudarme? ¿La hija del emperador quiere ayudar al hijo del traidor?
—Exacto. —La chica envainó su espada con un movimiento fluido—. Porque mi padre no solo mató al tuyo. También mató a mi madre. Y pienso hacerle pagar por ello.
Nos quedamos en silencio, con la niebla arremolinándose a nuestro alrededor. La chica dio un paso al frente, y por primera vez, vi algo en sus ojos que no era frialdad: era dolor.
—Me llamo Seren —dijo—. Seren Vorath. Y estoy aquí para unirme a vuestra causa.
La princesa del imperio.
Nuestra aliada.
Y quizás, nuestra mayor amenaza.