CAPÍTULO 3 LA NOCHE DE LOS DIENTES
Eran cinco.
Dragones salvajes, de escamas grises y ojos blancos, con las fauces abiertas y las garras extendidas.
No tenían la majestuosidad de Varkoth ni la inteligencia que brillaba en sus ojos dorados.
Eran bestias, criaturas de instinto y hambre, que habían olido la sangre del dragón de Sangre y habían venido a reclamarla.
—¡Kayden! —gritó Tess, desenvainando su daga curva.
—¡No luches! —respondí, interponiéndome—. Son demasiados.
«Déjamelos a mí», dijo Varkoth, y su voz sonó como un trueno en mi mente. «Tú y la muchacha, escondeos detrás de las rocas.»
—¿Estás seguro?
«Soy un dragón de Sangre, muchacho. No he sobrevivido cincuenta años de encierro para morir a manos de bestias salvajes.»
Agarré a Tess del brazo y la arrastré hacia un montículo de rocas cercano. Nos agazapamos entre las grietas, con el corazón desbocado, y observamos.
Varkoth se alzó en toda su magnitud.
Las bestias salvajes se detuvieron en seco. Eran depredadores, y sabían reconocer a un depredador mayor. Pero el hambre pudo más que el instinto. La primera bestia se abalanzó, con las fauces abiertas y un rugido que helaba la sangre.
Varkoth no se movió.
La bestia chocó contra él como una ola contra un acantilado. Sus colmillos se cerraron sobre el cuello del dragón de Sangre, buscando la yugular. Pero las escamas carmesíes resistieron, y Varkoth, con un movimiento casi perezoso, cerró sus garras alrededor del cuello de la bestia.
«Patético», dijo, y apretó.
El cuello de la bestia se partió con un chasquido seco. Cayó al suelo, muerta antes de tocar la ceniza.
Las otras cuatro bestias retrocedieron. Gruñían, enseñaban los dientes, pero ya no se atrevían a atacar. Varkoth alzó la cabeza y las miró fijamente.
«Iros. Y decid a vuestros congéneres que este territorio tiene nuevo dueño.»
Las bestias dudaron un instante. Luego, una a una, se desvanecieron en la niebla.
—Por todos los dioses —murmuró Tess—. Los ha ahuyentado sin moverse.
—Es un dragón de Sangre —respondí, con la voz temblorosa—. Los otros dragones le temen. Siempre le han temido.
«No es miedo, muchacho. Es respeto. Aunque las bestias salvajes no entienden la diferencia.»
Varkoth plegó sus alas y se giró hacia nosotros. Su cuerpo colosal, bañado por la luz de la luna, brillaba como una montaña de rubíes.
«Ahora, venid. La noche es larga y el Páramo es traicionero. Debemos encontrar refugio antes del amanecer.»
—¿Un refugio? —pregunté—. ¿Dónde?
«En mi cueva. La que el imperio usó como prisión. Está oculta en las profundidades de las estribaciones.»
—¿La cueva donde te sellaron?
«Sí. Nadie se atreverá a seguirnos allí. Ni siquiera los aspirantes más valientes.»
Seguimos a Varkoth a través de la niebla, esquivando rocas y montículos de ceniza. La noche era un manto de sombras y susurros, y en la distancia, los rugidos de los dragones salvajes seguían resonando. Pero ninguno se acercaba. La presencia de Varkoth nos envolvía como un escudo invisible.
Al cabo de una hora, llegamos a las estribaciones. La cueva estaba oculta tras una cortina de espinas negras, que Varkoth apartó con un movimiento de su cola. El interior era una caverna inmensa, iluminada por cristales que brillaban con una luz carmesí tenue.
—Es... increíble —dijo Tess, con los ojos muy abiertos.
—Es mi hogar —respondió Varkoth, acomodándose en un lecho de ceniza—. O lo fue, antes de que me sellaran.
Me senté cerca de la entrada, con la espalda contra la pared de piedra. El cansancio me golpeaba en oleadas, y la marca del ala en mi pecho latía con un ritmo nuevo, como un segundo corazón.
«Descansa, muchacho», dijo Varkoth. «Mañana tendrás que enfrentarte a los otros aspirantes. Y a algo peor.»
—¿Qué es peor que los aspirantes?
«El emperador. Sabrá que he despertado. Y enviará a sus jinetes a cazarnos.»
—¿Jinetes? ¿Tan pronto?
«La Casa Vorath lleva cincuenta años esperando mi regreso. No desperdiciarán ni un segundo.»
Cerré los ojos. El peso de lo que acababa de hacer —vincularme al dragón más odiado del imperio— me cayó encima como una losa.
—¿En qué me he metido? —murmuré.
«En la única batalla que importa», respondió Varkoth. «La batalla por tu alma.»
No respondí. El sueño me reclamó, y me hundí en una oscuridad llena de alas y ceniza.
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Me despertó un grito.
No era un grito humano. Era un alarido, agudo y prolongado, que resonaba en la cueva como el tañido de una campana rota. Me puse en pie de un salto, con la daga en la mano.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté.
—Los dragones salvajes —respondió Varkoth, sin moverse de su lecho de ceniza—. Están cazando a los aspirantes.
—¿Y vamos a quedarnos aquí?
—Es lo más sensato. La prueba dura siete días. Cuantos más aspirantes mueran, menos competidores tendrás.
—No quiero que mueran. Quiero sobrevivir.
—A veces, muchacho, sobrevivir significa dejar que los demás mueran.
Aparté la mirada. No me gustaba esa lógica, pero sabía que era la misma que regía el imperio. La misma que había matado a mi padre.
Tess se acercó, frotándose los ojos.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Antes del amanecer. —Varkoth alzó la cabeza—. La muchacha tiene sed. Y hambre.
—No importa —dijo Tess—. Puedo aguantar.
«No. Necesitas fuerzas. Kayden, coge la jarra que hay junto a la entrada. Está llena de agua de manantial. Y en la alacena de piedra encontrarás carne seca y pan de ceniza.»
—¿Tienes provisiones? —pregunté, sorprendido.
«No. Pero los aspirantes que murieron antes que tú sí las tenían. Sus cadáveres están esparcidos por el Páramo. Las provisiones... me las quedé.»
Sentí una arcada. Aquel dragón no solo era poderoso; era un carroñero.
—No comeremos carne de cadáveres —dije.
«La carne seca no es de los cadáveres. Es de los fardos que llevaban. Los cadáveres los devoraron las bestias.»
—Ah. —Me relajé, aunque solo a medias—. Eso es... bueno.
«Bueno sería que dejaras de ser tan remilgado. La supervivencia no entiende de escrúpulos.»
Tess encontró la jarra y la alacena. Bebimos agua fresca y comimos pan de ceniza, que sabía a tierra y a humo. No era un festín, pero nos mantendría con vida.
—¿Y ahora qué? —preguntó Tess, con la boca llena.
—Ahora, entrenamos —respondí—. Si el emperador envía a sus jinetes, tendremos que estar preparados.
«Exacto. La muchacha también necesita un arma.»
—Tengo mi daga.
«Una daga no bastará. En mi cueva hay una armería. La usé para guardar las armas de los aspirantes que no sobrevivieron. Encontrarás algo mejor.»
Tess exploró la cueva y regresó con una espada corta de hoja ancha, un arco de cuerno y una aljaba llena de flechas. Su rostro, iluminado por la luz carmesí, reflejaba una emoción que no le había visto antes: esperanza.
—Con esto —dijo—, quizás sí tengamos una oportunidad.
—La tendremos. —Me puse en pie—. Varkoth, ¿puedes enseñarme a usar el vínculo?
«Claro. Pero antes, debes aprender a escuchar.»
—¿Escuchar?
«El vínculo es una conversación. No solo conmigo, sino contigo mismo. Si no sabes quién eres, no podrás controlar mi poder.»
—Eso suena a acertijo de monje.
«Suena a la verdad, muchacho. Y la verdad es lo único que te mantendrá vivo.»
Cerré los ojos y respiré hondo. La marca del ala latía en mi pecho, y por un instante, sentí algo que nunca había sentido: la presencia de Varkoth, no como una voz en mi mente, sino como una extensión de mi propio ser.
«Eso es», dijo el dragón. «Ahora, da el siguiente paso.»
—¿Cuál?
«Confía en mí.»
Abrí los ojos y vi que la cueva ya no estaba a oscuras. La luz carmesí de los cristales se había intensificado, y las sombras danzaban en las paredes como llamas. Tess me miraba con asombro.
—Kayden... —dijo—. Tus ojos.
—¿Qué les pasa?
—Están brillando. Como los de Varkoth.
Me llevé la mano al rostro, pero no sentí nada. Solo el latido de la marca, cada vez más fuerte.
«El vínculo se está consolidando», explicó Varkoth. «Tu cuerpo está aprendiendo a canalizar mi poder.»
—¿Y eso es bueno?
«Depende. Si lo controlas, será tu mayor arma. Si no...»
—¿Si no?
«Te consumirá desde dentro.»
Genial.
Siempre tenía que haber un precio.
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Pasamos el resto del día entrenando.
Varkoth me enseñó a invocar su poder sin perder el control.
Era un proceso lento y doloroso: cada intento me dejaba agotado, con la piel ardiendo y la mente nublada.
Pero poco a poco, empecé a dominarlo. Podía sentir la sangre fluir por mis venas, caliente y viva, y sabía que si la canalizaba, podía hacer cosas que ningún humano normal podría.
Tess, por su parte, practicaba con la espada y el arco. Era buena, mucho mejor de lo que había aparentado al principio. Su padre le había enseñado a luchar antes de morir, y se notaba en cada movimiento, en cada golpe preciso.
—Deberías dormir —le dije al anochecer—. Mañana será un día duro.
—No puedo. Sigo oyendo los gritos.
—Yo también. Pero necesitamos descansar.
—¿Crees que alguno de los aspirantes habrá sobrevivido?
—Algunos. Los fuertes. Los que venían preparados.
—Como Baelen.
—Como Baelen. —Apreté la mandíbula—. A él no lo matarán los dragones. Es demasiado listo para eso.
—¿Y tú? ¿Podrías matarlo?
La pregunta me tomó por sorpresa. Miré a Tess, que me observaba con aquellos ojos verdes llenos de curiosidad.
—No lo sé —respondí al fin—. Antes no lo habría dudado. Pero ahora...
—¿Ahora?
—Ahora tengo algo por lo que vivir. Y matar a Baelen no está en mis planes.
—Pues quizás debería estarlo. Porque él sí querrá matarte a ti.
—Lo sé. —Suspiré—. Pero si empiezo a matar a todos los que me odian, no quedaría nadie con vida en el imperio.
Tess sonrió.
—Eres extraño, Kayden Voss.
—Me lo dicen mucho.
—No me extraña.
Nos quedamos en silencio, escuchando los rugidos lejanos de los dragones salvajes. La luna se alzaba sobre los Páramos, y su luz fría se filtraba por la entrada de la cueva.
—Tess —dije—. Gracias. Por estar aquí.
—No tienes que agradecerme nada. Estamos juntos en esto.
—Lo sé. Pero gracias igualmente.
Ella se acercó y me dio un golpecito en el hombro.
—Descansa, jinete de dragón. Mañana conquistaremos el mundo.
—O moriremos intentándolo.
—Eso también.
Me recosté contra la pared, con la marca del ala latiendo en mi pecho. Y por primera vez en mi vida, sentí que quizás, solo quizás, no estaba solo en la oscuridad.