El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo CAPÍTULO 2 EL HIJO DEL TRAIDOR
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CAPÍTULO 2 EL HIJO DEL TRAIDOR

La niebla ardía.

No era una llama normal, de las que iluminan y calientan.

Era una llama carmesí, opaca, que devoraba la niebla sin consumirla, convirtiendo el aire en una sopa de ceniza y sangre.

Yo retrocedí, arrastrando a Tess conmigo, mientras el dragón desplegaba sus alas y un rugido que no era un rugido —un sonido que venía de dentro, que vibraba en los huesos— nos atravesaba como una lanza.

—¿Qué está pasando? —gritó Tess.

—Es Varkoth —respondí, con la garganta seca—. El dragón de Sangre.

—¿El dragón de Sangre? ¡Está sellado! ¡Lleva cincuenta años sellado!

—Pues alguien olvidó echarle la llave.

El dragón se alzó sobre sus patas traseras, y solo entonces entendí la magnitud de lo que estábamos viendo.

Aquello no era un dragón joven de cuatro metros.

Era una criatura colosal, del tamaño de una colina, con escamas carmesíes que brillaban como mil rubíes y unos ojos que no eran amarillos: eran dorados, antiguos, llenos de una furia que llevaba décadas acumulándose.

«No soy yo quien ha venido a vosotros», resonó la voz de Varkoth en mi mente. «Sois vosotros quienes habéis entrado en mi territorio.»

—Kayden... —Tess me tiró del brazo—. Tenemos que correr.

—No servirá de nada. Si nos quiere muertos, ya lo estaríamos.

«El hijo del traidor tiene razón», dijo Varkoth, inclinando su cabeza colosal hacia mí. «Si hubiera querido mataros, vuestros huesos ya estarían mezclados con la ceniza.»

—Entonces, ¿qué quieres? —pregunté, alzando la voz por encima del crepitar de las llamas.

«Quiero lo que me fue arrebatado. Quiero justicia. Quiero venganza.» Sus ojos dorados se fijaron en mí, y por un instante, sentí como si me desnudaran el alma. «Y quiero que tú, Kayden Voss, hijo de mi jinete muerto, me ayudes a conseguirlo.»

El mundo se detuvo.

—¿Mi padre era tu jinete?

«Durante once años. El mejor jinete que he conocido. Y el único que se atrevió a enfrentarse al emperador para protegerme.»

—¿Protegerte de qué?

«De la extinción. De la purga. De la Casa Vorath, que ha jurado borrar a mi especie de la faz del mundo.»

La niebla carmesí se arremolinaba a nuestro alrededor, formando figuras que se deshacían antes de cobrar forma. Tess, a mi lado, temblaba. No de frío, sino de miedo. Un miedo que yo compartía.

—Si eres el dragón de Sangre —dijo Tess, con la voz apenas audible—, ¿por qué no nos has matado?

«Porque no sois mis enemigos. Aún.» Varkoth extendió una zarpa, y una garra del tamaño de un sable se posó en el suelo frente a mí, sin tocarme. «El muchacho lleva mi marca. La marca del ala. Eso significa que su alma y la mía están conectadas desde antes de que naciera.»

—¿Conectadas? —repetí, incrédulo.

«Tu madre no te lo contó, ¿verdad? No te habló del pacto que hizo conmigo la noche en que naciste.»

—¿Qué pacto?

«Tu vida, a cambio de la mía. Ella me ofreció a su primogénito para que yo pudiera sobrevivir. Y yo acepté.»

Un vacío se abrió en mi estómago. Mi madre. Aquella mujer callada y gastada que me crió en una cabaña de ceniza, que me enseñó a rastrear dragones, que me abrazaba por las noches y lloraba en silencio cuando creía que yo dormía.

—No te creo —dije, apretando los puños.

«No necesitas creerme. Pero la verdad está ahí, grabada en tu piel. La marca del ala no es una maldición. Es un contrato. Un vínculo en potencia, esperando a ser sellado.»

—¿Y si me niego?

«Entonces morirás en esta prueba, como los otros ochenta. Porque sin mi protección, los Páramos te devorarán.»

—¿Me estás amenazando?

«Te estoy ofreciendo una elección. La única que te queda.»

Un rugido lejano resonó en las colinas. Otros dragones. Varkoth giró su cabeza colosal hacia el sonido, y sus ojos dorados parpadearon.

«Se acercan. Los dragones salvajes han olido mi sangre en ti. Vendrán a por ti, muchacho. Y si no estás vinculado a mí cuando lleguen, te despedazarán.»

—¿Cuánto tiempo tengo?

«Menos del que crees.»

Miré a Tess. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos verdes seguían brillando con aquella chispa que me había llamado la atención desde el principio.

—¿Qué hacemos? —preguntó.

—No lo sé. —Me pasé una mano por el cabello, notando la ceniza pegajosa—. Esto es una locura.

—Sí. Pero quizás sea la única salida.

—¿Estás sugiriendo que acepte su oferta?

—Estoy sugiriendo que no muramos esta noche. —Tess me miró fijamente—. Además, Kayden, piensa. Si de verdad eres el hijo de su jinete, si de verdad llevas su marca... quizás esto sea lo que estabas destinado a hacer. Quizás sea la forma de limpiar el nombre de tu padre.

Aquellas palabras me golpearon como un puñetazo. Limpiar el nombre de mi padre. Lo que había deseado desde que tenía ocho años. Lo que me había mantenido vivo durante diez años de exilio y desprecio.

—¿Y si es una trampa? —pregunté.

—Entonces moriremos. Pero ya estamos muertos. La Prueba es una sentencia para los que no son elegidos. Y tú sabes que no ibas a ser elegido. Nadie con tu marca lo es.

Tenía razón. Mientras los demás buscaban dragones, los dragones me evitarían a mí. Mi marca era una sentencia de rechazo. Sin Varkoth, no tenía ninguna posibilidad.

—Está bien —dije al fin—. Acepto.

«Sabía que lo harías.» La voz de Varkoth sonó casi suave. «Ahora, muchacho, bebe.»

—¿Beber?

«Mi sangre. La sangre del dragón de Sangre. Sin ella, el vínculo no puede completarse.»

Varkoth alzó su zarpa y se hizo un corte superficial en la palma. De la herida brotó un líquido carmesí, espeso y brillante, que desprendía un calor tan intenso que podía sentirlo desde donde estaba.

«Beberás mi sangre y yo beberé la tuya. Nuestras almas se entrelazarán. Y si sobrevives al dolor, serás mi jinete.»

—¿Y si no sobrevivo?

«Entonces morirás. Y yo volveré a dormir.»

Genial. Sin presión.

Me acerqué a la zarpa extendida. La sangre de Varkoth ardía como un fuego líquido, y el olor que desprendía era dulzón y metálico al mismo tiempo. Me arrodillé frente a ella, con el corazón latiendo tan fuerte que me dolía el pecho.

—Tess —dije sin girarme—. Si muero aquí, quiero que...

—No vas a morir. —Su voz sonó firme—. Eres Kayden Voss. El chico de la marca. Y los dragones te han mirado antes de nacer. Bebe.

Sonreí a pesar de todo.

Y bebí.

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El dolor fue como tragar un sol.

La sangre de Varkoth me quemó la garganta, el estómago, las venas. Grité, pero el grito se me ahogó en un torrente de fuego líquido que se extendía por todo mi cuerpo. Caí de rodillas, con las manos clavadas en la ceniza, y sentí que el mundo se deshacía a mi alrededor.

«No luches contra el dolor», dijo Varkoth. «Acéptalo. Es la forja del vínculo.»

Aceptar el dolor. Fácil decirlo. Imposible hacerlo.

El fuego me devoraba desde dentro. Me retorcía, arañaba el suelo, mordía la ceniza.

La marca del ala en mi pecho ardía como una herida abierta, y por un instante, vi a mi padre.

No como lo recordaba, sino como debió ser en sus últimos momentos: de pie frente al emperador, con la espada en la mano y el dragón de Sangre a su espalda.

«Eres su hijo», susurró Varkoth. «Llevas su valentía en la sangre. Demuestra que la mereces.»

Apreté los dientes y me obligué a levantarme. Las llamas carmesí me envolvían, pero ya no me quemaban. Me atravesaban, me moldeaban, me convertían en algo nuevo.

Y entonces, el dolor cesó.

Me quedé de pie, jadeando, cubierto de sudor y ceniza. La niebla carmesí se había disipado, y en su lugar, una calma extraña se cernía sobre los Páramos. Varkoth me observaba con sus ojos dorados, y en ellos, por primera vez, vi algo parecido a la aprobación.

«Bienvenido, mi jinete.»

—¿Soy... tu jinete? —pregunté, con la voz ronca.

«Eres más que eso. Eres mi venganza. Mi futuro. Mi última esperanza.»

—Y tú eres... mi dragón.

«Sí. Y juntos, Kayden Voss, haremos temblar al imperio.»

Tess se acercó corriendo, con el rostro lleno de asombro.

—Lo has conseguido —dijo—. Estás vivo.

—Sí. —Me toqué el pecho. La marca del ala ya no ardía. Ahora latía, al ritmo de un segundo corazón—. Estoy vivo.

—¿Y la prueba? ¿Qué hacemos ahora?

—Ahora —dijo Varkoth, y su voz resonó en nuestras mentes—, sobrevivimos a la noche. Porque los dragones salvajes ya están aquí.

Los rugidos que habíamos oído en la distancia estallaron a nuestro alrededor.

Y la primera bestia surgió de la niebla.