El Último Dragón de Sangre: La prueba del vínculo
© inepub.com
CAPÍTULO 1 EL DÍA QUE ME ELIGIÓ EL DRAGÓN
El día que me eligió el dragón, yo ya estaba muerto.
Al menos, eso era lo que decían todos en los Páramos de Ceniza.
Kayden Voss, el hijo del traidor, el chico de la marca maldita.
Había nacido con una mancha carmesí con forma de ala en el pecho, y en el Imperio Vorath eso solo significaba una cosa: los dragones te habían rechazado antes de nacer.
Nadie con esa marca había logrado jamás un vínculo.
Nadie con esa marca había sobrevivido jamás a la Prueba.
Por eso, cuando crucé la puerta de hueso que marcaba la entrada al Campo de los Caídos, los otros aspirantes me miraron como se mira a un cadáver que aún no ha terminado de pudrirse.
—Traidor —escupió alguien a mi paso.
—Maldito —susurró otro.
—Deberías haberte quedado en tu páramo, Voss —dijo una voz más fuerte, más segura—. Aquí solo vas a morir más despacio.
No me giré. No hacía falta. Conocía esa voz: Baelen de la Casa Drax, hijo de un general, heredero de una fortuna que yo no podría imaginar ni en diez vidas.
Vestía una armadura ligera de escamas grises, forjada con el hierro de las Minas Eternas, y llevaba una espada al cinto que costaba más que mi aldea entera.
Sus ojos, del color del acero, me atravesaron con el desprecio de quien pisa una cucaracha.
—Qué amable, Drax —respondí sin detenerme—. ¿Me has preparado un funeral o solo querías despedirte?
—No te confundas, escoria. Solo quería avisarte: si entras en los Páramos, morirás antes del amanecer. Y no será un dragón quien te mate. Seré yo.
—Anótalo en tu diario. Ahora, si me disculpas, tengo una prueba que ganar.
Seguí caminando, con la espalda recta y el miedo retorciéndoseme en el estómago como una serpiente hambrienta. Cien aspirantes. Solo veinte serían elegidos. Los otros ochenta morirían en los Páramos, devorados por dragones salvajes, por las bestias de la niebla o por sus propios compañeros.
Era un sistema brutal, diseñado para eliminar a los débiles y premiar a los despiadados. El Emperador Vorath lo llamaba "la selección de los dignos". Mi madre lo llamaba "la carnicería". Y yo, que había crecido entre dragones salvajes y ceniza, sabía que la verdad estaba más cerca de lo segundo.
—¿Nervioso?
La voz me sobresaltó. Me giré y me encontré con una chica que no había visto antes.
Era un año menor que yo, quizás dieciocho, con el cabello castaño recogido en una trenza apretada y los ojos verdes llenos de una chispa que no acababa de encajar con la solemnidad del lugar.
Vestía ropas de cazadora, sencillas y funcionales, y llevaba una daga de hoja curva en el cinturón.
—No —mentí.
—Mientes mal. Se te ve en la mandíbula. —Sonrió y me tendió la mano—. Soy Tess. Hija de un herrero de Korvahl. Y tú eres Kayden Voss, el chico de la marca.
—Veo que mi fama me precede.
—Más o menos. Los aspirantes no hablan de otra cosa. Unos dicen que estás loco. Otros, que eres un suicida. Y algunos... —Tess inclinó la cabeza—. Algunos dicen que eres el único que podría sobrevivir ahí dentro.
—¿Y qué dices tú?
—Yo digo que me da igual lo que digan los demás. Si tienes la marca del ala, significa que los dragones te han mirado antes de nacer. Y si te han mirado, quizás te estén esperando.
Me quedé sin palabras. Nadie, en diecinueve años, me había dicho algo parecido. Ni mi madre, que me quería pero temía por mí. Ni los aldeanos, que me evitaban. Ni siquiera el viejo cazador que me enseñó a rastrear dragones sin que me mataran.
—Eres extraña —dije al fin.
—Lo sé. Es mi encanto. —Tess sonrió de nuevo—. ¿Vamos? La ceremonia está a punto de empezar.
La seguí a través del Campo de los Caídos, un descampado de tierra negra sembrado de estatuas rotas.
Las estatuas representaban a los jinetes caídos: hombres y mujeres que habían muerto en la Prueba o en las guerras del imperio.
Algunas tenían alas de piedra. Otras, garras.
Todas parecían observarnos con una mezcla de lástima y advertencia.
En el centro del campo, un estrado de mármol negro se alzaba sobre la multitud. Sobre él, un hombre alto y enjuto, vestido con una túnica gris bordada en plata, nos esperaba con los brazos abiertos.
—¡Aspirantes de Vorath! —Su voz resonó amplificada por la magia—. Hoy comienza la Prueba del Vínculo. Siete días en los Páramos de Ceniza. Siete días para demostrar vuestro valor. Siete días para que los dragones os elijan.
Un murmullo recorrió la multitud. Algunos aspirantes rezaban. Otros apretaban las empuñaduras de sus armas.
—Pero recordad —continuó el hombre, y su tono se volvió sombrío—: los dragones no eligen a los débiles. No eligen a los cobardes. No eligen a los que dudan. Si no sois elegidos, moriréis. Es la ley del vínculo. Es la voluntad del imperio.
—Es la voluntad del carnicero —murmuré.
Tess me dio un codazo. El hombre del estrado siguió hablando, describiendo las reglas: no hay armas permitidas dentro de los Páramos salvo las que podáis fabricar; no hay ayuda externa; no hay rendición. Al final de los siete días, los dragones se acercarán a los supervivientes. Elegirán. O no.
—¿Y si no nos eligen? —preguntó alguien desde la multitud.
—Entonces moriréis en los Páramos. —El hombre sonrió—. Como está previsto.
La ceremonia terminó con una explosión de fuego verde en el cielo, una señal para los dragones que acechaban en las montañas. Los aspirantes comenzaron a moverse hacia las puertas de hueso que conducían a los Páramos, un río de juventud y miedo fluyendo hacia la muerte.
Yo me quedé quieto un instante, mirando las estatuas rotas. Una de ellas, la más cercana, representaba a un jinete sin rostro, con las alas extendidas y una grieta en el pecho. Sobre la grieta, alguien había tallado una palabra: traidor.
—Kayden —llamó Tess—. ¿Vienes?
—Voy.
Cerré los ojos y toqué la marca del ala bajo la camisa. Ardía, como siempre que me acercaba a los dragones. Como si supiera que algo me esperaba al otro lado de las puertas.
Algo que había estado esperando durante diecinueve años.
«Ven», susurró una voz en mi mente.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Has oído eso? —pregunté.
—¿Oír qué? —Tess me miró con extrañeza.
—Una voz. Como un susurro.
—No he oído nada. Será el viento.
No era el viento.
El viento no conocía mi nombre.
«Ven, hijo del traidor», repitió la voz, más fuerte esta vez. «Ven a morir o a renacer. El páramo no distingue.»
Apreté los puños y crucé las puertas de hueso.
La Prueba había comenzado.
---
El Páramo de Ceniza no era un desierto.
Era un cementerio.
La tierra, negra y cuarteada, se extendía ante nosotros como la piel de una bestia muerta.
No había árboles, ni hierba, ni flores. Solo rocas afiladas, montículos de ceniza y la niebla rojiza que lo cubría todo con un velo de sangre.
El aire olía a azufre y a carroña, y en la distancia, el rugido de los dragones resonaba como un trueno perpetuo.
Los cien aspirantes se dispersaron en grupos pequeños.
Algunos corrieron hacia las colinas. Otros se quedaron cerca de la entrada, como si temieran alejarse demasiado.
Baelen y su séquito de nobles tomaron el camino del norte, riendo y bromeando como si esto fuera un paseo por los jardines del palacio.
—¿Por dónde vamos? —preguntó Tess.
—Al este. Hay cuevas en las estribaciones. Serán un buen refugio para la primera noche.
—¿Cómo lo sabes?
—Crecí aquí. Bueno, en un páramo parecido. Los dragones salvajes duermen de día y cazan de noche. Si encontramos una cueva profunda, podremos escondernos hasta el amanecer.
—¿Y después?
—Después, buscamos agua. Y evitamos a los demás aspirantes.
Tess asintió. Caminamos en silencio durante más de una hora, esquivando rocas y montículos de ceniza. La niebla se espesaba a cada paso, y el sol, apenas visible, se teñía de rojo como una herida abierta.
De vez en cuando, veía movimientos en la niebla. Sombras que se deslizaban entre las rocas. Ojos que brillaban en la oscuridad. Los dragones salvajes nos observaban, pero no atacaban. Aún no.
—Kayden —dijo Tess de pronto—. ¿Esa voz que oíste... era un dragón?
—No lo sé. Tal vez.
—Los aspirantes dicen que los dragones hablan con los elegidos. Que el vínculo comienza antes de que se establezca.
—Mi padre me contó algo parecido. Decía que su dragón le habló en sueños durante años antes de elegirlo.
—¿Tu padre era jinete?
—Sí. —Apreté la mandíbula—. Lo ejecutaron por traición cuando yo tenía ocho años. Mi madre y yo fuimos exiliados a los Páramos.
—Lo siento.
—No lo sientas. No lo conociste.
—Aun así. —Tess me miró con una sinceridad que me desconcertó—. Perder a un padre es duro. El mío murió en las Minas de Hierro cuando yo tenía doce. Los guardias dijeron que fue un accidente. Mi madre siempre supo que fue un asesinato.
—¿Y no hiciste nada?
—¿Qué podía hacer? Era una niña. —Tess esbozó una sonrisa amarga—. Por eso estoy aquí. Para ganar un dragón. Para tener poder. Para que nadie más pueda pisotearnos.
—El poder no te devolverá a tu padre.
—No. Pero me dará la fuerza para vengarlo.
Seguimos caminando. La niebla se cerraba a nuestro alrededor, y el silencio se volvía más denso. Los rugidos de los dragones se habían apagado, reemplazados por un susurro constante que me erizaba la piel.
—Tess —dije en voz baja—. Detente.
—¿Qué pasa?
—Nos están siguiendo.
Tess se quedó inmóvil. Sus ojos verdes escudriñaron la niebla, buscando lo que yo ya había sentido: una presencia, una respiración, un latido.
—¿Cuántos? —preguntó.
—Tres. Quizás cuatro.
—¿Humanos?
—No.
La niebla se abrió ante nosotros.
Y entonces, lo vimos.
Era un dragón.
No uno salvaje, de los que cazaban en las montañas. Era un dragón joven, de escamas grises y ojos amarillos, con las alas plegadas y el cuello arqueado. Medía unos cuatro metros de largo, pequeño para su especie, pero sus garras brillaban como cuchillas recién afiladas.
—Hierro —murmuré—. Un Hierro joven.
—¿Nos atacará?
—No lo sé. —Despacio, me llevé la mano al pecho, donde la marca del ala ardía como una brasa—. Pero si lo hace, no podremos luchar contra él.
—¿Entonces?
—Entonces, reza.
El dragón inclinó la cabeza y me miró directamente. Sus ojos amarillos, verticales, me examinaron con una inteligencia que no esperaba. Y en mi mente, la voz volvió a sonar.
«Tú no eres como los otros.»
—¿Quién eres? —pregunté en voz alta, sin apartar la mirada.
«Soy el que te ha estado esperando. El que ha dormido bajo la ceniza durante cincuenta años. El que mató a un emperador y fue sellado por ello.»
Sentí un escalofrío. No era un dragón joven de Hierro. Era algo mucho más antiguo. Mucho más peligroso.
—Varkoth —susurré.
«Sí, hijo del traidor. Soy yo. Y he venido a reclamarte.»
El dragón extendió sus alas.
Y la niebla se incendió.