EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 75 EL OCASO DE LIRIA
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CAPÍTULO 75 EL OCASO DE LIRIA

Diez años más tarde, Liana sintió que su hora se acercaba.

Tenía casi setenta años, y aunque su mente seguía siendo tan lúcida como siempre, su cuerpo empezaba a flaquear.

Ya no podía volar durante horas como antes, y sus manos, antaño firmes, temblaban ligeramente al sujetar las riendas de sus dragones.

—Ha llegado el momento —le dijo a Aldric una mañana, mientras paseaban por el jardín de la escuela.

—¿El momento de qué?

—De cederte el mando. Tú serás el nuevo director de la escuela. Yo me retiraré a las montañas, como hizo Lira.

—Pero aún eres joven.

—No tan joven como antes. Y tú estás preparado. Llevas años siéndolo.

—No sé si podré estar a tu altura.

—Claro que podrás. Eres el mejor guardián que he conocido.

—Gracias, Liana.

—No hay de qué, Aldric.

La ceremonia de traspaso se celebró una semana después, en el patio de la escuela.

Todos los guardianes asistieron, y también los dragones, que formaban un círculo de escamas multicolores alrededor de los presentes.

Liana, de pie en el centro del patio, entregó a Aldric el bastón de mando que había pertenecido a Maera, a Lira y a todos los directores que la habían precedido.

—Este bastón simboliza la responsabilidad de liderar la orden —dijo Liana—. Úsalo con sabiduría. Con justicia. Con amor.

—Lo haré —respondió Aldric—. Te lo prometo.

—Entonces, la escuela es tuya.

Los presentes aplaudieron, y los dragones rugieron en señal de aprobación. Liana, con lágrimas en los ojos, montó sobre Kael por última vez. Esme, a su lado, emitió un ronroneo suave.

—¿Adónde vamos? —preguntó Kael.

—A casa —respondió Liana—. A la cueva donde empezó todo.

Los dragones desplegaron sus alas y se elevaron hacia el cielo, dejando atrás la escuela y adentrándose en las montañas.

Liana contempló el paisaje por última vez, sabiendo que no volvería.

Pero no le importaba. Había cumplido su misión.

Había protegido a los dragones. Había formado a una nueva generación de guardianes. Y ahora, podía descansar.

En la cueva de la Sierra Quebrada, Liana se tumbó junto a Kael y Esme, contemplando las estrellas a través de la entrada. Los cristales de cuarzo brillaban débilmente en las paredes, y el lago termal humeaba en el centro. Era el mismo lugar donde había encontrado el huevo de Esme, tantos años atrás.

—Hemos recorrido un largo camino —dijo Liana.

—Sí —respondió Kael—. Muy largo.

—¿Crees que hemos hecho lo correcto?

—Sí. Sin duda.

—Entonces, puedo morir en paz.

—No vas a morir. Solo vas a dormir.

—Eso espero. Porque quiero soñar contigo. Con Esme. Con Lira. Con todos los que nos precedieron.

—Soñarás. Te lo prometo.

Liana cerró los ojos, y una sonrisa se dibujó en sus labios. Kael y Esme la rodearon con sus alas, protegiéndola del frío de la noche. Y juntos, guardiana y dragones, se sumergieron en un sueño del que nunca despertarían.