CAPÍTULO 68 LA SOMBRA INTERIOR
Pero la paz, como Liana había aprendido a lo largo de los años, nunca era completa. Siempre había grietas. Siempre había sombras. Y a veces, las sombras más peligrosas no eran las que venían de fuera, sino las que crecían en el interior de cada uno.
Una noche, mientras revisaba los informes de las patrullas en su despacho, Liana sintió algo que no había sentido en mucho tiempo. Una presencia. Una voz. Un susurro que le hablaba desde lo más profundo de su mente.
—Has sido una buena guardiana —decía la voz—. Has protegido a tus dragones. Has guiado a tu orden. Pero, ¿qué has conseguido realmente? La Sombra sigue ahí. El Harbinger sigue vivo. Y tú... tú sigues siendo la misma niña asustada que llegó a esta escuela hace tantos años.
—No soy esa niña —respondió Liana, en voz alta—. He cambiado.
—¿De verdad? ¿O solo te has convencido a ti misma de que has cambiado? Porque en el fondo, sigues teniendo miedo. Miedo de no ser suficiente. Miedo de fallar. Miedo de perder a los que amas.
—Cállate.
—No puedes silenciarme. Soy parte de ti. Soy la semilla que la Sombra plantó en tu interior cuando tocaste la columna de luz. He estado creciendo lentamente, alimentándome de tus dudas, de tus miedos, de tu dolor. Y ahora, ha llegado el momento de que florezca.
Liana sintió un dolor agudo en el pecho. Se miró las manos, y vio que sus dedos se estaban volviendo negros, como si alguien los estuviera quemando. Intentó gritar, pero la voz no le salió.
—Kael... —murmuró, a través del vínculo.
—Estoy aquí —respondió el dragón púrpura, que había sentido su angustia desde el otro extremo de la escuela—. No te muevas. Voy para allá.
Kael llegó en cuestión de segundos, derribando la puerta del despacho con sus garras. Al ver a Liana, con las manos ennegrecidas y el rostro desencajado, emitió un rugido que resonó en toda la escuela.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó.
—La semilla... el Harbinger... plantó una semilla en mí...
—No. Eso es imposible.
—Es real. La siento. Está creciendo dentro de mí.
—Voy a buscar a Aureus. Él sabrá qué hacer.
—No hay tiempo. Si la semilla florece, me convertiré en un nuevo Harbinger. Y entonces, la Sombra habrá ganado.
—No voy a permitirlo.
—No puedes detenerlo. Solo hay una forma.
—¿Cuál?
—Destruirme. Antes de que la semilla me consuma.
—No. No voy a hacerlo.
—Kael...
—¡He dicho que no!
El dragón púrpura se negó a obedecer. En lugar de atacar a su guardiana, la envolvió con sus alas y la apretó contra su pecho, transmitiéndole su calor, su fuerza, su amor.
Y Liana, que había estado a punto de rendirse, sintió que la semilla de sombra se debilitaba.
Porque el amor era más fuerte que el odio.
Y mientras Kael estuviera a su lado, la oscuridad nunca podría vencerla.
—No voy a dejarte —dijo Kael—. Nunca.
—Lo sé —respondió Liana, con lágrimas en los ojos—. Lo sé.