CAPÍTULO 67 EL OCASO DE LOS ANCIANOS
Los años pasaron, implacables. Maera, la directora que había guiado la escuela durante décadas, falleció una noche de invierno, en paz, rodeada de sus guardianes y de sus dragones.
Su muerte dejó un vacío inmenso en la orden, pero también un legado de sabiduría y dedicación que perduraría para siempre.
—Fue una gran mujer —dijo Liana, durante el funeral, celebrado en el patio de la escuela bajo un cielo gris que parecía estar de luto—. Una gran líder. Una gran amiga.
—Era como una madre para todos nosotros —añadió Selene, con lágrimas en los ojos.
—Ahora nos toca a nosotros continuar su obra.
Poco después de la muerte de Maera, Merrick también se fue.
El anciano profesor, que había dedicado su vida a enseñar a generaciones de guardianes, falleció mientras dormía, con un libro de runas antiguas sobre el pecho y una sonrisa en los labios.
Liana lo encontró a la mañana siguiente, y aunque sintió una punzada de dolor, también sintió gratitud.
Gratitud por todo lo que Merrick le había enseñado.
Gratitud por su amistad. Gratitud por su legado.
—Era el último de los antiguos —dijo Darien, durante el funeral—. El último que conoció a Lira en persona.
—No —respondió Liana—. Lira sigue viva. En nosotros. En los dragones. En cada guardián que lucha por la paz.
—Eso es muy bonito.
—Es verdad.
La muerte de los ancianos marcó el fin de una era.
Pero también el comienzo de otra. Liana, que ya era la directora de la escuela, asumió el liderazgo de la orden con una determinación renovada.
Ya no era la joven que había llegado a la escuela con un hatillo de pan y queso.
Era una mujer madura, experimentada, que había visto la muerte de cerca y había aprendido a valorar la vida.
—Tenemos que seguir adelante —les dijo a los guardianes, reunidos en el gran salón—. Por Maera. Por Merrick. Por todos los que dieron su vida por esta causa.
—Lo haremos —respondió Selene.
—Juntos —añadió Aldric.
—Siempre juntos —concluyó Liana.