EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 65 EL DISCÍPULO
80%

CAPÍTULO 65 EL DISCÍPULO

Una mañana de primavera, cuando las nieves empezaban a derretirse en las cumbres de la Sierra Quebrada, llegó a la escuela un joven que nadie había visto antes.

Tendría unos quince años, el pelo castaño y revuelto, los ojos de un color verde intenso, y una determinación en la mirada que recordaba a la de Liana cuando llegó por primera vez a aquel mismo lugar.

—Busco a la directora —dijo, dirigiéndose al primer guardián que encontró en el patio.

—Yo soy la directora —respondió Liana, que estaba supervisando el entrenamiento de los alumnos más jóvenes—. ¿Qué deseas?

—Quiero ser guardián. He oído hablar de vosotros. De los dragones. De Lira la Salvaje. Y quiero unirme a la orden.

—¿Cómo te llamas?

—Aldric. Aldric de las Aldeas del Sur.

Liana sintió un escalofrío. Aldric. Como el legendario profesor que había formado a los primeros guardianes, el mentor de Lira y Kira. ¿Era una coincidencia? ¿O el destino estaba jugando una de sus cartas?

—Aldric es un nombre con mucho peso en esta escuela —dijo Liana—. ¿Sabes quién fue?

—Sí. Fue el maestro de Lira. El que le enseñó a leer las runas de los antiguos. El que la guió en sus primeros pasos como guardiana.

—Veo que sabes historia.

—Mi abuela me la enseñó. Ella fue alumna de esta escuela, hace muchos años.

—¿Cómo se llamaba tu abuela?

—Elara. Elara de los Bosques del Sur.

Liana recordó el nombre. Elara había sido una de las guardianas más prometedoras de su generación, compañera de un dragón verde llamado Esme —el segundo de su nombre—. Había muerto años atrás, durante una patrulla en el norte, defendiendo a su dragón de una manada de criaturas de sombra.

—Conocí a tu abuela —dijo Liana—. Fue una gran guardiana.

—Lo sé. Y yo quiero ser como ella.

—Eso no es algo que se pueda decidir. Los dragones eligen a sus guardianes, no al revés.

—Lo sé. Pero si no lo intento, nunca lo sabré.

Liana observó al joven durante unos segundos. Tenía la misma determinación que ella a su edad. La misma ilusión. El mismo fuego en la mirada.

—Está bien —dijo—. Puedes quedarte. Te alojaremos en los dormitorios de los alumnos, y empezarás las clases mañana.

—Gracias, directora.

—Llámame Liana.

—Gracias, Liana.

Aldric resultó ser un alumno excepcional. Aprendía rápido, prestaba atención a las clases, y mostraba un respeto por los dragones que no era habitual en alguien de su edad. Los demás guardianes lo acogieron con los brazos abiertos, y Merrick, que ya casi no daba clases, hizo una excepción con él.

—Este chico me recuerda a alguien —dijo Merrick una tarde, mientras observaba a Aldric entrenar en el patio.

—¿A quién? —preguntó Liana.

—A Lira. La misma determinación. La misma humildad. La misma conexión con los dragones.

—¿Crees que será elegido?

—No lo sé. Pero si lo es, será un gran guardián.

Pasaron las semanas, y Aldric seguía sin ser elegido por ningún dragón. No se desesperaba —había aprendido de Liana que el vínculo no se podía forzar—, pero cada noche, antes de dormir, salía al patio y contemplaba las estrellas, preguntándose si algún día llegaría su momento.

Una noche, mientras paseaba por los jardines de la escuela, algo le llamó la atención. Un brillo. Un brillo tenue, casi imperceptible, que provenía del interior de una cueva cercana. Era la cueva donde Liana había encontrado el huevo de Esme, años atrás.

Aldric se acercó lentamente, con el corazón latiéndole a toda velocidad. Entró en la cueva y, al fondo, junto a un nido de piedra, encontró un huevo. Un huevo de dragón, cubierto de escamas diminutas, de un color que oscilaba entre el verde y el dorado.

—Hola —dijo, con la voz temblorosa.

El huevo emitió un brillo suave, como si le estuviera respondiendo.

—Eres para mí, ¿verdad?

El huevo volvió a brillar, y Aldric supo que había encontrado a su dragón.

A la mañana siguiente, Aldric se presentó ante Liana con el huevo en brazos.

—He encontrado esto —dijo—. En la cueva. Creo que me ha elegido.

Liana contempló el huevo con una sonrisa.

—Es un huevo de dragón verde y dorado —dijo—. Una combinación muy rara. Solo he visto uno así en toda mi vida.

—¿De quién era?

—De Aureus. El dragón dorado de Darien. Pero Aureus no tuvo crías. Este huevo... este huevo es especial.

—¿Qué significa?

—Significa que el ciclo continúa. Y que tú, Aldric, serás el próximo guardián de un dragón legendario.

—Como Lira y Kael.

—Como todos nosotros.

Aldric abrazó el huevo contra su pecho, y en ese momento, supo que su vida acababa de cambiar para siempre.