CAPÍTULO 64 LAS RAÍCES OCULTAS
La destrucción del árbol de sombra debería haber sido una victoria, pero Liana no conseguía quitarse de la cabeza las palabras del Harbinger: "La Sombra nunca muere del todo".
Durante días, esa frase resonó en su mente como un eco persistente.
Habían vencido, sí, pero ¿a qué precio? ¿Cuántas semillas más habían quedado esparcidas por el mundo, esperando el momento de germinar?
—Estás preocupada —dijo Kael una mañana, mientras volaban sobre los bosques del norte, inspeccionando el terreno donde había estado el árbol.
—Sí —admitió Liana—. No puedo evitarlo.
—¿Por el Harbinger?
—Por lo que dijo antes de morir. Dijo que la Sombra volvería. Y si ha dejado una semilla aquí, puede haber dejado otras. Cientos de ellas, esparcidas por todo Alborada.
—Eso es imposible. Habríamos notado algo.
—¿Seguro? La primera semilla pasó desapercibida durante semanas. Creció en silencio, alimentándose de la oscuridad. ¿Cuántas más habrá como esa, esperando su momento?
Kael guardó silencio. Sabía que Liana tenía razón. El Harbinger era una criatura astuta, y no habría dejado su legado al azar.
—Tenemos que revisar todos los lugares donde el Harbinger estuvo —dijo Liana—. Cada aldea, cada bosque, cada cueva. Buscar cualquier señal de semillas de sombra.
—Eso llevará meses.
—Lo sé. Pero no tenemos otra opción.
Aquella misma tarde, Liana reunió al consejo de guardianes en el gran salón de la escuela. Asistieron todos: Maera, Merrick, Selene, Eryndor, Nerea, Alba, Darien, y una docena de guardianes más jóvenes que se habían unido a la orden en los últimos años.
—Tenemos un problema —dijo Liana, sin preámbulos—. El Harbinger dejó semillas de sombra antes de morir. Ya hemos encontrado una. Puede que haya más.
—¿Cuántas? —preguntó Maera.
—No lo sabemos. Pero tenemos que averiguarlo.
—¿Y cómo propones que lo hagamos?
—Organizando patrullas. Dividiremos Alborada en sectores, y cada guardián se encargará de inspeccionar el suyo. Buscaremos cualquier señal de árboles de sombra, cualquier anomalía en la tierra, cualquier criatura que se comporte de forma extraña.
—Eso es una tarea titánica —dijo Eryndor—. Alborada es enorme.
—Lo sé. Pero no tenemos otra opción. Si dejamos que las semillas crezcan, volverán a surgir árboles de sombra. Y cada árbol será una puerta para que la Sombra regrese.
—Entonces, pongámonos en marcha —dijo Nerea, con su determinación de siempre—. Yo me encargaré del sector de las Montañas de Fuego.
—Yo del Mar de las Lágrimas —añadió Eryndor.
—Yo de los bosques del sur —dijo Alba.
—Y yo de las llanuras centrales —concluyó Darien.
—Yo me quedaré aquí, en la escuela —dijo Liana—. Coordinando las patrullas. Y vigilando el Corazón de la Montaña. Si la Sombra intenta algo, será allí donde ataque primero.
—¿Y nosotros? —preguntó Selene, señalándose a sí misma y a Aureus.
—Vosotros vendréis conmigo. Necesito a los dragones más poderosos a mi lado.
—Entonces, Kael y Esme también.
—Sí. Kael y Esme también.
Las patrullas partieron al amanecer. Durante meses, los guardianes recorrieron Alborada de punta a punta, inspeccionando cada rincón del reino en busca de señales de semillas de sombra. Fue un trabajo agotador, pero no encontraron nada. Ni un solo árbol de sombra. Ni una sola anomalía en la tierra.
—Quizá no había más semillas —dijo Selene una noche, mientras cenaban en el gran salón—. Quizá el árbol que destruimos era el único.
—Quizá —respondió Liana—. Pero no podemos bajar la guardia.
—No lo haremos. Pero también tenemos que permitirnos descansar. Los guardianes están agotados.
—Lo sé. Y se lo han ganado. Pero el Harbinger dijo que la Sombra volvería. Y yo no pienso dejar que nos coja desprevenidos.
Pasaron los meses, y la calma volvió a reinar en Alborada.
Las patrullas se redujeron, los guardianes regresaron a sus puestos, y la vida en la escuela volvió a la normalidad.
Pero Liana seguía vigilante. Cada noche, antes de acostarse, salía al patio y contemplaba el horizonte, buscando cualquier señal de oscuridad.
Y cada mañana, al despertar, lo primero que hacía era acercarse al Corazón de la Montaña para comprobar que el sello seguía intacto.
—Eres la guardiana más dedicada que he conocido —le dijo Maera una noche, acompañándola en su vigilia.
—Solo hago lo que tengo que hacer —respondió Liana.
—Eso mismo decía Lira. Y mira lo que consiguió.
—Lira era una heroína. Yo solo soy una guardiana.
—No subestimes lo que eres, Liana. Los héroes no nacen. Se hacen. Y tú te estás haciendo cada día.
—Gracias, Maera.
—No hay de qué. Ahora vete a dormir. Yo vigilaré por ti.
Liana obedeció, y aquella noche, por primera vez en meses, durmió profundamente.
Soñó con Lira, con Kael, con todos los guardianes que habían existido antes que ella.
Y en su sueño, Lira le dijo algo que nunca olvidaría: "La oscuridad siempre estará ahí, Liana. Pero mientras haya guardianes dispuestos a enfrentarse a ella, la luz nunca se apagará".