CAPÍTULO 60 EL LEGADO DE LIRIA
Los años, que al principio pasaban lentos como el fluir de la lava por las laderas de las Montañas de Fuego, se aceleraron de repente, como si el tiempo mismo tuviera prisa por alcanzar su destino.
Liana, que había cumplido ya los treinta y tantos —había perdido la cuenta exacta, porque en la escuela de guardianes los calendarios carecían de sentido—, contemplaba el mundo desde la torre más alta con la serenidad de quien ha vivido demasiado y ya nada puede sorprenderle.
Su cuerpo, antaño ágil y resistente, se había fortalecido con los años.
Ya no era la niña frágil que había llegado a la escuela con un hatillo de pan y queso, sino una mujer en la plenitud de su vida, con el rostro curtido por el sol y las manos callosas de tanto sujetar las riendas de sus dragones.
Su pelo, que en su juventud había sido negro como el basalto del Viejo Templo, mostraba ahora algunas hebras plateadas que brillaban bajo la luz de la luna.
Pero sus ojos seguían siendo los mismos: intensos, vivos, capaces de ver más allá de lo que los demás veían.
Kael, el dragón púrpura, se había convertido en el más poderoso de todos los dragones de Alborada.
Su tamaño, que ya era imponente, había alcanzado proporciones legendarias: sus alas desplegadas podían cubrir el patio entero de la escuela, y su aliento púrpura era capaz de derretir la roca sólida.
Pero su poder no residía solo en su fuerza física, sino en su sabiduría.
Había heredado algo de los dos Kael anteriores —el primero, compañero de Lira, y el segundo, compañero de Kira—, y a través del vínculo que compartía con Liana, había aprendido a ser paciente, compasivo y justo.
Esme, el dragón verde, seguía siendo el compañero fiel de Liana. Aunque no era tan poderoso como Kael, su lealtad y su inteligencia lo convertían en un aliado invaluable. Juntos, los tres formaban un equipo imbatible, un triángulo de confianza y amor que había superado todas las pruebas.
La Escuela de Guardianes Lira la Salvaje seguía siendo el corazón de la orden.
Maera, ya muy anciana, había delegado la dirección en Liana, que se había convertido en la líder indiscutible de los guardianes.
Pero a diferencia de Lira, que siempre había rechazado el poder, Liana lo había aceptado con humildad, viéndolo no como un privilegio sino como una responsabilidad.
—Eres la mejor directora que hemos tenido —le dijo Merrick una noche, mientras cenaban en el gran salón. El anciano profesor, que ya había superado los noventa años, seguía dando clases a los alumnos más jóvenes, negándose a jubilarse.
—No soy mejor que Maera —respondió Liana—. Ni que Lira, ni que Kira. Solo soy diferente.
—Eso es precisamente lo que te hace buena. No intentas ser como los demás. Eres tú misma.
—Eso lo aprendí de ti.
—No. Lo aprendiste de Lira.
—Quizá de los dos.
La escuela había crecido mucho desde los tiempos de Lira.
Ya no era un único edificio, sino un complejo de construcciones que se extendía por todo el valle.
Había dormitorios para los alumnos, establos para los dragones, aulas de entrenamiento, bibliotecas, laboratorios de alquimia, e incluso un hospital para dragones heridos.
Cientos de jóvenes, llegados de todos los rincones de Alborada, se formaban allí cada año, aprendiendo el arte del vínculo bajo la tutela de los guardianes más experimentados.
Pero a pesar de la paz que reinaba en Alborada, Liana sabía que no podían bajar la guardia. La Sombra había sido sellada, sí, pero el Harbinger había escapado. Y mientras aquella criatura siguiera suelta, el peligro seguiría acechando.
—Tenemos que encontrarlo —le dijo a Kael una mañana, mientras volaban sobre las montañas—. Al Harbinger. Mientras esté vivo, no podremos estar tranquilos.
—Lo sé —respondió Kael—. Pero no será fácil. Es una criatura escurridiza. Se esconde en las sombras, como su nombre indica.
—Pues tendremos que sacarlo de las sombras.
—¿Cómo?
—Con luz. Con la luz de los dragones.