CAPÍTULO 59 EL NUEVO EQUILIBRIO
Liana despertó tres días después, en una cama de la escuela de guardianes.
Lo primero que vio fue el rostro de Kael, que dormía a los pies de su cama, agotado por el esfuerzo.
Lo segundo fue a Esme, que montaba guardia en la puerta.
Y lo tercero fue a Maera, que estaba sentada a su lado, con una taza de infusión humeante en las manos.
—Has vuelto —dijo la directora, con una sonrisa cansada.
—Eso parece —respondió Liana—. ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Tres días. Pero los dragones no se han separado de ti ni un momento. Especialmente Kael. Creo que ha vertido la mitad de su esencia en ti.
—¿Eso es posible?
—Según Merrick, sí. Es un ritual antiguo, que solo se realiza en casos extremos. Los dragones pueden compartir su fuerza vital con sus guardianes. Pero tiene un precio: el dragón envejece más rápido.
—¿Kael ha envejecido?
—Un poco. Pero no parece importarle.
Liana se incorporó lentamente y acarició el hocico de Kael. El dragón púrpura abrió un ojo y emitió un ronroneo suave.
—Gracias —dijo Liana—. Gracias por salvarme.
—No tienes que agradecérmelo —respondió Kael, a través del vínculo—. Yo también te habría seguido hasta el final.
—Lo sé. Y por eso te quiero.
—Y yo a ti.
Las semanas siguientes fueron de recuperación.
Liana tardó casi un mes en poder volver a caminar con normalidad, y otro mes en poder montar a Kael.
Pero durante ese tiempo, no dejó de trabajar.
Junto con Maera, Merrick y los demás guardianes, organizó patrullas para vigilar el norte, se aseguró de que la grieta del Desierto de Cenizas siguiera sellada, y ayudó a reconstruir las aldeas que habían sido devastadas por la Sombra.
—Eres una líder —le dijo Selene una tarde, mientras trabajaban juntas en el jardín de la escuela.
—No soy líder —respondió Liana—. Solo hago lo que tengo que hacer.
—Eso es precisamente lo que te convierte en líder. Como Lira. Como Kira. Como todos los que vinieron antes que tú.
—No soy como ellos.
—Claro que lo eres. Solo que aún no te has dado cuenta.
Pasaron los meses, y con ellos, las estaciones.
Alborada se recuperó lentamente de la amenaza de la Sombra.
Los dragones volvieron a surcar los cielos, los guardianes volvieron a patrullar las fronteras, y la vida, tozuda como siempre, siguió adelante.
Pero algo había cambiado. Algo sutil, casi imperceptible.
El equilibrio entre la luz y la oscuridad, entre los dragones y los humanos, entre el pasado y el futuro, se había restaurado.
Y aunque Liana sabía que aquella paz no duraría para siempre —ninguna paz duraba para siempre—, también sabía que, mientras existieran guardianes dispuestos a luchar por ella, siempre habría esperanza.
Una noche, mientras contemplaba las estrellas desde el patio de la escuela, con Esme a un lado y Kael al otro, Liana recordó algo que Merrick le había dicho años atrás: "El ciclo nunca se detiene. Siempre habrá un nuevo guardián, un nuevo dragón, una nueva amenaza.
Pero mientras recordemos a los que vinieron antes, mientras mantengamos vivo su legado, nunca seremos derrotados del todo".
—Gracias —murmuró, hablándole al viento—. Gracias a todos los que vinieron antes.
El viento sopló suavemente, y Liana supo que la habían oído.