CAPÍTULO 58 EL SACRIFICIO DE LA GUARDIANA
La explosión que siguió fue de una magnitud que nadie había presenciado desde los tiempos de Lira y el primer Kael.
Una onda expansiva de luz multicolor barrió la caverna, derribando a los guardianes y a sus dragones.
Las paredes temblaron, las runas se apagaron, y la columna de sombra se desvaneció lentamente, como la niebla al amanecer.
Cuando el silencio volvió a la caverna, Liana yacía en el suelo, con la espada aún clavada en la roca. Kael estaba a su lado, con las alas extendidas sobre ella como un escudo. Los demás dragones se habían reagrupado, y sus guardianes se levantaban lentamente, aturdidos pero vivos.
—¿Liana? —preguntó Kael, a través del vínculo.
No hubo respuesta.
—¡Liana!
Kael empujó a su guardiana con el hocico, pero ella no se movía. Sus ojos estaban cerrados, y su respiración era tan débil que apenas se percibía. La espada de escamas de dragón, que había sido forjada con los restos de Kael, el primer dragón púrpura, brillaba débilmente a su lado.
—No... no puede ser —dijo Esme, acercándose.
—Está viva —dijo Aureus, que se había acercado lentamente—. Pero apenas. La energía de la Sombra la ha consumido.
—¿Hay algo que podamos hacer?
—Sí. Pero requiere un sacrificio.
—¿Qué sacrificio?
—El mismo que hicieron los primeros dragones. Entregar parte de nuestra esencia para mantenerla con vida.
—¿Y eso la salvará?
—No lo sé. Pero es su única oportunidad.
Kael no dudó. Apoyó su hocico sobre el pecho de Liana y cerró los ojos.
Una luz púrpura empezó a fluir de su cuerpo, envolviendo a su guardiana como un manto cálido.
Esme hizo lo mismo, añadiendo su fuego verde.
Luego, uno a uno, todos los dragones presentes se unieron al ritual: Pyros con su fuego rojo, Azul con su fuego azul, Aureus con su fuego dorado.
Y los demás dragones, los jóvenes, los que nunca habían conocido a Liana pero que habían oído hablar de ella, también se unieron.
La caverna se iluminó con un resplandor multicolor que superaba cualquier cosa que se hubiera visto antes. Y en el centro de aquel resplandor, Liana abrió los ojos.
—¿Kael? —murmuró.
—Estoy aquí —respondió el dragón púrpura—. Siempre he estado aquí.
—¿Ha funcionado?
—Sí. La Sombra ha sido sellada. Otra vez.
—¿Para siempre?
—No lo sé. Pero por ahora, estamos a salvo.
Liana sonrió débilmente y volvió a cerrar los ojos.
Pero esta vez, su respiración era más fuerte.
Más regular. Estaba viva. Y mientras los dragones la llevaban de vuelta a la superficie, envuelta en un capullo de luz multicolor, todos supieron que algo había cambiado.
La Sombra había sido derrotada, sí. Pero el precio había sido alto.
Y el mundo de Alborada nunca volvería a ser el mismo.