EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 57 EL DESCENSO A LA OSCURIDAD
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CAPÍTULO 57 EL DESCENSO A LA OSCURIDAD

El Corazón de la Montaña era un lugar que ni siquiera los dragones más viejos conocían.

Según las inscripciones, se encontraba en las profundidades de la Sierra Quebrada, debajo de la cueva donde Lira había encontrado el huevo de Kael.

Para acceder a él, había que descender por un laberinto de túneles que serpenteaban entre las raíces de la montaña, iluminados solo por el resplandor de los cristales de cuarzo que cubrían las paredes.

Liana, Selene y los demás guardianes se adentraron en la oscuridad, seguidos por sus dragones.

El descenso fue lento y peligroso. Los túneles eran estrechos, y a menudo tenían que arrastrarse por pasadizos tan angostos que incluso Kael, el más pequeño de los dragones adultos, apenas podía pasar.

Pero nadie se quejó. Nadie se detuvo. Porque todos sabían lo que estaba en juego.

—¿Cuánto falta? —preguntó Selene, que caminaba detrás de Liana.

—No lo sé —respondió Merrick, que iba delante, guiándose por las inscripciones—. Pero deberíamos estar cerca.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el aire está cambiando. ¿Lo notáis?

Liana inspiró profundamente. Era cierto. El aire, que antes era fresco y limpio, se había vuelto denso y cargado. Olía a algo que no podía identificar. Algo antiguo. Algo oscuro.

—Es la Sombra —dijo Aureus, a través de Selene—. Está cerca.

—¿Estás seguro?

—Sí. Puedo sentirla. Como una presencia fría que me envuelve.

Siguieron avanzando hasta que el túnel desembocó en una caverna inmensa.

Era mucho más grande que la cueva donde Lira había vivido durante años, más grande incluso que el Templo del Fuego Primordial.

Las paredes estaban cubiertas de runas que brillaban débilmente, y en el centro de la caverna, una columna de sombra se elevaba hacia el techo, pulsando con un ritmo constante.

—Es el sello —dijo Merrick—. O lo que queda de él.

—Está roto —dijo Liana, señalando las grietas que surcaban la columna—. La Sombra está escapando.

—Entonces, tenemos que darnos prisa.

Los guardianes formaron un círculo alrededor de la columna, y sus dragones hicieron lo mismo. Eran decenas: dragones rojos, dragones verdes, dragones azules, dragones dorados. Y en el centro de todos ellos, Kael. El dragón púrpura. El tercero de su especie.

—Concéntrate —le dijo Liana, a través del vínculo—. Deja que tu fuego fluya. Como hiciste en el Desierto de Cenizas.

—No sé si podré —respondió Kael—. Es demasiado grande. Demasiado poderosa.

—Claro que puedes. Confío en ti.

Kael cerró los ojos y se concentró. Su pecho empezó a brillar con una luz púrpura, que se intensificó lentamente hasta convertirse en un resplandor cegador.

Los demás dragones, sintiendo su llamado, empezaron a brillar también.

El fuego rojo de Pyros, el fuego verde de Esme y Esme, el fuego azul de Azul, el fuego dorado de Aureus.

Y todos ellos se unieron al fuego púrpura de Kael, formando una columna de luz multicolor que ascendió hacia el techo de la caverna.

—¡Ahora! —gritó Liana.

La columna de luz impactó contra la columna de sombra, y el mundo entero tembló. La caverna se iluminó como si fuera de día, y un rugido ensordecedor resonó en las profundidades de la montaña. Era el rugido de la Sombra, que se resistía a morir.

—¡Más fuerte! —gritó Liana—. ¡No os detengáis!

Los dragones redoblaron sus esfuerzos. Kael, en el centro, brillaba como un sol púrpura, y su fuego se mezclaba con el de los demás dragones formando un torbellino de energía que envolvía la columna de sombra. La Sombra rugió de nuevo, pero esta vez su rugido era más débil. Más desesperado.

—¡Se está rindiendo! —gritó Selene.

—No —dijo Aureus—. No se rinde. Se retira. Pero volverá. Siempre vuelve.

—Pues esta vez, la sellaremos para siempre.

Liana se adelantó hacia la columna de luz, con la espada de escamas de dragón en la mano. Sabía que aquello era una locura. Sabía que probablemente no sobreviviría. Pero no le importaba. Porque si no lo hacía, la Sombra volvería. Y la próxima vez, no habría guardianes que pudieran detenerla.

—Liana, ¿qué haces? —gritó Kael.

—Lo que tengo que hacer.

—¡No! ¡No voy a dejarte!

—Confía en mí.

Liana se lanzó hacia la columna de sombra, con la espada en alto. Y en ese momento, el fuego púrpura de Kael la envolvió, protegiéndola. No la quemaba. Al contrario: la acariciaba. Como si el propio Kael estuviera a su lado.

—Juntos —dijo Liana—. Siempre juntos.

Y clavó la espada en el corazón de la Sombra.