CAPÍTULO 56 EL CONCILIO DE GUARDIANES
El regreso a la Escuela de Guardianes Lira la Salvaje fue sombrío.
Liana, Selene y sus dragones aterrizaron en el patio al amanecer, trayendo consigo al dragón azul rescatado —un joven llamado Zafir, que aún no había recuperado la consciencia— y noticias que helaron la sangre de todos los presentes.
Maera, Merrick y los demás guardianes se reunieron en el gran salón, formando un círculo alrededor de Liana mientras ella relataba lo ocurrido en el norte.
—Se hace llamar el Harbinger —dijo Liana—. Es una criatura que no habíamos visto antes. Más antigua que el Devorador, según Aureus. Y dice ser el heraldo de algo llamado la Sombra.
—La Sombra —repitió Merrick, palideciendo—. Ese nombre aparece en las inscripciones más antiguas del Templo del Fuego Primordial. Inscripciones que ni siquiera Aldric consiguió descifrar.
—¿Qué dicen esas inscripciones? —preguntó Maera.
—Hablan de una entidad primordial, anterior a los dragones. Una fuerza de oscuridad que existía antes de que el mundo tuviera forma. Los primeros dragones la sellaron en las profundidades de la tierra, sacrificando su propia esencia para mantenerla prisionera.
—¿Y por qué está despertando ahora?
—Quizá porque el sello se ha debilitado. Cada vez que el Devorador atacaba, cada vez que se abría una grieta en el Desierto de Cenizas, el sello se resquebrajaba un poco más. Y ahora, después de siglos, está a punto de romperse del todo.
—¿Y cómo se detiene?
—No lo sé. Las inscripciones no lo dicen. Pero hay una referencia a "los cinco fuegos". Los fuegos de los cinco dragones originales.
—Los cinco dragones —dijo Selene—. Como los que derrotaron al Devorador.
—Sí. Pero esta vez no bastará con cinco. Necesitaremos a todos los dragones de Alborada. Y a todos los guardianes.
Maera se levantó de su asiento y caminó hacia la ventana. Afuera, el sol empezaba a despuntar sobre las montañas, tiñendo el cielo de un rosa pálido que contrastaba con la oscuridad que se cernía sobre ellos.
—Convoca a todos los guardianes —dijo al fin—. A los de Pontaris, a los de las Montañas de Fuego, a los del Mar de las Lágrimas. A todos. Diles que ha llegado el momento de unirse. Como en los tiempos de Lira.
—¿Crees que vendrán? —preguntó Liana.
—Vendrán. Porque saben que si no lo hacen, no habrá futuro para nadie.
Las semanas siguientes fueron una vorágine de actividad. Los mensajeros partieron hacia todos los rincones de Alborada, montados en dragones veloces que surcaron los cielos día y noche. Y uno a uno, los guardianes empezaron a llegar.
De Pontaris llegó Eryndor, el guardián del dragón Azul, acompañado por una docena de jóvenes jinetes que habían sido formados en la escuela del Mar de las Lágrimas.
De las Montañas de Fuego llegó Nerea, la guardiana del dragón Pyros, con sus ojos rojos brillando como brasas y su determinación intacta a pesar de los años.
De los bosques del sur llegó Alba, la guardiana del dragón Esme original, que ya era una anciana pero que se negaba a quedarse atrás.
Y de la Ciudadela Blanca llegó un escuadrón de dragones dorados, descendientes de Aureus, liderados por Darien, que había envejecido pero que conservaba la misma mirada serena de siempre.
—Parece una reunión de viejos amigos —dijo Liana, contemplando el patio de la escuela, donde decenas de dragones de todos los colores se apiñaban como un arcoíris de escamas.
—Lo es —respondió Maera—. Pero también es una reunión de guerreros.
—¿Crees que será suficiente?
—No lo sé. Pero es lo mejor que tenemos.
Aquella noche, los guardianes se reunieron en el gran salón para trazar un plan.
Las antorchas iluminaban los rostros de los presentes, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piedra.
Merrick, que había pasado las últimas semanas estudiando las inscripciones antiguas, desplegó un pergamino sobre la mesa.
—El sello de la Sombra está aquí —dijo, señalando un punto en el mapa—. En el Corazón de la Montaña. El lugar donde los primeros dragones sacrificaron su esencia.
—¿El Corazón de la Montaña? —preguntó Liana—. ¿Dónde está eso?
—En el centro de la Sierra Quebrada. Debajo de la cueva donde Lira encontró el huevo de Kael.
—Entonces, está justo debajo de nosotros.
—Sí. Y por eso la Sombra está despertando aquí. Porque el sello está más débil en este punto.
—¿Y cómo lo reforzamos?
—Con los cinco fuegos. Los fuegos de los dragones originales. Pero esta vez, necesitaremos algo más. Algo que ni siquiera Lira tuvo.
—¿Qué?
—El fuego de Kael. El tercer fuego púrpura. Es el único que puede penetrar en el núcleo de la Sombra y destruirla desde dentro.
—Pero Kael es solo un dragón. No puede hacerlo solo.
—No lo hará solo. Todos lucharemos con él.
Liana miró a Kael, que estaba en el patio junto a Esme y los demás dragones. El dragón púrpura, que ya tenía el tamaño de una casa pequeña, parecía ajeno a la conversación. Pero Liana sabía que estaba escuchando. A través del vínculo, podía sentir su determinación. Y también su miedo.
—Lo haremos —dijo Liana—. Todos juntos.