CAPÍTULO 54 EL DESPERTAR DE KAEL
Kael despertó tres días después de la batalla en el Desierto de Cenizas.
Durante esas setenta y dos horas interminables, Liana no se había separado de su lado ni un solo instante.
Había dormido acurrucada contra su costado, le había aplicado cataplasmas de hierbas curativas que Maera le había enseñado a preparar, y le había hablado sin cesar, contándole historias de Lira y del primer Kael, de Kira y del segundo Kael,
de todos los guardianes que habían existido antes que ellos.
No sabía si el dragón podía oírla —estaba sumido en un sueño profundo, similar al que había experimentado Esme después de renacer—, pero necesitaba hacerlo.
Necesitaba que supiera que no estaba solo.
—Eres un dragón increíble —le decía, acariciando sus escamas púrpuras, que habían perdido parte de su brillo tras el esfuerzo—. Lo que hiciste en el templo... nunca lo había visto. Nadie lo había visto. Ni siquiera Lira, estoy segura.
Espe, que montaba guardia en la entrada de la cueva donde se habían refugiado, emitía un ronroneo de vez en cuando, como si quisiera sumarse a la conversación.
El dragón verde, que había sido testigo de la transformación de Kael, estaba tan impresionado como Liana.
En todos sus años de vida, nunca había visto a un dragón tan joven desplegar tanto poder.
—El fuego púrpura —dijo Esme, a través del vínculo—. Es diferente al mío. Más intenso. Más puro.
—Como el del primer Kael —respondió Liana—. Según las crónicas, el fuego del Kael original era lo único que podía dañar al Devorador.
—Pero el Devorador ya no existe. Lo que quedaba de él era solo un eco.
—Un eco muy poderoso. Y Kael lo destruyó.
—Sí. Pero casi se destruye a sí mismo en el proceso.
—Lo sé. Y me siento culpable. Debería haberlo protegido mejor.
—No puedes protegerlo de todo, Liana. Es un dragón. Tiene que aprender a luchar sus propias batallas.
—Pero es tan joven...
—La juventud no es una debilidad. Es una fuerza. Kael tiene el corazón de un dragón antiguo y la valentía de un recién nacido. Es una combinación peligrosa. Pero también es la combinación que necesitábamos.
Cuando Kael abrió los ojos, al tercer día, lo primero que vio fue el rostro de Liana, iluminado por una sonrisa de alivio.
Lo segundo fue a Esme, que se había acercado para frotar su hocico contra el suyo.
Y lo tercero fue el cielo, un cielo azul y despejado que se extendía sobre el Desierto de Cenizas como una promesa de paz.
—¿Ha funcionado? —preguntó Kael, con la voz débil pero audible a través del vínculo.
—Sí —respondió Liana—. Funcionó. La grieta se ha cerrado. El eco del Devorador ha desaparecido.
—¿Para siempre?
—No lo sé. Pero por ahora, estamos a salvo.
—Eso es bueno.
—Es más que bueno. Es un milagro.
Kael emitió un ronroneo suave e intentó incorporarse, pero sus patas aún estaban demasiado débiles.
Liana lo ayudó a ponerse en pie, sosteniéndolo con todas sus fuerzas, y juntos salieron de la cueva.
El sol brillaba sobre las dunas de ceniza, y el viento, que antes olía a muerte y corrupción, ahora olía a tierra mojada, como después de una tormenta.
—Tenemos que volver a la escuela —dijo Liana—. Maera y los demás estarán preocupados.
—¿Puedo volar? —preguntó Kael.
—No. Aún no. Estás demasiado débil. Tendremos que caminar.
—Caminar es aburrido.
—Lo sé. Pero a veces, lo aburrido es lo más seguro.
—Eso es muy de guardiana.
—Lo aprendí de Merrick.
Kael resopló, soltando una pequeña bocanada de humo púrpura.
Era su forma de decir "no me gusta, pero lo acepto".
Liana sonrió y comenzó a caminar, seguida por sus dos dragones.
El viaje de regreso sería largo, pero no le importaba.
Lo único que le importaba era que Kael estaba vivo.
Que Esme estaba vivo. Que ella estaba viva.
Y que, por ahora, la paz reinaba en Alborada.
El regreso a la escuela fue triunfal. Los alumnos y los guardianes, que habían pasado los últimos días sumidos en la incertidumbre, recibieron a Liana y a sus dragones con vítores y aplausos.
Maera, la directora, abrazó a Liana con una fuerza que no parecía propia de su edad, y Merrick, el anciano profesor, le dio una palmada en la espalda que casi la tira al suelo.
—Lo has conseguido —dijo Maera—. Has vuelto a vencer al eco del Devorador.
—No he sido yo —respondió Liana—. Ha sido Kael.
—Kael ha sido el instrumento, pero tú has sido la guía. Sin ti, él no habría sabido qué hacer.
—Sin él, yo estaría muerta. Así que estamos en paz.
—Eso es lo que define a los guardianes. La simbiosis. La confianza mutua.
—Como Lira y el primer Kael.
—Como todos nosotros.
Kael, que había recuperado la mayor parte de sus fuerzas durante el viaje, se convirtió en el centro de atención de la escuela.
Los alumnos más jóvenes lo miraban con una mezcla de admiración y reverencia, y los dragones más viejos lo trataban con un respeto que solo reservaban para los de su propia especie.
Incluso Aureus, el dragón dorado que había pertenecido a Darien y que ahora era el más anciano de todos, se acercó a Kael y frotó su hocico contra el suyo en un gesto de reconocimiento.
—Es un dragón especial —dijo Aureus, a través de su guardián actual, una mujer joven llamada Selene—. Como lo fue el primer Kael. Como lo fue el segundo. Lleva el peso de una profecía sobre sus alas.
—¿Qué profecía? —preguntó Liana.
—La misma que ha guiado a los dragones púrpuras desde el principio de los tiempos. La que dice que cuando el mundo esté al borde del abismo, un dragón púrpura surgirá para restaurar el equilibrio. Kael ya lo ha hecho una vez. Y lo hará de nuevo, cuando llegue el momento.
—¿Cuándo será ese momento?
—No lo sé. Pero mientras tanto, debemos prepararnos.
Los meses siguientes fueron de una calma tensa, como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración a la espera de algo.
Liana reanudó sus entrenamientos con Esme y Kael, pero ahora el enfoque era diferente.
Ya no se trataba solo de enseñarles a volar o a cazar.
Se trataba de enseñarles a luchar. A coordinarse.
A combinar sus fuegos —el verde de Esme y el púrpura de Kael— para formar una barrera impenetrable.
—El fuego verde y el fuego púrpura juntos son más poderosos que cualquiera de ellos por separado —explicó Merrick, durante una de las sesiones de entrenamiento—. Es como una danza. Cada uno tiene su papel, y cuando se sincronizan, son imparables.
—¿Crees que volveremos a necesitarlos? —preguntó Liana.
—No lo sé. Pero más vale estar preparados.
—Eso no es muy tranquilizador.
—No pretendo tranquilizarte. Pretendo que estés alerta.
Una noche, mientras Liana cenaba en el gran salón con Maera, Merrick y los demás guardianes, un mensajero llegó desde el norte.
Venía montado en un dragón de escamas grises, un ejemplar joven y nervioso que apenas podía mantenerse en el aire.
El mensajero, un hombre de mediana edad con el rostro curtido por el viento, traía noticias inquietantes.
—Hay una sombra en el norte —dijo, sin preámbulos—. Una sombra que se extiende por los bosques. Los animales están huyendo. Los aldeanos han abandonado sus hogares. Y los dragones... los dragones están desapareciendo.
—¿Desapareciendo? —preguntó Maera, con el ceño fruncido.
—Sí. Hemos perdido tres dragones en las últimas semanas. Dragones jóvenes, que estaban explorando los límites del territorio. No dejaron rastro. Simplemente se desvanecieron.
—¿Y sus guardianes?
—También. Desaparecieron con ellos.
—¿Alguna pista? ¿Alguna señal de lucha?
—Ninguna. Es como si se los hubiera tragado la tierra.
Liana sintió un escalofrío. Aquello no era el eco del Devorador. Era algo diferente. Algo nuevo. Algo que no habían visto antes.
—Iré al norte —dijo, levantándose de la mesa.
—No puedes ir sola —respondió Maera.
—No iré sola. Iré con Esme y con Kael.
—Aun así. Es demasiado peligroso.
—Lo sé. Pero alguien tiene que investigar.
—Yo iré contigo —dijo una voz desde el fondo del salón.
Era Selene, la guardiana de Aureus. La joven de pelo plateado y ojos dorados se había levantado de su asiento y avanzaba hacia ellos con determinación.
—Aureus es el dragón más anciano de Alborada —dijo—. Ha visto cosas que ninguno de nosotros puede imaginar. Si hay algo en el norte, él sabrá identificarlo.
—Pero Aureus ya no es joven —objetó Maera—. No puede volar largas distancias.
—No necesita volar. Solo necesita estar allí.
—Entonces, id los cuatro —dijo Maera, rindiéndose—. Pero tened cuidado. Y si encontráis algo, no os enfrentéis a ello solos.
—No lo haremos —prometió Liana.
Aquella noche, los cuatro guardianes —Liana, Esme, Kael y Selene con Aureus— emprendieron el vuelo hacia el norte. La luna brillaba sobre las montañas, y el viento soplaba con una fuerza inusual. Liana sentía que algo se avecinaba. Algo grande. Algo que cambiaría el destino de Alborada para siempre.
—¿Tienes miedo? —le preguntó Selene, mientras volaban lado a lado.
—Sí —respondió Liana—. Pero eso no va a detenerme.
—Eso mismo decía Lira.
—Lo sé. Y cada día la entiendo mejor.
Los dragones batieron sus alas con fuerza, y juntos se adentraron en la oscuridad del norte. La nueva amenaza los esperaba. Y Liana, la guardiana de dos dragones, estaba dispuesta a enfrentarse a ella.