CAPÍTULO 53 EL RETORNO DE LA SOMBRA
Una noche, mientras Liana dormía en su habitación de la escuela, un sueño la despertó.
No era un sueño cualquiera. Era una pesadilla.
Una pesadilla en la que veía el Desierto de Cenizas, el Templo del Fuego Primordial, y una grieta que se abría lentamente en el suelo.
De la grieta brotaba una niebla negra, similar a la que había visto años atrás, cuando se enfrentó al eco del Devorador.
Pero esta vez, la niebla era más densa. Más poderosa.
Y en su interior, unos ojos rojos la observaban.
—Has vuelto —dijo una voz.
—No —respondió Liana—. Tú has vuelto.
—Nunca me fui. Solo estaba esperando. Esperando el momento adecuado. Y ahora, ese momento ha llegado.
—¿Qué quieres?
—Lo que siempre he querido. Consumir. Destruir. Aniquilar. Y esta vez, no me detendré hasta que todo arda.
—Te detuve una vez. Puedo volver a hacerlo.
—No. Aquella vez solo eras una niña con suerte. Ahora eres una guardiana. Pero también eres más vulnerable. Porque ahora tienes algo que perder.
—¿Qué?
—A tus dragones. A tus amigos. A tu escuela. A todo lo que amas. Y cuando los pierdas, comprenderás que el dolor es más fuerte que el amor. Que la oscuridad siempre vence.
—Eso no es verdad.
—Es la única verdad. Y pronto lo comprobarás.
La niebla se abalanzó sobre Liana, y ella despertó gritando.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Esme, que dormía a los pies de su cama.
—Una pesadilla —respondió Liana, con el corazón latiéndole a toda velocidad—. El Devorador. O algo parecido. Ha vuelto.
—¿Estás segura?
—Sí. Lo he visto. Como lo vi la otra vez.
—Entonces, tenemos que avisar a los demás.
—No. Primero tengo que comprobarlo. Si es cierto, si la grieta se ha abierto de nuevo, tengo que verlo con mis propios ojos.
—Iré contigo.
—No. Esta vez, iré sola.
—No vas a ir sola. Soy tu dragón. Mi lugar está a tu lado.
Liana dudó. Sabía que Esme tenía razón, pero también temía por su seguridad. La última vez que se habían enfrentado al eco del Devorador, Esme había muerto. Y aunque había renacido, Liana no quería volver a pasar por aquello.
—Está bien —dijo al fin—. Iremos juntos. Pero Kael se queda aquí.
—Kael no va a aceptar eso.
—Lo sé. Pero es demasiado joven. No quiero ponerlo en peligro.
—No puedes protegerlo para siempre. Tarde o temprano, tendrá que enfrentarse a sus propios demonios.
—Lo sé. Pero no hoy.
Liana se levantó, se vistió en silencio y salió al patio. La luna brillaba sobre la escuela, y todo estaba en calma. Demasiado en calma. Como si el mundo entero contuviera la respiración.
—Vamos —le dijo a Esme—. Tenemos que llegar al Desierto de Cenizas antes del amanecer.
—¿Y Kael?
—Kael se queda.
Pero cuando Liana se giró, vio que Kael estaba allí, de pie en la entrada del patio, con sus ojos ámbar brillando en la oscuridad. El dragón púrpura había crecido mucho en los últimos meses, y aunque aún no era tan grande como Esme, ya imponía respeto.
—Voy con vosotros —dijo, a través del vínculo.
—No. Es demasiado peligroso.
—No me importa. Tú eres mi guardiana. Mi lugar está a tu lado.
—Kael...
—Déjalo venir —intervino Esme—. No podemos detenerlo. Y además, quizá lo necesitemos.
Liana suspiró. Sabía que sus dragones tenían razón. No podía proteger a Kael para siempre. Y si el eco del Devorador había vuelto, necesitarían toda la ayuda posible.
—Está bien —dijo—. Vamos los tres.
Los dragones desplegaron sus alas, y juntos se elevaron hacia el cielo nocturno. El viaje hacia el Desierto de Cenizas acababa de empezar. Y Liana sabía, en el fondo de su corazón, que esta vez la batalla sería más dura que nunca.
El Desierto de Cenizas estaba igual que la última vez que Liana lo había visto.
Dunas de arena negra, un calor sofocante, un silencio absoluto.
Pero el Templo del Fuego Primordial había cambiado.
La grieta que Liana había sellado años atrás estaba abierta de nuevo, más grande que antes, y de ella brotaba una niebla negra que se retorcía en el aire formando figuras grotescas.
—Es peor que antes —dijo Esme.
—Sí. Mucho peor.
—¿Y cómo lo cerramos esta vez?
—No lo sé. La última vez, tú te sacrificaste. No quiero que vuelva a pasar.
—No pasará. Estamos juntos. Los tres. Y juntos, encontraremos la forma.
Kael, que había permanecido en silencio durante todo el viaje, avanzó hacia la grieta. Sus ojos ámbar brillaban con una intensidad que Liana nunca había visto.
—Kael, ¿qué haces? —preguntó, alarmada.
—Lo que tengo que hacer —respondió el dragón púrpura.
—¡No! ¡Espera!
Pero Kael ya no la escuchaba. Abrió sus fauces y lanzó una llamarada de fuego púrpura directamente hacia la grieta. La niebla negra se retorció, emitiendo un chillido agudo, pero no desapareció. Al contrario: pareció absorber el fuego, alimentándose de él.
—¡No funciona! —gritó Liana—. ¡Kael, retrocede!
Pero Kael no retrocedió. Siguió lanzando fuego, una y otra vez, mientras la niebla se hacía más grande y más densa.
Hasta que, de repente, algo cambió. El fuego púrpura dejó de ser absorbido.
Empezó a expandirse, a envolver la niebla, a consumirla.
Y la niebla, que antes era oscura y amenazante, empezó a disiparse lentamente, dejando tras de sí un rastro de cenizas.
—Lo está consiguiendo —dijo Esme, incrédulo.
—No entiendo... —murmuró Liana—. ¿Por qué funciona ahora y antes no?
—Porque Kael no es un dragón cualquiera. Es un dragón púrpura. El tercero. Y su fuego es más poderoso que el mío.
—Pero dijiste que el fuego no afectaba al Devorador.
—No al Devorador original. Pero esto no es el Devorador. Es solo un eco. Un fragmento. Y Kael es más fuerte que él.
La niebla se disipó por completo, y la grieta se cerró lentamente, como una herida que cicatriza. Kael, agotado, se desplomó en el suelo. Liana corrió hacia él y lo abrazó.
—Lo has conseguido —dijo, con lágrimas en los ojos—. Lo has conseguido, Kael.
El dragón púrpura emitió un ronroneo débil y cerró los ojos. Estaba exhausto, pero vivo. Y Liana supo, en ese instante, que todo había terminado.
De momento.