CAPÍTULO 52 LAS ALAS DEL FUTURO
El entrenamiento de dos dragones simultáneamente resultó ser una tarea mucho más compleja de lo que Liana había imaginado.
No era solo el doble de trabajo —aunque también—, sino que cada dragón requería un enfoque completamente distinto.
Esme, el dragón verde, era metódico y paciente; aprendía mediante la repetición y la constancia, y una vez que dominaba una maniobra, no la olvidaba jamás.
Kael, el dragón púrpura, era todo lo contrario: impulsivo, impaciente, terriblemente curioso.
Se distraía con cualquier cosa —una nube con forma de conejo, un pájaro que pasaba cerca, su propio reflejo en un charco— y a menudo se negaba a repetir ejercicios que ya había hecho una vez, como si considerara que con una sola vez bastaba.
—Es imposible —se quejó Liana una tarde, después de una sesión particularmente frustrante en la que Kael había decidido perseguir una mariposa en lugar de practicar el aterrizaje controlado—. No me obedece.
—Claro que te obedece —respondió Merrick, que observaba el entrenamiento desde un banco del patio—. Pero a su manera. Los dragones púrpuras son diferentes. Siempre lo han sido. Son más inteligentes, más independientes, más... bueno, más testarudos.
—El primer Kael también era así, ¿verdad?
—Eso dicen las crónicas. Lira pasó años intentando que Kael le obedeciera, y nunca lo consiguió del todo.
Pero cuando llegó el momento de la verdad, cuando tuvo que enfrentarse al Devorador, Kael estuvo allí.
Sin dudarlo. Porque el vínculo entre un guardián y su dragón no se basa en la obediencia. Se basa en la confianza.
—Pero, ¿cómo confío en él si no me hace caso?
—La confianza se construye poco a poco. Con paciencia. Con amor. No puedes obligarlo a obedecerte, pero puedes enseñarle que confías en él. Y cuando él sienta que confías en él, empezará a confiar en ti.
—Eso lleva tiempo.
—Todo lo que merece la pena lleva tiempo.
Liana suspiró y se sentó en el banco junto a Merrick.
En el patio, Esme observaba a Kael con esa mezcla de resignación y afecto que solo los hermanos mayores pueden mostrar.
El pequeño dragón púrpura, ajeno a las preocupaciones de su guardiana, seguía persiguiendo mariposas entre las flores del jardín.
—A veces me pregunto si estoy a la altura —confesó Liana—. Si seré capaz de cuidar de dos dragones. Si no los estaré defraudando.
—Todos los guardianes se han preguntado lo mismo en algún momento. Lira lo hizo. Kira lo hizo. Incluso yo, cuando era joven.
—¿Tú fuiste guardián?
—Hace mucho tiempo. Mi dragón murió en una batalla contra los cazadores furtivos, en el norte. Desde entonces, me dedico a enseñar a los demás. Es mi forma de seguir siendo útil.
—Lo siento. No lo sabía.
—No tienes que sentirlo. Fue hace mucho tiempo.
Pero si hay algo que aprendí de aquella experiencia, es que el vínculo entre un guardián y su dragón es más fuerte que la muerte.
Mi dragón ya no está, pero su recuerdo sigue conmigo.
Como Kael sigue con Lira. Como todos los dragones que han muerto siguen con sus guardianes.
—Eso es muy bonito.
—Es verdad.
Aquella noche, Liana soñó de nuevo con Lira.
La legendaria guardiana del dragón púrpura estaba sentada en un prado verde, con Kael a su lado.
Pero esta vez no estaba sola. Junto a ella, había otras figuras: guardianes antiguos, vestidos con túnicas de distintos colores, que la observaban en silencio.
—Has estado preocupada —dijo Lira.
—Sí. Mucho.
—Eso es normal. Yo también estuve preocupada. Todos los guardianes lo están. Pero no debes dejar que la preocupación te paralice.
—No es la preocupación. Es el miedo. Miedo de no ser suficiente. Miedo de fallar.
—El miedo y la preocupación son primos hermanos. Pero ninguno de los dos debe controlarte. Tú controlas tus miedos, no al revés. Recuérdalo.
—Lo recordaré.
—Y recuerda también que no estás sola. Tienes a Esme. Tienes a Kael. Tienes a Maera, a Merrick, a todos los que creen en ti. Y nos tienes a nosotros. A los que vinimos antes.
—¿De verdad me estáis viendo? ¿Desde donde sea que estéis?
—Sí. Y estamos orgullosos de ti.
Lira se desvaneció lentamente, y Liana despertó con una sensación de calidez en el pecho. Salió al patio y contempló las estrellas, con Esme a un lado y Kael al otro. Los dos dragones dormían plácidamente, ajenos a las preocupaciones de su guardiana.
—Gracias —murmuró Liana—. Gracias por estar aquí.
Esme emitió un ronroneo suave, sin despertarse. Kael se movió ligeramente y se acurrucó contra su costado.
Y Liana supo, en ese instante, que todo iba a salir bien.
Los meses se convirtieron en años. Kael creció hasta alcanzar el tamaño de un caballo, y sus alas, que al principio eran torpes y descoordinadas, se volvieron fuertes y precisas.
Liana lo entrenaba a diario, siguiendo los consejos de Merrick y de Maera, pero también siguiendo su propio instinto.
Había aprendido a aceptar que Kael nunca sería como Esme, y que eso no era malo.
Al contrario: era precisamente su diferencia lo que lo hacía especial.
—Es increíble —dijo Maera una tarde, mientras observaba a Liana volar con sus dos dragones—. Nunca había visto a nadie controlar dos dragones a la vez.
—No los controlo —respondió Liana, aterrizando junto a ella—. Ellos me controlan a mí.
—Eso es aún más increíble.
—Es la verdad. Ellos me han enseñado más de lo que yo les he enseñado a ellos.
—Eso es lo que decía Lira.
—Lo sé. Y cada día entiendo mejor por qué.
El pequeño Kael, que ya no era tan pequeño, se había convertido en el dragón más poderoso de la escuela.
Su aliento púrpura, similar al de su predecesor, era capaz de derretir el acero y reducir a cenizas cualquier obstáculo.
Pero Liana se había asegurado de enseñarle a controlarlo.
Porque el poder sin control no era más que destrucción.
Y ella no quería que Kael fuera un destructor. Quería que fuera un protector.
—¿Crees que algún día tendrá que luchar? —le preguntó a Merrick una noche, mientras velaban juntos en la torre de vigilancia.
—Probablemente. Todos los dragones luchan en algún momento. Pero no será pronto. Y cuando llegue el momento, Kael estará preparado.
—Eso espero.
—No lo esperes. Lo sabes. Confía en él.
—Confío.
—Entonces, no hay nada que temer.