EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 51 EL VÍNCULO DOBLE
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CAPÍTULO 51 EL VÍNCULO DOBLE

Los meses que siguieron al nacimiento de Kael fueron una vorágine de actividad para Liana.

Cuidar de un dragón recién nacido ya era una tarea exigente de por sí —había que alimentarlo cada pocas horas, mantenerlo caliente, protegerlo de cualquier peligro—, pero cuidar de dos dragones, uno de ellos un cachorro y el otro un adulto en pleno crecimiento,

era un desafío que habría agotado a cualquiera.

Sin embargo, Liana no se quejaba. Al contrario: se sentía más viva que nunca.

Esme, que al principio había mostrado cierta reticencia hacia el recién llegado, se convirtió en una figura protectora para el pequeño Kael.

El dragón verde, que ya tenía el tamaño de un caballo grande, se tumbaba junto al nido y dejaba que el cachorro se acurrucara contra su costado, buscando calor.

Incluso compartía con él la comida que cazaba, algo que Liana nunca había visto hacer a un dragón adulto con una cría que no fuera suya.

—Es como un hermano mayor —dijo Liana, observándolos.

—Los dragones son más inteligentes de lo que creemos —respondió Merrick—. Sienten emociones. Crean lazos. Esme sabe que Kael es especial. Y lo protege como si fuera de su propia sangre.

—Pero yo también tengo que protegerlos a los dos. Y a veces siento que no soy suficiente.

—Eso es normal. Todos los guardianes se sienten así al principio. Incluso Lira.

—¿Lira también?

—Claro. Lira no nació siendo una heroína. Se convirtió en una a base de errores y fracasos. Lo importante no es no fallar, sino aprender de cada caída.

—Eso mismo me dijo Lira en un sueño.

—Pues debes hacerle caso. Los sueños de los guardianes nunca son solo sueños.

El pequeño Kael crecía a un ritmo sorprendente.

En apenas unos meses, ya era del tamaño de un perro grande, y sus alas empezaban a ser lo bastante fuertes como para sostenerlo en el aire durante cortos periodos de tiempo.

Liana lo entrenaba a diario, siguiendo las mismas técnicas que había utilizado con Esme, pero adaptándolas a la personalidad del nuevo dragón.

Porque Kael era diferente. Mientras que Esme era tranquilo, reflexivo y paciente, Kael era inquieto, curioso y terriblemente testarudo.

No le gustaba obedecer órdenes, y a menudo se distraía persiguiendo mariposas o intentando cazar su propio reflejo en los charcos.

—Es igual que el primer Kael —le dijo Maera a Liana una tarde, mientras observaban al pequeño dragón corretear por el patio—. Según las crónicas, el Kael original también era muy travieso de cachorro. Lira tenía que estar constantemente regañándolo.

—Pues yo no pienso regañarlo. Prefiero enseñarle con paciencia.

—Eso está muy bien. Pero a veces, un poco de disciplina no viene mal.

—Lo sé. Pero no quiero que me tenga miedo. Quiero que confíe en mí.

—Y confiará. Solo necesita tiempo.

El tiempo pasó, y con él, las estaciones.

La primavera dio paso al verano, el verano al otoño, y el otoño a un invierno suave que apenas cubrió de nieve las cumbres de la Sierra Quebrada.

Liana seguía entrenando a sus dragones, compaginando sus deberes de guardiana con las clases en la escuela y las patrullas por las fronteras del reino.

Era una vida agotadora, pero también increíblemente gratificante.

Una mañana, mientras volaba con Esme y Kael sobre las montañas, Liana sintió algo que no había sentido antes. Una presencia. Una calidez que la envolvía como un abrazo. No era Lira, ni Kael, ni ninguno de los guardianes antiguos. Era algo diferente. Algo nuevo.

—¿Lo sentís? —preguntó a sus dragones.

Esme emitió un rugido afirmativo. Kael, que volaba torpemente a su lado, gorjeó como si estuviera de acuerdo.

—Es el futuro —dijo Liana—. El futuro que estamos construyendo.

Los dragones batieron sus alas con fuerza, elevándose hacia el cielo. Y en ese momento, Liana supo que todo su esfuerzo había merecido la pena. Que su vida tenía sentido. Que el legado de Lira, de Kael, de todos los guardianes que habían existido antes que ella, estaba a salvo.

—Gracias —murmuró, hablándole al viento—. Gracias por todo.

El viento sopló suavemente, y Liana supo que la habían oído.