CAPÍTULO 50 LA ECLOSIÓN
Pasaron tres meses. Tres meses en los que Liana apenas se separó del huevo púrpura.
Lo cuidaba con una dedicación que rayaba en lo obsesivo: le hablaba cada mañana, le cantaba canciones de cuna cada noche, y se aseguraba de que la temperatura de la cámara fuera siempre la adecuada.
Esme, mientras tanto, montaba guardia en la entrada, y aunque al principio se había mostrado algo celoso de la atención que Liana dedicaba al huevo, con el tiempo había aprendido a aceptarlo.
Después de todo, él también había nacido de un huevo. Y también había sido protegido.
—¿Crees que será niño o niña? —le preguntó Liana a Merrick una tarde, mientras el anciano profesor revisaba unos pergaminos en la biblioteca.
—No lo sé. Los dragones no tienen género como lo entendemos los humanos. Pero si te sirve de consuelo, el primer Kael era macho, y el segundo también. Así que probablemente este también lo sea.
—No necesito consuelo. Solo tengo curiosidad.
—La curiosidad es buena. Es lo que nos impulsa a aprender. Pero a veces, también nos distrae de lo importante.
—¿Y qué es lo importante?
—Estar presente. Vivir el momento. No preocuparse por lo que vendrá, sino concentrarse en lo que está pasando ahora.
—Eso es muy sabio.
—Lo aprendí de Aldric.
Liana sonrió. Había oído hablar mucho de Aldric, el legendario profesor que había formado a los primeros guardianes, pero nunca lo había conocido. Había muerto antes de que ella naciera, dejando tras de sí un legado de sabiduría que aún perduraba.
Una noche, mientras Liana dormía junto al huevo —había cogido la costumbre de pasar las noches en la cámara, para no dejarlo solo—, algo la despertó.
Un sonido. Un crujido. Al principio, pensó que era una rata o algún animal que se había colado en la escuela.
Pero luego, al mirar hacia el nido donde reposaba el huevo, vio que la cáscara se estaba resquebrajando.
—¡Esme! —gritó—. ¡Despierta! ¡Está naciendo!
El dragón verde, que dormía en la entrada, se incorporó de un salto y emitió un rugido que resonó en toda la escuela.
En cuestión de segundos, los demás guardianes y alumnos se congregaron en la cámara, formando un círculo alrededor del nido.
Maera, Merrick, los profesores, los estudiantes.
Todos contenían la respiración, expectantes.
La cáscara se rompió lentamente, y del interior emergió una criatura diminuta.
Era un dragón púrpura. Sus escamas, del mismo color que las de Kael, brillaban bajo la luz de las antorchas como si estuvieran hechas de amatistas líquidas.
Sus ojos, de un ámbar intenso, se abrieron por primera vez, y lo primero que vieron fue a Liana.
—Hola —dijo Liana, con lágrimas en los ojos—. Hola, pequeño.
El dragón emitió un sonido suave, casi un gorjeo, y frotó su hocico contra la mano de Liana. En ese instante, ella sintió algo que no había sentido con Esme. Algo diferente. Algo más profundo. El vínculo se estableció de inmediato, como si estuviera predestinado.
—Me ha elegido —dijo Liana, incrédula—. Me ha elegido a mí.
—Te lo dije —respondió Merrick, con una sonrisa—. El destino siempre encuentra la forma.
—Pero... pero yo ya tengo a Esme. No puedo tener dos dragones.
—Claro que puedes. Lira solo tuvo a Kael, sí. Pero tú no eres Lira. Tú eres Liana. Y tu camino es diferente.
Liana miró a Esme, que observaba al recién nacido con curiosidad. El dragón verde emitió un ronroneo suave y se acercó lentamente al nido, frotando su hocico contra el del pequeño dragón púrpura. Era un gesto de aceptación. De bienvenida. De hermandad.
—Parece que Esme está de acuerdo —dijo Maera.
—Entonces, no tengo elección —respondió Liana, con una sonrisa—. Seré la guardiana de dos dragones.
—¿Cómo vas a llamarlo? —preguntó uno de los alumnos.
Liana se quedó pensativa. Durante meses había estado dándole vueltas a los nombres, pero ninguno le parecía adecuado. Hasta ahora.
—Kael —dijo por fin—. Se llamará Kael.
—Como los otros dos.
—Como los otros dos. Porque el ciclo continúa. Porque los dragones nunca desaparecen.
El pequeño Kael, como si hubiera entendido sus palabras, emitió un gorjeo de aprobación. Y Liana supo, en ese instante, que su vida acababa de cambiar para siempre.