CAPÍTULO 49 EL TERCER HUEVO
El regreso a la Escuela de Guardianes Lira la Salvaje con el huevo púrpura fue recibido con una conmoción que no se veía desde hacía décadas.
Los alumnos abandonaron sus entrenamientos, los profesores interrumpieron sus clases, y los dragones —incluso los más viejos, los que habían conocido al Kael original— se congregaron en el patio, formando un círculo de escamas multicolores alrededor de Liana y Esme.
Era como si supieran, instintivamente, que aquel huevo era especial.
Como si el espíritu de Kael, el legendario dragón púrpura que había acompañado a Lira en sus hazañas, hubiera regresado para iniciar un nuevo ciclo.
—No puedo creerlo —dijo Maera, la directora, contemplando el huevo con una mezcla de reverencia y asombro—. Es un huevo púrpura. Como el de Kael.
—Como el de Kira —añadió Merrick, que se había acercado renqueando, apoyado en su bastón—. El tercero. El ciclo se completa.
—¿Qué ciclo? —preguntó Liana, que sostenía el huevo entre sus brazos como si fuera lo más valioso del mundo.
—El ciclo de los dragones púrpuras. Según las antiguas inscripciones del Templo del Fuego Primordial, cada vez que el mundo está a punto de enfrentarse a una gran transformación —no necesariamente una guerra, sino un cambio profundo—, nace un dragón púrpura.
El primero fue Kael, que ayudó a Lira a derrotar al Devorador y a restaurar el pacto.
El segundo fue el Kael de Kira, que consolidó la paz y expandió la orden de los guardianes. Y ahora, este. El tercero.
—¿Y qué transformación se avecina ahora? —preguntó Liana.
—No lo sé. Nadie lo sabe. Pero el hecho de que este huevo haya aparecido ahora, en tus manos, significa que algo está a punto de cambiar. Algo importante.
Liana contempló el huevo, que brillaba débilmente bajo la luz del sol con ese característico tono púrpura que tanto recordaba a las leyendas. Era más pequeño que el de Esme, pero emanaba una energía que resultaba casi abrumadora. Como si el propio Kael estuviera hablándole a través de la cáscara.
—¿Y quién será su guardián? —preguntó Liana—. Porque yo ya tengo a Esme. No puedo tener dos dragones.
—Eso no lo decides tú —respondió Merrick—. Lo decide el dragón. Cuando nazca, buscará a su guardián. Puede ser un alumno de la escuela. Puede ser alguien que aún no ha llegado. Puede ser cualquiera.
—Pero mientras tanto, tenemos que protegerlo.
—Sí. Y vosotras, Liana y Esme, sois las más indicadas para hacerlo.
Liana asintió. A partir de ese día, el huevo púrpura se convirtió en el centro de su vida.
Lo instaló en una cámara especial, construida en el corazón de la escuela, donde estuviera a salvo de cualquier amenaza.
Esme montaba guardia en la entrada, y Liana apenas se separaba de él, acariciándolo cada mañana y cada noche, susurrándole palabras de aliento.
Los demás guardianes la observaban con una mezcla de curiosidad y respeto. Todos conocían la historia de Lira y Kael, y sabían que aquel huevo era el símbolo de una nueva era. Pero nadie sabía cuándo eclosionaría, ni qué traería consigo.
—¿Crees que nacerá pronto? —le preguntó Liana a Merrick una noche, mientras velaban juntos el huevo.
—No lo sé. Los dragones púrpuras son impredecibles. Kael tardó siete años en eclosionar. El segundo Kael, apenas unos meses. Este podría nacer mañana o dentro de una década. Pero lo importante no es cuándo nazca, sino qué harás tú cuando lo haga.
—¿Yo? Yo solo soy su protectora temporal. Su guardián será otro.
—Eso es lo que tú crees. Pero el destino a veces nos sorprende.
—No entiendo.
—Quizá no sea otro quien lo reclame. Quizá seas tú.
—Pero yo ya tengo a Esme.
—Los vínculos entre guardianes y dragones no son excluyentes, Liana. Lira solo tuvo a Kael, sí. Pero otros guardianes, en la antigüedad, cuidaron de más de un dragón. No es imposible.
—No sé si sería capaz.
—Lo serías. Eres más fuerte de lo que crees.
Aquella noche, Liana soñó con Lira. No era la primera vez, pero este sueño era diferente.
En el sueño, Lira no estaba sola. A su lado estaba Kael, el dragón púrpura original, con sus ojos ámbar brillando como nunca.
Y junto a ellos, había otras figuras. Guardianes antiguos, vestidos con túnicas de distintos colores, que la observaban en silencio.
—Has encontrado el huevo —dijo Lira.
—Sí. Pero no sé qué hacer con él.
—No tienes que hacer nada. Solo protegerlo. Cuidarlo. Y cuando llegue el momento, dejar que el dragón elija.
—¿Y si me elige a mí?
—Entonces, acepta. Como acepté yo. Como aceptaron todos los que vinieron antes que tú.
—Pero tengo miedo. Miedo de no estar a la altura.
—Ese miedo te acompañará siempre. Es parte de ser guardián. Pero no debes dejar que te paralice. El miedo es útil. Te mantiene alerta. Te recuerda que lo que haces es importante.
—¿Y si fracaso?
—Todos fracasamos alguna vez. Pero mientras te levantes después de cada caída, no habrás fracasado realmente.
Lira se desvaneció, y Liana despertó con una sensación de paz que no había sentido en mucho tiempo. Salió al patio y contempló el amanecer, con Esme a su lado y el huevo púrpura brillando débilmente en su cámara.
—Gracias, Lira —murmuró—. Gracias por todo.
El viento sopló suavemente, y Liana supo que la habían oído.