CAPÍTULO 48 EL NUEVO GUARDIÁN
Los años pasaron, como pasan siempre, sin hacer ruido.
Liana se convirtió en una de las guardianas más respetadas de Alborada.
Su dragón Esme, el segundo de su nombre, creció hasta alcanzar el tamaño de una casa pequeña, y juntos protegieron las fronteras del reino de amenazas que habrían hecho temblar a cualquiera.
Pero también conocieron la paz. Una paz duradera, construida sobre los cimientos que Lira, Kael, Kira y todos los guardianes anteriores habían dejado.
—A veces me pregunto qué diría Lira si nos viera ahora —le confesó Liana a Maera una noche, mientras cenaban en el gran salón de la escuela.
—Probablemente diría que hemos hecho un buen trabajo —respondió la directora—. Y luego se quejaría de que los jardines necesitan más flores.
Liana sonrió. Había oído muchas historias sobre la obsesión de Lira por los jardines.
—¿Crees que de verdad nos está viendo? —preguntó.
—No lo sé. Pero me gusta pensar que sí. Que todos los guardianes que nos precedieron nos observan desde algún lugar. Y que están orgullosos de nosotros.
—Eso sería bonito.
—Sí. Muy bonito.
Un día, mientras patrullaban las fronteras del norte, Liana y Esme encontraron algo inesperado. En una cueva oculta entre las rocas, similar a la que Lira había descubierto tantos años atrás, había un huevo. Un huevo de dragón púrpura.
—Es igual que Kael —dijo Liana, con lágrimas en los ojos—. Igual que el primer Kael.
Esme emitió un rugido suave, como si estuviera de acuerdo.
—Tenemos que llevarlo a la escuela —dijo Liana—. Allí estará seguro.
Cogió el huevo con cuidado y lo colocó en una alforja que Esme llevaba en el lomo. Luego, montó sobre su dragón y emprendieron el viaje de regreso.
—El ciclo continúa —murmuró Liana, mientras volaban sobre las montañas—. Los dragones nunca desaparecerán.
Esme batió sus alas con fuerza, elevándose hacia el cielo.
Y en ese momento, Liana sintió que una presencia cálida la envolvía.
La misma presencia que había sentido tantas veces desde que era niña.
La presencia de Lira. La presencia de Kael.
La presencia de todos los guardianes que habían existido antes que ella.
—Gracias —dijo, hablándole al viento—. Gracias por todo.
El viento sopló suavemente, y Liana supo que la habían oído.