EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 47 EL REGRESO DE LA GUARDIANA
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CAPÍTULO 47 EL REGRESO DE LA GUARDIANA

El viaje de regreso desde el Desierto de Cenizas fue el más solitario que Liana había emprendido jamás.

Sin Esme para llevarla sobre sus alas, se vio obligada a caminar durante días por las dunas de ceniza, con el huevo del dragón verde apretado contra su pecho y la determinación como único combustible.

El sol caía a plomo sobre su cabeza, el calor era sofocante, y la arena negra se le metía en los ojos, en la boca, en cada pliegue de la piel.

Pero Liana no se detuvo. No podía detenerse.

El huevo que llevaba consigo era lo único que le quedaba de Esme, y estaba decidida a protegerlo con su vida.

—No voy a fallarte —le decía al huevo cada noche, cuando se detenía a descansar—. No voy a dejar que te pase nada. Te lo prometo.

El huevo no respondía, por supuesto, pero Liana sentía que algo en su interior palpitaba. Era un calor suave, casi imperceptible, que le recordaba al latido de un corazón diminuto. Y eso le daba fuerzas para seguir.

Al tercer día de marcha, sus provisiones se agotaron. Al quinto, sus fuerzas empezaron a flaquear. Al séptimo, cuando ya apenas podía mantenerse en pie, divisó algo en el horizonte. No era un espejismo. Era una figura. Una figura que se acercaba lentamente, flotando sobre las dunas como un fantasma.

—¿Liana? —dijo una voz conocida.

Era Maera, la directora de la escuela. Había acudido en su busca, montada en su dragón rojo, junto con un grupo de guardianes que habían seguido el rastro de Esme.

—Maera... —murmuró Liana, antes de desplomarse en la arena.

Cuando despertó, estaba tumbada en una camilla, en el interior de una tienda improvisada. Maera estaba a su lado, aplicándole un ungüento en las quemaduras del sol, y el huevo de Esme reposaba sobre un cojín, intacto.

—El huevo... —dijo Liana, incorporándose de golpe.

—Está bien —la tranquilizó Maera—. Sigue vivo. Lo has protegido muy bien.

—Esme... Esme se sacrificó por mí.

—Lo sé. Los dragones hacen eso a veces. Se sacrifican por sus guardianes. Es la prueba definitiva de amor.

—Pero yo no quería que se sacrificara. Yo quería protegerlo a él.

—Y lo hiciste. Lo protegiste hasta el final. Y ahora, él ha vuelto a ti.

Liana cogió el huevo y lo apretó contra su pecho. Estaba caliente. Muy caliente. Y en su interior, algo se movía.

—Va a nacer —dijo.

—Sí. Pronto. Pero antes, tienes que descansar. Has pasado por mucho.

—No puedo descansar. Tengo que llevarlo a la escuela. Allí estará seguro.

—Lo llevaremos juntos. Pero ahora, duerme.

Liana obedeció. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño. Y en su sueño, volvió a ver a Lira. La legendaria guardiana del dragón púrpura estaba sentada junto a Kael, en un prado verde que se extendía hasta el infinito. Sonreía.

—Lo has hecho bien —dijo Lira.

—Perdí a Esme —respondió Liana.

—No lo perdiste. Lo salvaste. Y él te salvó a ti. Eso es lo que hacen los dragones. Eso es lo que hacemos los guardianes.

—No sé si soy una verdadera guardiana.

—Claro que lo eres. Has demostrado tu valor. Has luchado contra el eco del Devorador. Has protegido a tu dragón. Eso es lo que define a un guardián. No el poder, ni la fuerza, ni la gloria. El amor.

—Como tú y Kael.

—Como todos nosotros.

Lira se desvaneció lentamente, y Liana despertó con una sensación de paz que no había experimentado en mucho tiempo. El huevo de Esme seguía allí, junto a ella, brillando débilmente bajo la luz de la luna.

—Pronto —le susurró—. Pronto nacerás. Y entonces, volaremos juntos de nuevo.

El regreso a la escuela fue triunfal. Los alumnos y los guardianes que se habían quedado atrás recibieron a Liana con una mezcla de admiración y alivio.

La noticia de su enfrentamiento con el eco del Devorador se había extendido por todo Alborada, y la joven guardiana, que apenas unos meses atrás era una niña anónima de una aldea perdida, se había convertido en una heroína.

—No soy una heroína —decía Liana, cada vez que alguien se lo mencionaba—. Solo hice lo que tenía que hacer.

—Eso es precisamente lo que te convierte en heroína —le respondió Merrick, el anciano profesor de historia—. Los héroes no buscan la gloria. Solo hacen lo correcto.

El huevo de Esme eclosionó una noche de luna llena, tres semanas después de su regreso.

Liana, que apenas se separaba de él, fue la primera en verlo.

La cáscara se rompió lentamente, y del interior emergió una criatura diminuta, cubierta de escamas verdes que brillaban como esmeraldas.

Sus ojos, de un amarillo intenso, se abrieron por primera vez, y lo primero que vieron fue a Liana.

—Hola, Esme —dijo la joven, con lágrimas en los ojos—. Has vuelto.

El dragón emitió un sonido suave, casi un gorjeo, y frotó su hocico contra la mano de Liana. En ese instante, el vínculo se restableció. Un vínculo que ya existía antes, pero que ahora era más fuerte que nunca. Un vínculo forjado en el sacrificio y en el amor.

—Bienvenido a casa —dijo Liana.

Esme emitió un ronroneo de satisfacción y se acurrucó en su regazo, como un gato diminuto. Liana lo abrazó y se quedó así durante un minuto entero, sintiendo el calor de su cuerpo, el latido de su corazón. Había perdido a su dragón, pero lo había recuperado. Y eso, en sí mismo, era un milagro.

—Nunca más te dejaré solo —le prometió.

Esme la miró con sus ojos amarillos, y Liana supo que le había entendido.