EL ÚLTIMO DRAGÓN DE ALBORADA CAPÍTULO 46 EL DESIERTO DE CENIZAS
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CAPÍTULO 46 EL DESIERTO DE CENIZAS

El vuelo hacia el este fue el más largo que Liana había emprendido en su corta vida como guardiana.

Esme, el dragón verde, batía sus alas con un ritmo constante, atravesando nubes y corrientes de aire caliente que ascendían de las llanuras abrasadas por el sol.

A medida que se alejaban de las tierras fértiles de Alborada y se adentraban en el territorio que antaño había sido escenario de la gran batalla contra el Devorador, el paisaje se volvía cada vez más desolado.

Los bosques daban paso a matorrales espinosos, y los matorrales a dunas de arena negra que se extendían hasta el horizonte como las olas de un mar petrificado.

—Es allí —dijo Liana, señalando un punto en el horizonte donde el cielo se teñía de un rojo enfermizo—. El Desierto de Cenizas.

Esme emitió un gruñido grave. El dragón verde, que normalmente era tranquilo y sosegado, estaba inquieto. Sus fosas nasales se dilataban, captando olores que Liana no podía percibir. Olores que le recordaban a algo antiguo y peligroso.

—Tranquilo —le dijo Liana, acariciando su cuello—. Llegaremos pronto. Y entonces, haremos lo que tengamos que hacer.

El Templo del Fuego Primordial apareció ante ellos como un espejismo, sus torres de basalto negro recortándose contra el cielo incendiado.

Liana lo reconoció por las descripciones de las leyendas: era el lugar donde Lira había encontrado la Lanza del Dragón, donde se había enfrentado al Devorador por primera vez, y donde, según contaban los ancianos, había sacrificado su vida para destruir a la criatura.

Pero el templo que Liana veía ahora no era el mismo de las leyendas.

Las runas que cubrían sus paredes, que antaño habían brillado con una luz dorada, estaban apagadas y cubiertas de un musgo negro similar al que había visto en su aldea.

La entrada principal, un arco de basalto tallado con figuras de dragones, estaba parcialmente derrumbada, y del interior emanaba un humo denso y oscuro que se elevaba hacia el cielo como una columna de sombra.

—Es la grieta —dijo Liana, recordando las palabras de su abuela—. La semilla del Devorador. Está dentro.

Esme aterrizó frente a la entrada del templo, removiendo una nube de ceniza con el batir de sus alas. Liana desmontó y avanzó hacia el arco derrumbado, con el corazón latiéndole a toda velocidad. El aire era denso, casi irrespirable, y cada paso que daba le costaba un esfuerzo sobrehumano.

—No tengas miedo —se dijo a sí misma, repitiendo las palabras de Lira—. No tengas miedo. No tengas miedo.

El interior del templo estaba sumido en una oscuridad casi absoluta, rota solo por el resplandor rojizo que emanaba de una grieta en el suelo.

Era la misma grieta que Lira había sellado décadas atrás, pero ahora estaba abierta de nuevo, más grande que antes, y de ella brotaba una niebla negra que se retorcía en el aire formando figuras grotescas.

—Has venido —dijo una voz que parecía provenir de todas partes a la vez—. La nueva guardiana. La sucesora de Lira.

—No soy su sucesora —respondió Liana, con la voz temblorosa pero firme—. Soy yo misma. Y he venido a detenerte.

—¿Detenerme? —La voz emitió una risa que resonó en toda la cámara—. No puedes detenerme. Soy eterno. Soy el eco del Devorador. Y mientras haya miedo en el mundo, siempre encontraré la forma de regresar.

—No si yo lo impido.

—¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Con ese dragón verde? ¿Con ese fuego insignificante? Necesitas el fuego púrpura para destruirme. El fuego de Kael. Y Kael ya no existe.

—No. Pero su esencia sigue viva. En cada dragón que ha llevado su nombre. En cada guardián que ha luchado por la paz. Y en mí.

—Tú no eres nadie. Una niña que apenas sabe volar. Una guardiana sin experiencia. Una sombra de lo que fue Lira.

—Soy lo que soy. Y eso basta.

Liana extendió los brazos y cerró los ojos, concentrándose en el vínculo que la unía a Esme. No era un vínculo tan fuerte como el que Lira había tenido con Kael —eso requería años de convivencia y confianza—, pero era real. Y en aquel momento, era lo único que tenía.

—Esme —dijo mentalmente—. Necesito tu ayuda. Necesito tu fuego.

El dragón verde, que había permanecido en la entrada del templo, emitió un rugido y avanzó hacia la grieta. Abrió sus fauces y lanzó una llamarada de fuego verde que iluminó toda la cámara. Pero el fuego no era suficiente. La niebla negra lo absorbía, alimentándose de él, haciéndose más grande.

—¿Lo ves? —dijo la voz—. Tu dragón no puede destruirme. Nadie puede.

—No me rendiré.

—Entonces, muere.

La niebla se condensó y formó una garra de sombra que se abalanzó sobre Liana.

La joven guardiana rodó a un lado, esquivándola por los pelos, y se puso en pie justo a tiempo para ver cómo Esme recibía el impacto.

El dragón verde rugió de dolor, pero no retrocedió.

Se interpuso entre Liana y la criatura, protegiéndola con su cuerpo.

—¡Esme! —gritó Liana.

—Déjame —respondió el dragón, a través del vínculo—. Yo me encargaré.

—¡No! ¡No voy a dejarte!

—Tienes que hacerlo. Es la única forma.

—¡No!

Pero Esme ya no la escuchaba. El dragón verde se lanzó contra la niebla, envuelto en su propio fuego, y desapareció en su interior. Durante unos segundos, no pasó nada. Luego, una explosión de luz verde iluminó la cámara, y la niebla se disipó lentamente, dejando tras de sí un rastro de cenizas.

—Esme... —murmuró Liana, con lágrimas en los ojos.

El dragón verde había desaparecido. Se había sacrificado por ella. Como Kael se había sacrificado por Lira.

—No... —dijo Liana, cayendo de rodillas—. No, no, no...

Pero entonces, entre las cenizas, algo brilló. Era un huevo. Un huevo diminuto, de color verde, que brillaba con una luz propia.

Liana se acercó lentamente y lo cogió entre sus manos. Estaba caliente. Muy caliente. Y en su interior, algo se movía.

—Has vuelto —dijo, con lágrimas en los ojos—. Has vuelto, Esme.

La voz del eco del Devorador resonó una última vez, débil y lejana:

—Esto no ha terminado. Volveré. Siempre volveré.

—Y yo siempre estaré aquí para detenerte —respondió Liana.

La grieta se cerró lentamente, y el templo quedó en silencio. Liana salió al exterior, con el huevo apretado contra su pecho, y contempló el amanecer sobre el Desierto de Cenizas.

Había ganado. Pero el precio había sido alto. Muy alto.

—Descansa, Esme —dijo, acariciando el huevo—. Descansa. Yo te cuidaré.

El viento sopló suavemente, y Liana supo que su dragón la había oído.